Los espectadores de la cadena pública alemana debieron quedarse en shock. Es cierto que se habían ido acostumbrando a la progresiva aparición de melenudos en el programa musical Beat-Club, que poco a poco iban desplazando a los chicos formales del pop de los sesenta y que aquello que llamaban beat empezaba a ser irreconocible. Pero lo que pasó aquella tarde en el programa desafiaba la tolerancia de la gente de bien.

Era el año 1970 y la cadena ARD accedió a grabar un concierto completo del grupo de Leicester Black Widow, al cual la BBC ya le había vetado la radiodifusión de su canción ‘Come to the Sabbat’ por inapropiada. “¡Ven al Sabbat! ¡Satanás está aquí!”, decía la letra, que invocaba al demonio Astaroth, el gran duque del infierno.

La televisión pública alemana no compartió el mismo parecer que su homóloga británica y emitió ‘Sacrifice’, un espectáculo de 55 minutos que los Black Widow representaron por Europa durante tres años. En él, una mujer endiablada por Astaroth baila salvajemente alrededor de Kip Trevor, el cantante. Este, que al principio del concierto practica un ritual wicca con una espada, lucha contra la mujer para introducirla en un círculo mágico que hay dibujado en el suelo y así liberarla de Astaroth. No lo consigue, por lo que decide sacrificar a la mujer para destruir al demonio, cosa que sucede al final del concierto.

O sucede, al menos en apariencia.

Después de una serie de sacudidas, embriagada por el intenso rock progresivo que se está interpretando a su alrededor, la mujer, una joven de pelo rubio y largo, envuelta en un vestido blanco, se rinde. Kip Trevor la agarra por detrás y le retira el vestido. Completamente desnuda, se deja caer hacia atrás y es colocada con suavidad sobre el suelo. Trevor le coloca encima la espada y ahí la deja hasta que, en los últimos minutos del show, simula atravesar a la mujer con varias cuchilladas.

Los miembros del Black Widow estaban haciendo una representación, pero una representación en la que creían. No había broma ni ironía. No se habían inventado los rituales sino que habían sido asesorados por Alex y Martine Sanders, los fundadores de una rama de la tradición wicca, la alexandrina. Martine había incluso interpretado a la mujer poseída en uno de los primeros shows. Clive Jones, el miembro del grupo que toca los instrumentos de viento, tenía una relación cercana con los Sanders.

Poco antes de su muerte en el año 2014, Jones concedió varias entrevistas. En una de ellas admitió seguir interesado en el ocultismo, ser un creyente y permanecer en contacto con Maxine Sanders: “es más, he visto al Diablo dos veces, una yo solo a la luz del día y una de noche, junto a varios miembros de mi grupo”.

El matrimonio de Alex y Martine Sanders había creado un coven —el nombre por el que se conoce a una reunión regular de brujas o wiccanos— en su propia casa de Londres. Los Sanders eran una pareja popular que aparecía en los medios de comunicación, sobre los que se rodaban documentales y se escribían libros. Unos años atrás, en 1964, había muerto Gerald Gardner, el principal creador de la religión wicca.

A su coven o akelarre perteneció Doreen Valiente, la mujer más influyente de la brujería moderna, suma sacerdotisa que además publicó libros, escribió poemas wiccanos y defendió firmemente que la brujería nada tenía que ver con el satanismo. Todo esto que sucedía en Inglaterra llegó al Chicago de 1969, donde una joven Jinx Dawson, interesada en la brujería y con antecedentes familiares en su práctica, decidió llamar a su grupo de música Coven. “Lo estudiamos y lo pusimos en práctica, pero solo llegamos hasta ahí. No hicimos nada malo”, dijo en una entrevista.

En la foto del interior de su álbum ‘Witchcraft Destroys Minds and Reaps Souls’ vemos una mujer muy parecida a la Astaroth del concierto de Black Widow, —y a la propia Jinx—, sobre un altar de sacrificio, con un cráneo sobre su vulva y un cáliz sobre su pecho. La intensa relación posterior entre el metal y la brujería, así como con el satanismo, viene de estos grupos, y por supuesto de Black Sabbath.

La notoriedad del brujo Sanders se debió, en gran medida, a su aparición en la apasionante película ‘Legend of the Witches’ de 1970, una delicia cinematográfica plagada de rituales paganos que, debido a sus desnudos, fue estrenada en el circuito de cines x. En la década de los setenta, abundó el witchploitation, excusa para el softporn, que no ayudó mucho a la brujería pero sí que remarcó la estrecha relación entre ella, la sexualidad y el paganismo.

El proyecto actual que mejor traslada a la música la lujuria y el ocultismo es el que lidera el sueco Tomas Pettersson bajo el nombre de Ordo Rosarius Equilibrio. Como base para su folk apocalíptico a menudo surge las enseñanzas de Thelema, la filosofía desarrollada por el mago Aleister Crowley al principio del siglo XX y que dejó escrita en su ‘The Book of the Law’, ineludible influencia desde Black Sabbath a David Bowie, de los Beatles a Led Zeppelin.

“Mi mujer escarlata se alimenta durante el sueño, en sueños me corro y pienso en usted”, canta Pettersson en ‘Dreaming of my scarlet woman’. La mujer escarlata es Babalon, la Gran Madre de las Abominaciones en la mitología thelémica creada por Crowley. Babalon es en realidad un símbolo que representa el impulso sexual femenino, fiero, salvaje y tremendamente poderoso, capaz de montar a la Bestia. La música de Ordo Rosarius Equilibrio no es satánica sino profundamente anticristiana.

Como ocurre en la perspectiva feminista de la brujería, que plantea una mujer emancipada, que lucha por no ser sometida al cristianismo patriarcal, la propuesta de Pettersson es la de romper con el yugo de la moral cristiana utilizando el cuerpo como arma. En sus conciertos y sus videos hay una puesta en escena fetichista, a veces sadomasoquista, acompañada de rituales de inspiración neopagana.

“Utilizo las runas como una inspiración constante para la creación en Ordo Equilibrio y en nuestras composiciones, creaciones y estética”, dijo Pettersson en una entrevista al respecto de este antiguo oráculo nórdico en piedras, “además intento, de alguna manera, reconocer y celebrar los solsticios y equinocios, pero no practico antiguos rituales de paganismo nórdico, aunque algunas ideas y fragmentos de aquel tiempo sí están ahí y siempre estarán”.

La brujería en el rock siempre ha estado muy ligada a lo masculino, como el propio grupo mexicano Brujería, el death metal escandinavo o los nombres antes mencionados bajo la influencia de Crowley. Las enseñanzas del mago han sido desplegadas en la música de otros hombres de manera más reciente, como David Tibet de Current 93 o Jhonn Balance y Peter Christopherson de Coil.

También una persona transgénero, no binaria, como Genesis P-Orridge, creadora de los grupos Throbbing Gristle y Psychic TV ha desarrollado su proceso creativo a partir del universo de Thelema, aunque luego le haya incorporado más cosas. Hubo otros espectadores de otra televisión pública, la española, que también se escandalizaron un día de octubre de 1984 cuando P-Orridge lanzó un manifiesto antirreligioso y prosexual en el programa La edad de oro. En una esquina de la pantalla aparecieron los dos rombos, pero no fue suficiente. Tras el concierto, la periodista Paloma Chamorro le entrevistó, como era habitual en el programa.

“Lo que me interesa es el sexo —le contestó a una pregunta sobre la música— la idea de que la música ha sido concebida para desarrollar una situación parecida a la sensación que tenemos cuando nos acostamos con una persona por primera vez. Y al principio este era el objetivo del rock’n’roll. Hemos hecho un círculo completo: empezamos de una manera intelectual y ahora somo sexuales. Y quiero follarme a todo el público”. “Pues no vas a poder, me temo”, le interrumpe la presentadora. “Acabamos de hacerlo, creo”, contestó Genesis, clavándola.

La brujería regresa recurrentemente a la música porque, de alguna manera, están unidas. Hace diez años comenzó a hablarse mucho de la hauntología para definir la música fantasmal y desasosegante de percusiones retorcidas, profundas líneas de bajo y melodías hipnóticas, un producto artístico de la crisis del capitalismo. La cosa se hizo cada vez más áspera pues de ahí se saltó al llamado pop hipnagógico para etiquetar un estrato más underground y de ahí al sitio al que queremos ir a parar: el haunted house o witch house, ambient experimental teñido de desesperación y alfombrado de referencias oscuras. El grupo de Chicago Salem fue quien definió ese sonido.

Pero vayamos ahora a las verdaderas brujas actuales, mujeres que utilizan los postulados de las wiccas originales como la antropóloga feminista Margaret Murray —quien en 1921 escribió un libro capital sobre la importancia de la resistencia pagana para la libertad de la mujer—; la mencionada Doreen Valiente; Dion Fortune, precursora de las ideas feministas de la wicca actual y creadora del concepto de Gran Diosa como única divinidad, un espíritu femenino universal de la naturaleza; o Moina Mathers, fundadora de la Orden Rosacruciana de Alpha y Omega, orden que Fortune abandonó por una disputa con Mathers para crear su propia orden (u Ordo, recordemos que por ahí va también el nombre del grupo de Tomas Pettersson), la Sociedad de la Luz Interior.

La joven Zosia Hołubowska es una de ellas. Activista queer de origen polaco, su intenso y oscuro proyecto musical se llama Mala Herba y practica un estilo que ella misma ha denominado synth witchcraft (tecnobrujería) y se basa en la música tradicional, la magia y la demonología de Europa del Este, pero además explora la crueldad y la positividad sexual. “El conocimiento es poder”, dice el buho que Zosia lleva tatuado en su brazo derecho, algo con lo que Crowley estaba de acuerdo.

“Este álbum —dijo sobre su primera demo publicada en Bandcamp— es un hechizo de hierbas para potenciar a todas las personas no binarias, queer y femme folks. Para vosotras, brujas, putas y buscalíos. Es un homenaje a mi madre, a mis abuelas y a nuestras poderosas antepasadas. Los hechizos tratan sobre explorar tu cuerpo y tu sexualidad, aprender a estar sola, a florecer, a fermentar, a descansar, a llorar, a lamentarse, pero sobre todo a sobrevivir, a persistir y a crecer como una mala hierba salvaje”.

Las malas hierbas islandesas Kaelan Mikla practican una brujería en la misma línea. Como Zosia Hołubowska, en sus conciertos también hay incienso y una iluminación particular. Su canción ‘Nornalagið’ significa “canción de la bruja” y en ella describen un akelarre en la noche, bajo la luna, bailando con la muerte, soñando que su mente olvidará este mundo.

Y su video ‘Nótt eftir nótt’ fue rodado en los bosques de Reykjavík inspirándose en la película ‘The Blair Witch Project’. Los conocedores del post-punk islandés, antecedente de kaelan Mikla, recuerdan que uno de los primeros grupos de Björk se llamaba Kukl, un nombre que significa “aquellos que practican la brujería”.

Islandia, Inglaterra, el norte de la Europa continental y la Europa del Este no olvidan sus raíces paganas, precristianas, ni tampoco el papel de la brujería como canalizador cultural a lo largo de los siglos, hasta el día de hoy. Las brujas resisten.