Ovolactovegetariano, vegetariano estricto, flexitariano… En los últimos tiempos, el veganismo y lo que parecen toda una serie de variantes en la manera de alimentarse está en boca de todos. Los medios se hacen eco del supuesto estilo de vida ‘veggie’, en el que cada vez más marcas ven un jugoso nicho de mercado. La salud, el respeto al medio ambiente y el amor por los animales parecen estar cambiando los hábitos alimenticios de un número de ciudadanos cada vez mayor.

Sí: los tiempos han cambiado. Las marcas de embutido que hace no tanto emitían anuncios burlándose de los vegetarianos lanzan ahora salchichas vegetales. El sector lácteo invierte grandes sumas de dinero en certificar el supuesto bienestar de las vacas lecheras. Y famosos como Leonardo Di Caprio o Bill Gates destinan millones de dólares a hamburguesas vegetales o a la llamada carne de laboratorio, confeccionada a base de células madre y que muchos consideran el futuro en aras de la lucha contra el cambio climático.

La generalización del veganismo como término ha traído consigo, inevitablemente, cierta confusión. Y por ello, cada vez son más los que hacen hincapié en algo que consideran importante recordar: el veganismo no es una manera de comer, por mucho que determinados famosos aseguren seguir una “dieta vegana” y a que muchos alimentos vengan etiquetados como tales. Cuando hablamos de veganismo, hablamos de otra cosa.

El término ‘vegano’, acuñado en 1944 por el británico Donald Watson, tomó las tres primeras y las tres últimas letras de la palabra vegetariano para marcar la diferencia con aquellos que, ya en aquellos años, empezaban a dejar de consumir carne y pescado pero seguían comiendo huevos y lácteos, vistiendo cuero o acudiendo a espectáculos con animales, lo que Watson consideraba un sinsentido.

“Si queremos ser verdaderos libertadores de los animales debemos renunciar absolutamente a nuestra tradicional y egoísta actitud de creer que tenemos derecho a utilizarlos para nuestras necesidades”, explicó Watson en una de las pocas conferencias sobre las que existen registros.

El veganismo tiene, pues, una raíz ética. Y por tanto va mucho más allá de la alimentación: los veganos no comen productos de origen animal, pero también rechazan el uso de pieles y los cosméticos testados en animales, así como los espectáculos que, como los zoológicos o la tauromaquia, los utilizan para la diversión. La premisa es sencilla: los animales no están ahí para aprovecharse de ellos. Y no hace falta amarlos, sino respetarlos.

“Nunca me gustaron especialmente los animales”, reconoce Javi, vegano desde hace más de una década. “No soy de esos que se paran a acariciar a los perros por la calle, ni que alimenta a los gatos callejeros o a las palomas. Y aun así, no quiero participar en su sufrimiento, del mismo modo que no participaría en el de ninguna persona. Es una cuestión de justicia y respeto, no de amor”.

Liberación animal

Tras varios años como vegetariana, Raquel dio el paso al veganismo hace tres años. “Me hace gracia que la gente lo asocie a la alimentación y a la salud”, cuenta. “La gente me pregunta cómo es posible que no haya adelgazado desde que soy vegana. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Puedes inflarte a patatas fritas y macarrones, puedes beber refrescos y cerveza a todas horas y ponerte como una foca, todo ello sin dejar de ser vegana. Para mí este es un movimiento que lucha por la liberación animal, no por lucir mejor tipo”, sentencia.

Javi puntualiza: “es verdad que, por lo general, uno tiende a alimentarse mejor si es vegano: de entrada, te quitas toda una serie de guarrerías que, como la bollería industrial, incorporan ingredientes de origen animal. Pero cada vez son más los productos precocinados 100% vegetales, que no son precisamente sanos. Una alimentación vegetariana estricta, como cualquier otra, debe estar bien planificada. Eso sí: una vez cambias el chip, es mucho más sencillo hacerlo de lo que la gente pinsa”.

Más allá de la alimentación, hay quien se plantear reducir el consumo de carne por una cuestión de respeto al medio ambiente. Los datos están ahí: la ganadería es responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, derrocha más cantidad de agua potable que ninguna otra actividad y provocar la mayor deforestación del planeta. “Alimentarse de manera 100% vegetal es infinitamente más sostenible, pero en mi caso no fue determinante para dar el paso al veganismo”, explica Raquel.

Ecologismo versus mataderos

Y es que, pese al componente medioambiental, el planteamiento del veganismo choca a menudo con el ecologismo. “Me hacen gracia los ecologistas que dicen que hay que reducir el consumo de carne. Como si matar menos fuera menos malo”, ironiza Raquel. “Como si los animales procedentes de ganadería ecológica no terminasen en el mismo matadero. A los ecologistas les interesa el ecosistema, no el derecho a vivir de quienes viven en ellos”, asevera.

Así pues, quizá convendría empezar a hablar de vegetarianismo, o a lo sumo de vegetarianismo estricto, cuando nos referimos a la manera de alimentarse de los veganos. “El veganismo es una postura política y una forma de lucha contra una opresión, no una manera de comer o consumir”, recuerda Javi. “De hecho, no es casual que cada vez más empresas quieran asociar su marca al veganismo. Ya se sabe: vivimos en un sistema especialista en coger cualquier movimiento que ponga en cuestión sus pilares para después devolvértelo empaquetado, vacío de contenido y listo para ser consumido”.