La segunda, porque renunciar a las redes es la mejor forma de resistir a la locura de nuestro tiempo. Y sigo enumerando hasta la novena: porque nos están convirtiendo en idiotas, porque están socavando la verdad, porque vacían de contenido lo que decimos, porque destruyen nuestra capacidad de empatizar (aquí habría muchos ejemplos en lo micro que refutarían a Lanier, pero bueno, avanzamos), porque nos hacen infelices, porque las redes sociales no quieren que tengamos una economía digna y porque hacen imposible la política.

Y queda la décima, la más metafísica de todas: porque aborrecen tu alma o, dicho de otra manera, porque van en contra de lo que significa ser una persona.

En otro de sus libros, ‘Contra el rebaño digital’, lo primero que Lanier se pregunta es qué es ser una persona. “Los comentarios anónimos en blogs, los vídeos de bromas insustanciales y los popurrís intrascendentes pueden parecer triviales e inofensivos, pero, en conjunto, esa forma de comunicación fragmentaria e impersonal ha degradado la interacción interpersonal”, escribe.

Si en el siglo XX entendíamos la comunicación como una transmisión de señales entre un emisor y un receptor que comparten un código común, en la actualidad Jaron Lanier advierte de que “ahora la comunicación suele experimentarse como un fenómeno sobrehumano que se eleva por encima de los individuos”. Una nueva generación se ha hecho mayor de edad “con una expectativa limitada de lo que una persona puede ser y de aquello en lo que cada persona puede llegar a convertirse”. No parece muy libre, no.

Lanier fue un pionero de la realidad virtual, de hecho se le atribuye la acuñación del término a principios de los años 80. Ha creado start-ups que han sido absorbidas por gigantes como Google o Adobe y en los últimos diez años ha trabajado como asesor para Microsoft. Este ingeniero informático, por tanto, no es un apocalíptico en el sentido en el que Umberto Eco denominaba a los que se oponían ferozmente a la cultura de masas, pero tampoco es un integrado.

Rubén Hernández vive en una casa rodeada de montañas a siete kilómetros del pueblo más cercano. Él, su pareja Emilia y su hija pequeña cuidan de cinco ovejas, cuatro burros, tres gatos, dos perros y un huerto. No han nacido en ese pueblo. No están allí para jubilarse ni para pasar los fines de semana. No trabajan en el medio rural. Ellos son dos, junto a Irene Antón, de los tres editores de Errata Naturae.

Ese es su trabajo, que desempeñan diariamente desde un lugar recoleto de Cantabria. Por la mañana, se ocupan de las labores de la editorial y, a partir de cierta hora de la tarde, de las que están vinculadas a la finca: cortar madera, desbrozar, reparar un vallado, esquilar a las ovejas, preparar una zanja o trabajar el huerto. “Conseguir instalar internet en un zona relativamente remota como esta fue un poco complicado, pero al final lo conseguimos”, explica Rubén sobre su desconexión conectada.

“Por un lado, yo no podría trabajar en un entorno remoto, rodeado de naturaleza, si no tuviera internet y estuviera habilitado para trabajar a distancia, es decir, sin estar ‘conectado’. Sin embargo, para mí es fundamental confrontar determinadas dinámicas productivas y ritmos laborales que están asociados con esa hiperconectividad, que invierte la relación que debiéramos ostentar con la tecnología, convirtiéndonos en servidores, más o menos inconscientes, de la tiranía de esa Gran Máquina”.

Hay una cita aterradora de Mark Zuckerberg que encabeza el libro de Enric Puig Punyet ‘La gran adiccion. Cómo sobrevivir en internet y no aislarse del mundo’: “Sabemos que por cada persona que tiene acceso a internet se crea un nuevo puesto de trabajo y una persona sale de la pobreza. Por lo tanto, en teoría, llevar y conectar a todo el mundo a internet es una gran prioridad nacional, e incluso global”. Puig Punyet es uno de los “exconectados”, personas que han decidido desconectar tecnológicamente, sino de manera radical, sí racionalizando el acceso a internet.

“Comenzamos a abrir los ojos ante la espiral de reconocimiento a la que nos han arrastrado las redes sociales y con la que tan poco ganamos”, escribe en su libro. “Hemos comenzado a advertir que estamos perdiendo progresivamente nuestra habilidad por focalizar y profundizar, que estamos cediendo el control sobre nuestro tiempo, que nos quedamos sin esos momentos vacíos en los que asegurábamos aburrirnos pero en los que en realidad nos cuestionábamos y reordenábamos aspectos cruciales de nuestras vidas. Hemos empezado a asombrarnos de que en ocasiones perdamos incluso la capacidad de relacionarnos cara a cara con los demás”.

Las desconexiones digitales que proponen Jason Lanier y Enric Puig Punyet están relacionadas, de alguna manera, con el retorno a lo salvaje. Forman parte del mismo tipo de reflexión y de la misma preocupación. En Errata Naturae hay una colección titulada Libros Salvajes que está siendo clave para apuntalar decisiones como la de Rubén.

Por ejemplo, en ‘Leñador’ leemos la historia de Mike Wilson, quien decidió dejarlo todo para irse a vivir a la frontera de Canadá con Alaska. Sue Hubbell relata en ‘Un año en los bosques’ y ‘Desde esta colina’ cómo huyó “del sistema” para encontrar la vida que quería para sí misma en las montañas de Ozarks. Rick Bass se va en ‘Invierno’ a vivir con su mujer al silencio, el misterio y la lentitud del valle del Yaak, en Montana.

“Yo siempre he sido un lector voraz de este tipo de libros —cuenta Rubén— que en el ámbito anglosajón se conocen como nature writing. Tenía que leerlos en otros idiomas, fundamentalmente en inglés, aunque también algo en francés, pues en castellano no había casi nada publicado. Un buen día decidí que merecía la pena arriesgarse y comprobar si realmente existía en nuestro país un público para este tipo de lecturas o si, por el contrario, no se publicaban estos libros porque a nadie le interesaban. La intuición fue buena: desde que comenzamos hace cuatro años hemos publicado más de 25 libros en la colección Libros Salvajes y la acogida ha sido fantástica desde el primer momento”.

Errata Naturae publicó ‘Walden’, el clásico indispensable de Thoreau del que beben muchos de sus discípulos y que lleva vendidos 25.000 ejemplares. No es la única editorial que se ha volcado en el género. Volcano Libros es una casa que se dedica únicamente a la confluencia entre la literatura y la naturaleza.

Seix Barral, :Rata_ o Capitán Swing también han publicado títulos importantes. El año pasado, en Barcelona, se celebró un festival denominado Liternatura en el que participó Sy Montgomery, la autora de ‘El embrujo del tigre’ y ‘El alma de los pulpos’, además de algunos editores, incluido Rubén Hernández: “fue un evento muy interesante y necesario” que “habla del interés creciente por este tipo de libros”, algo que empieza a verse en que muchas librerías están implementado secciones específicas para los libros de nature writing”. Una etiqueta que, a juicio del editor, define mejor el origen anglosajón de estos libros que sus posibles traducciones al español, como “libros de la naturaleza”.

Los lectores españoles conectan con el nature writing porque, a pesar de que se ambientan en lugares distantes son “buenos libros”, dice Rubén, y “permiten universalizar la experiencia del relato”. Aunque en España comienzan a aparecer obras de autores como el ornitólogo coruñés Antonio Sandoval Rey o el poeta (‘Niebla fronteriza’, ‘De un nuevo paisaje’) y narrador (‘El lenguaje de los bosques’) navarro Hasier Larretxea, para Rubén en el contexto español todavía “no existe una tradición como tal o una obra referencial al respecto”.

“Cuarenta años de dictadura supusieron una oclusión cultural que afectó a muchos ámbitos, también a los libros, también a estos libros”, analiza Hernández. “Pero pienso que las claves profundas [sobre la falta de tradición de esta literatura en España] son otras. Para empezar, la relación que desde mucho antes de esa fecha hemos mantenido aquí, en tanto que sociedad, que comunidad humana, con la naturaleza, con la conservación de los bosques, los litorales, la fauna salvaje... ¿qué tipo de ‘libros salvajes’ pueden surgir en un territorio donde la propia idea de lo salvaje no tiene ningún peso social ni cultural?”.

Ayudando, quizá, a que un día sí surja, acaba de ser publicado el primer número de la revista Salvaje, dirigida por Guillermo López Linares. La publicación propone argumentos para “sacarte al campo”.

“Elijo esta temática desde mi punto de vista personal —explica el periodista— por la necesidad que yo tengo de cambiar mi modo de vida pero también por el cambio sociológico que se está produciendo a mi alrededor y del que empiezo a ver muchos indicios, tanto en actitudes de amigos como en tendencias culturales e incluso comerciales”. Cuando los publicistas, dice, empiezan a incorporar el retorno a lo artesano en sus mensajes, es que “algo se ha convertido en mainstream”.

Si la Historia es la evolución de contrapesos entre lo cultural y lo natural, la irrupción del teléfono móvil ha supuesto “una revolución radical” en la última década que “no hemos asimilado bien”, según Guillermo. “Ese dispositivo que nos permite estar todo el rato conectado a lo que piensan los demás ha roto nuestra concepción del mundo y nuestra manera de pensar”.

De ahí surge una “contrarreacción” que es “una búsqueda o recuperación de lo más analógico, de lo menos intelectualizado, queremos volver a controlar qué es lo que comemos y volver a las raíces”, y es en ese movimiento en el que surge Salvaje, cuyo primer número propone reportajes como el que escribe Delia Rodríguez contra el mito del genio tecnológico solitario tipo Zuckerberg o Jobs y a favor de la creación colectiva desde lo rural, o el texto de Sabina Urraca sobre los hijos e hijas de los hippies que vivieron en comunas a finales de los 70.

“A pesar de algunos indicadores de bienestar positivos, en el momento social en el que nos encontramos la cultura está en un momento de crisis, vivimos en un ‘Black Mirror’ permanente”, dice Guillermo, que es también uno de los editores del sello de crónicas periodísticas Libros del KO, “no hay optimismo, hay una sensación de que no esperamos el futuro sino que hemos llegado al futuro. No nos gusta este futuro al que hemos llegado y creo que estamos intentando volver hacia atrás en el camino hasta la última bifurcación que tomamos e intentar recuperar las maneras de vivir y de sentir que quedaron atrás”.

“Hay una realidad palpable”, dice Rubén Hernández de Errata Naturae, “cada vez más gente es consciente de que es imprescindible cambiar el modelo de relación que tenemos con la naturaleza, y los libros que nosotros publicamos ofrecen historias y propuestas al respecto. Yo hablo con muchos lectores cuyas vidas han dado un giro de 180 grados con la lectura de alguno de estos libros, o al menos han empezado a mirar de otro modo ciertas realidades, planteándose otros modelos y otras prácticas".

"La maquinaria económica de la que todos formamos parte puede hacer de esta realidad, en efecto, un moda comercial, publicándose de este modo también libros sin mayor interés que se ‘suban al carro’ de la nature writing, pero creo sinceramente que esto es circunstancial, pasa siempre, pasa con cada cosa. La cultura nunca deja de ser mercancía, y un buen editor debe ser consciente de esta contradicción y lidiar con ella”.

El otro gran elemento reactivo es la aceptación de la emergencia climática del planeta. “La crisis climática, que tal vez deberíamos llamar, con más propiedad, ecocidio, asumiendo así desde el lenguaje mismo un nivel mayor de responsabilidad sobre los hechos”, puntualiza Rubén, “es el mayor problema al que nos enfrentamos y al que quizás nos hayamos enfrentado nunca".

"Es fundamental que como lectores, autores, editores, pero sobre todo como ciudadanos, comencemos, ante todo, a asumir la realidad y el alcance de lo que está ocurriendo, de la transformación radical que vamos a vivir en las próximas décadas. Los libros tienen también su papel en esta cuestión, cada vez mayor. Estamos faltos de relatos y discursos para hacernos con el futuro más allá de los polos baldíos que son las posturas negacionistas y apocalípticas. Esos son los libros que necesitamos”.

En su hogar cantábrico, Emilia y Rubén conviven con zorros, tejones, culebras y buitres. Salen al bosque a pasear a los perros. Leen. Guillermo López también se ha ido de Madrid y ahora vive en una pedanía de San Pedro Manrique, en las despobladas Tierras Altas de Soria. Allí lee. Allí trabaja. Desde allí impulsó el crowdfunding con el que reunió 53.540 euros para publicar Salvaje, casi 10.000 euros más de lo que pedía cuando anunció una publicación “para desconectar del móvil, reivindicar nuestra naturaleza y dar voz a nuestros pueblos”. Había ganas.

“Para mí lo salvaje es lo que queda cuando nos quitamos todas las capas de civilización que hemos echado encima de nuestra identidad”, dice Guillermo.

“Cuando sales al monte y te cruzas con una rana o con un zorro, o la manera en que te mira un gato en la ciudad... no hace falta irse a lo más recóndito del bosque. Hay un reconocimiento y tú eres algo para ese animal. Te mira, te identifica. Está pensando algo: ¿esto es un depredador Apex?, ¿esto es un ser que me puede alimentar?, ¿paso de este tío? Te identifica y sin embargo no sabe cómo te llamas, no eres Guillemo ni Elena para él, eres un mamífero alto, bípedo, no tienes trabajo, no tienes nómina, no tienes serie favorita, no tienes estilo musical que te gusta pero no dejas de ser algo muy importante para él porque puede que seas su depredador o su presa. Eso para mí es lo salvaje”.