Asia

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Borobudur, la montaña de Buda

Arquitectura, escultura y espiritualidad van de la mano en el santuario más importantes de Indonesia

Es uno de los lugares más espectaculares y tranquilos del planeta, justo en el centro de la isla de Java. El templo de Borobudur se alza entre la confluencia de dos ríos, el Elo y el Progo, bajo la atenta mirada del volcán Merapi, uno de los más activos del mundo y que a veces con sus erupciones recubre de cenizas los relieves de sus paredes. A 40 kilómetros de Yogyakarta, menos de una hora en coche, es el centro budista más importante de Indonesia. Por lo menos una vez al año peregrinos de todo el mundo emprenden su viaje a “Vara Buddha Pura”, “el monasterio de la ciudad de Buda” en sánscrito. No se sabe quien fue el constructor, allá por el año 750 de nuestra era, de esta inmensa mole, en la que se utilizaron dos millones de bloques de piedra, concebida como una gigantesca mandala, la representación simbólica del cosmos según la concepción budista. Un espacio en el que la arquitectura y la escultura van de la mano con la cosmología y el simbolismo. Una base de estructura piramidal con terrazas superpuestas coronada por decenas de estupas y una monumental en el centro dominando sobre su hermoso paisaje. El atardecer y, en especial, el amanecer son los momentos más interesantes para apreciar esta belleza arquitectónica. Ascender hasta la cúspide, admirar sus delicados bajorrelieves que recubren las paredes y balaustradas, sus 72 estupas caladas protegiendo la estatua de Buda de su interior. Dejarse abstraer al escuchar el cantico de los monjes budistas dando la bienvenida al nuevo día cuando el sol se eleva sobre la montaña. Una joya legada por la dinastía Shailendra que fue abandonada en el siglo XIV con la conversión al islam de los reinos de Java hasta que en 1814, Sir Stamford Raffles, vicegobernador británico de esta isla indonesia, la redescubrió al oír hablar de un antiguo templo sepultado por toneladas de ceniza y vegetación. Un deteriorado monumento que ha sobrevivido a erupciones volcánicas, ataques terroristas e incluso el gran terremoto de 2006 pero que, y nunca mejor dicho, resurgió de sus cenizas gracias a la ayuda de la UNESCO. Entre 1973 y 1984 esta estructura se fue desmontando piedra a piedra para fortalecer unos cimientos que se hundían lentamente en el terreno, recuperó su esplendor, y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1991.  

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| 28/02/2015

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