UNA DE LAS GRANDES FIGURAS INTERNACIONALES

UNA DE LAS GRANDES FIGURAS INTERNACIONALES

Tocar sin tocar: así suena la música del genio español del theremin, Javier Díez Ena

Es una de las grandes figuras internacionales de uno de los instrumentos más singulares, misteriosos y fascinantes que existen: el theremin.

Javier Díez Ena
Javier Díez Ena | Agencias

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | 11/10/2018

En la sala se respira un ambiente a mitad de camino entre la incredulidad y la fascinación. El científico ruso Lev Sergeyevich Termen muestra, ante el mismísimo Lenin, uno de sus inventos más prodigiosos: el theremin.

La creación de Temen -quien pasaría a la historia occidental como León Theremin- era el resultado de sus investigaciones para detectar del movimiento a través de las ondas, lo que le llevó a descubrir que la presencia de un objeto en un campo electromagnético alteraba la frecuencia reproducida por el dispositivo. Aplicando ese conocimiento a su otra gran pasión, la música, descubrió que sin necesidad de tocar aquel extraño artefacto, de él manaban notas musicales.

Impresionado, el propio Lenin mandó a León de gira por toda Europa para mostrar la excelencia de los inventores rusos. Una serie de conciertos que llevaron a León y a su singular invento a lugares tan emblemáticos como el Albert Hall de Londres o la Ópera de París. Las reacciones de asombro fueron idénticas en todos los países.

Aun hoy, casi 100 años después de aquella demostración de su creador ante el líder soviético, el theremin sigue despertando curiosidad. Quizá por lo misterioso de los sonidos que produce, de naturaleza casi fantasmagórica. Quizá por la dificultad de dominarlo. O quizá porque, al igual que le ocurrió a Lenin, todo aquel que presencia en directo el arte de tocar un instrumento que en realidad no se toca queda prendado de su hipnótico encanto.

Javier Díez Ena (Zaragoza, 1974) entró en contacto con el theremin a mediados de los años 90. Más de dos décadas después, se ha convertido en uno de los grandes maestros a nivel internacional. Ha tocado con bandas como Dead Capo, Ginferno, Forastero o Toundra, entre otras muchas, e incluso ha publicado un disco, 'Theremonial’, en el que absolutamente todo (líneas de bajo, bases rítmicas, melodías, programaciones…) sale del prodigioso invento ruso.

 

“Conocí el theremin a través de varias vías”, cuenta Javier a Tribus Ocultas. “Una de las primeras fue un directo de Man Or Astroman?, con aquella mezcla de theremin y bobina Tesla que llevaban entonces, o el tema ‘Mysterions’ de Portishead, con esa maravillosa melodía que finalmente resultó ser un sinte. También al ver en un cine ‘Ed Wood’ de Tim Burton y escuchar en los créditos el theremin de Lydia Kavina, que me hizo transportarme al sonido de las películas de ciencia ficción clásicas de mi adolescencia. Finalmente, al comprarme el libro ‘Incredibly strange Music’, que dedicaba varias páginas al theremin. En aquella época estaba ya embrujado por él, pero fue imposible hacerme con uno hasta 2004, cuando conseguí uno de segunda mano”.

Como cualquiera podría imaginar, tocar el theremin no es tarea sencilla. “Lo más difícil es la intangibilidad del propio instrumento, el no tener donde apoyarte ni saber dónde pueden estar las notas. Esa es su gracia”, desvela Javier. “Precisamente el hecho de no tener contacto físico con nada lo convierte en un instrumento muy exigente físicamente, ya que a veces tienes que aprender a paralizar el cuerpo durante largo rato y a mover el brazo y la mano milimétricamente. Hasta el movimiento de tomar aire altera lo que suena”.

Pero eso es sólo a nivel físico. “En cuanto a lo mental, la exigencia es incluso mayor: al no tener referencia de notas la concentración debe ser máxima, ya que es tu oído el que guía constantemente el movimiento de la mano. Para que ello fluya adecuadamente tienes que entrar en una especie de trance. Mis conciertos de theremin no suelen durar más de 50 o 60 minutos, pero acabo completamente exhausto”. Una auténtica ceremonia, como reza el título de su disco.

Las caras del público que acude por primera vez a un recital de Javier Díez Ena son, como le ocurrió a Lenin, un poema. “Su timbre único no deja indiferente a nadie, con ese sonido ululante a mitad de camino entre una voz humana y un violín, o un serrucho musical”, explica.

Cabría pensar que una propuesta tan extraña tendría difícil salida en un panorama musical, el español, en el que no es fácil abrirse camino a base de experimentación y riesgo. No ha sido el caso de Javier. “Toda esa radical diferencia es lo que hace este proyecto más atractivo para muchos programadores”, cuenta. “La propuesta en sí misma es muy insólita, y lo que suena también lo es. Sin ánimo de resultar prepotente, creo que hago algo diferente. Hace dos años pensaba: ¿Alguien va entender esto? Y mira: no he parado de tocar en directo en todo tipo de recintos y ambientes”, apunta con orgullo.

La música es, eso sí, una carrera de fondo. Y no conviene dormirse en los laureles. Por eso Javier ya tiene un aluvión de proyectos para el curso que acaba de empezar.

“Pronto me pondré con mi segundo disco de theremin: ya tengo muchas ideas y algunos temas. Estoy también con el tercer disco de Dead Capo, que verá la luz en unos meses. También voy a tocar con Javier Colis: he grabado los bajos de sus últimos discos. Y he montado una banda, de momento secreta, de la que puedo decir que hay grandes músicos involucrados: hay marimbas, percusiones, lapsteel, instrumentos raros como el shamisen japonés... Ya hemos pasado por estudio y en breve espero que saquemos la cabeza y empiece a sonar”.

Suene como suene, seguro que nos volverá a sorprender. Javier Diez Ena toca el 25 de octubre en Madrid (Sala El Intruso) junto a Severine Beata.

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