Porque la música también es un acto político

Porque la música también es un acto político

¿Hay amor después del Brexit? Hay canciones que ya están diciendo que no

Dicen las canciones que la Europa unida y sin fin fue una utopía de los años 70. Reino Unido limpia, con resaca, los restos de la fiesta, luchando contra sus peores pesadillas y revolviéndose, si acaso, con el último aliento de rabia.

Mujer manifestándose contra el Brexit
Mujer manifestándose contra el Brexit | EFE

ELENA CABRERA| @elenac | Madrid | 12/03/2019

Una mañana de verano de 2016, Europa despertó de un sueño e Inglaterra se durmió en una pesadilla. El 52% de los votantes británicos habían decidido irse, si es que alguna vez habían estado del todo.

¡Atención! Eso que se escucha de fondo es el rasgado de la brillante tela color Pantone Reflex Blue de la bandera europea. Sus 12 estrellas amarillas, situadas en círculo como las horas de un reloj, no resuenan armónicamente sino que retumban, con estridencia, en la cuenta atrás del enfrentamiento entre los pueblos.

Con la presión del toque de queda a sus espaldas, diestros costureros, como Matthew Herbert, se afanan en remendar las rajas del raso, pero es difícil porque, por donde no se rompe, se deshilacha.

En esta prueba contrarreloj de su particular tour de Europa, Herbert recorre el continente trabajando con músicos de cada ciudad en la que se detiene, montando una orquesta siempre diferente a la que llama Brexit Big Band, expresando, con esa gran metáfora del trabajo en equipo que es la orquesta sinfónica, que no se está mejor solo.

La música no parará de sonar hasta el desacople, si es que nadie encuentra antes el freno de emergencia. El músico inglés montó la banda en los Veranos de la Villa de Madrid en 2018 y lo volverá a hacer en el Sónar 2019.

Cuando le preguntaron porqué hacía esto, dijo que la música, como todo, es un acto político. Su contribución al brexit sería intentar hacer de la irremediable despedida algo alegre, contrarrestando el penoso papelón de los políticos británicos.

Lo de Herbert no está lejos de la propuesta de Action Hero, una pareja que recorrió 32.000 kilómetros y 33 países europeos en el año 2018 recogiendo grabaciones de canciones de amor para colocarlas en balizas sonoras en los bordes de Europa. Esto también es europtimismo.

Al lado contrario de este sentimiento encontramos 26 segundos aterradores. 'Post-Brexit Dreams of Albion' aparece en el último disco de Sieben, el proyecto del músico de Sheffield Matt Howden, en cuya portada le vemos tomando una agradable taza de té en porcelana fina, vistiendo traje de tweed y levantando una ceja displicente. Howden se despertó esa mañana con pesadillas en las que aparecía la pérfida Albión.

Lo más cerca que están Matthew Herbert y Matt Howden de volver a creer en la Europa unida y fuerte es cuando se dirigen a la estantería de sus discos y extraen 'Trans Europe Express', de Kraftwerk, para ponerlo en el tocadiscos.

El grupo alemán publicó ese disco en mayo de 1977, cuatro años después de que Reino Unido entrara a lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea (CEE), compuesta en ese momento por nueve Estados miembros.

A Paco Peiro, autor del tratado sobre música electrónica 'La madrugada eterna', le parecía que la letra de la canción 'Europe Endless' era 'una enumeración de clichés propios de un manifiesto de la CEE'.

“Kraftwerk es un grupo fundamental a la hora de categorizar Europa desde un punto de vista electrónico, esa Europa endless”, afirma el crítico musical Alberto Monreal, “sus canciones contienen la idea de los viajes y de la unión a través de la tecnología y de los medios de comunicación, como el tren ('Trans Europe Express'), la carretera ('Autobahn') o el Tour de Francia ('Tour de France') como ejemplo de los viajes y de esa idea de lo global que nos une, esa ausencia de barreras, esa Europa que crece hacia el este interminable, un aspecto de Kraftwerk que, años después, han digerido grupos como Covenant, cuyo disco 'Europa', de abril de 1998, es una revisión del 'Trans Europe Express', a su manera”.

Ese trabajo de la banda sueca Covenant fue publicado en 1998, tres años después de que Suecia se incorporara a una ya denominada Unión Europea (UE) de quince Estados miembros. Mientras Eskil Simonsson y Joakim Montelius presentaban su disco, Suecia decidía no sumarse a la avanzadilla del euro, que el 1 de enero de 1999 se introdujo para las transacciones comerciales en once países.

Al contrario que en los de Düsseldorf, en la Europa de Simonsson y Montelius se habla de tensión premilenial, de cinismo, de reinos que emergen y se derrumban, y de naciones que van y vienen: “solo nuevos nombres para las mismas cosas”.

“La música puede ser una herramienta válida para transmitir un ideario, pero todavía estamos lejos de encontrar un trabajo que entronque la idea genuina de la Europa ideal”, opina Fernando O. Paíno, músico, licenciado en Historia y autor del libro 'Música industrial. La deshumanización del sonido'.

“Aquella idea —continúa— con la que Roma soñaba por medio de su unidad política y que ha sido esbozada en movimientos abrazados por un público más minimalista, como es el caso del neofolk”.

El denominado neofolk, o darkfolk, es una corriente musical, surgida en el Reino Unido, en la que converge la música industrial y el folk. Sus grupos fundadores —Death In June en 1981 y Current 93 en 1982— terminan de definir el género aportando un aprecio por lo antiguo, lo esotérico y la ocultura, en un momento de la historia europea en el que el polvo de la caída del muro de Berlín aún flota en el aire y la vieja Grecia se incorpora, el 1 de enero de 1981, al proyecto económico europeo.

Políticamente, “el darkfolk es nacionalista y busca las particularidades de cada región”, explica Alberto Monreal. “Particularidades que son, sobre todo, precristianas, porque Europa tiene un trasfondo pagano muy fuerte, como su propio nombre. Para encontrar esas particularidades, que son anticapitalistas, se lucha contra la idea de transnacionalidad de dos maneras: la de los grupos que son nacionalistas y tradicionalistas, como el italiano Camerata Mediolanense, y la de grupos como el británico Dead Can Dance, que busca esas particularidades nacionales en la elección de los instrumentos y en la búsqueda de la esencia de cada cultura, en la que acaban encontrando una cultura común”.

Douglas Pierce, el músico tras Death in June, utiliza en los últimos años un cruce de símbolos identitarios. La calavera sobre dos fémures cruzados es insertada en el centro de una bandera de la Unión Europea. El músico está a favor del leave y expresa su crítica recordando el espíritu guerrero y asesino de los pueblos, que no desaparece solo por rodearlo con doce estrellas doradas: es una advertencia desde el pasado hacia el futuro.

“Es evidente lo que piensa Douglas Pierce sobre la Unión Europea… que son unos burócratas al servicio del poder”, dice Monreal, a quien este acto le parece una “deconstrucción de imaginarios inyectando caos y desorden” y “un buen chiste”. Para Fernando O. Paíno, no pasa tampoco de ser “un recurso comercial”. Douglas Pierce ha utilizado también la totenkopf sobre la bandera arcoiris, siendo él abiertamente homosexual.

“El proyecto de Unión Europea nunca estuvo bien ensamblado”, dice Paíno, “el Acuerdo Europeo de Libre Comercio garantizaba desde los años 70 una reducción de los aranceles aduaneros, que es el sustrato que necesitaba Europa para poder crecer fuerte y sana. Con ese tratado el esquema funcionó de perlas durante años, y es ahora cuando se teme que esta primera célula de cohesión se rompa. Las grietas siempre estuvieron ahí, lo que ocurre es que la erosión del tiempo y los acontecimientos las han dejado al descubierto”, dice.

“Los artistas que han hablado claramente de Europa en sus canciones, como pueda ser Douglas Pierce, lo han hecho desde una perspectiva más evocadora que proactiva. La interpretación de la lectura que se hace de cualquier texto, incluidas las letras de una canción, es algo con lo que pienso que el propio artista cuenta, pondera y espera que se realice, pero ni mucho menos nos acerca a una visión exacta de la pretensión eidética del propio artista”.

Noemí es española, Alice es italiana y Yuki, japonesa. Viven en Londres y tienen un grupo de garage-punk que ha puesto al público y a la crítica a sus pies durante seis años sin haber sacado su primer disco largo hasta el pasado 15 de febrero, momento en que Abjects publicó 'Never Give Up' (no rendirse nunca).

Han girado por Europa, Japón y Estados Unidos. Con este bagaje no es de extrañar que uno de sus hits se llame “Fuck Brexit”. Dicen de sí mismas que creen que “las identidades personales trascienden las fronteras” y con su música se enfrentan “al auge de tendencias políticas de derecha como el nacionalismo, el populismo y el Brexit”.

Añaden que “Never Give Up” explora “cómo estos cambios están reformulando las libertades de las personas y probando su resistencia emocional” y pide “nuevas formas de hacer frente a los desafíos que presentan a escala personal y global”.

“La llamada Europa ideal es el resultado de un acuerdo de intereses que beneficia a las economías nacionales, y que ahora se tambalea por culpa de un país que nunca vio con buenos ojos su adhesión al conjunto por miedo a perder su soberanía”, concluye Fernando O. Paíno.

“Evidentemente, la respuesta de Reino Unido ha sido un reflejo de esta nueva situación de crisis económica, unida al sensacionalismo romántico de su ya desdibujada época colonial... y cada artista lo interpreta a su manera”.

Veamos, por último, una de esas maneras. Uno de los hijos más talentosos de la Inglaterra pop, Morrissey, emigró a Estados Unidos y está a punto de sacar un disco titulado “California Son”. Quizás por esa distancia, sus fans necesitan tanto de su posicionamiento en este asunto. Pese a la negativa del letrista de los Smiths, ya no puede interpretarse de otra manera sino política su canción 'Jacky’s only happy when she’s up on the stage'.

En apariencia, nos habla de una artista que se resiste a abandonar los escenarios. Presuntamente, Jacky representa una Union Jack que “te hará creer [believe] lo que nunca has creído” y sigue actuando, agarrada a la luz de los focos, mientras todo el mundo se dirige a la salida [exit] y declama, en la escena sexta del libreto “¡este país me pone enferma!”.

No es solo el evidente parecido de believe con leave y de exit con brexit, sino que la fuerza de esa imagen —esa señora envuelta en una bandera británica que se resiste a dejar de ser el centro de atención mientras los demás se alejan—, es la más potente metáfora que se haya cantado nunca sobre la crisis del brexit. Cuatro meses después del referéndum, Morrissey dijo que el resultado había sido “magnífico”, y apuntó hacia el tema que a él le parece central, cargando contra los medios de comunicación que “insultan” a los votantes del leave.

La misma manipulación que denunció sobre Fox y el presidente de los Estos Unidos —los músicos de Morrissey aparecieron con camisetas 'Fuck Trump' en un concierto en México— la aplicó a la BBC y Sky News, quienes “no aceptan el resultado”. Como en su reciente canción, 'Spent the day in bed', donde el cantante ordena “¡dejad de ver el telediario!, porque en las noticias se las arreglan para asustarte, hacerte sentir pequeño y solo, y que tus ideas no te pertenezcan”.

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