Dicen que quien evita la tentación evita el peligro. Yo creo que quien evita la tentación evita las emociones y se niega, quizá sin saberlo, una parte importante de lo que ofrece la vida.

Porque la tentación es lo prohibido junto a la dirección de dirección obligatoria, lo que no se debe pero se desea, lo que se supone camino directo al pecado compartiendo entrada con el paraíso, el no en la cabeza y el sí en el corazón.

Hay tentaciones para entrar a lo grande y con paso firme sabiendo que puede que no sea lo correcto pero sí lo necesario; eso que, posiblemente, solo nos ocurra una vez en la vida. Lo que se disfruta en secreto y puede hacer que nos sorprendamos a nosotros mismos, que descubramos esa parte propia que no conocíamos, que entendamos que hay que atreverse a hacer algo más que respirar y pasar el tiempo para sentirse vivo.

Tentaciones que han de terminar en ese pecado que provocará una sonrisa cada vez que lo recordemos, que formará parte de esos momentos en los que hemos sido de verdad nosotros; esos en los que ha quedado fuera el resto del mundo, los prejuicios y los miedos.

Al final, la tentación no es más que una válvula de escape o una salida de emergencia del camino marcado, ese que casi nunca nos lleva a lugares emocionantes, o de lo políticamente correcto, de vivir por inercia. Es un regalo en forma de experiencia o persona que, en caso de caer en ella, nos hará ver nuestra vida y a nosotros mismos de otra forma, incluso nos abrirá los ojos a otras emociones y otra forma de vivir.

Podemos caer en la tentación, pecar y tener que arrepentirnos o caer, pecar y entender que nuestra vida no estaba siendo la que de verdad nos lleva a ser felices o, al menos, algo parecido. Y no iremos al infierno sino que puede que esa tentación nos saque de ese pequeño infierno que podríamos estar viviendo sin saberlo.

Detrás de una gran tentación hay un gran pecado pero el auténtico pecado es no caer en la tentación.