SU ÚLTIMO CÓMIC, ‘THE BLACK HOLES’, HECHIZA AL LECTOR

SU ÚLTIMO CÓMIC, ‘THE BLACK HOLES’, HECHIZA AL LECTOR

Cuando el punk conecta con el siglo XIX: hablamos con Borja González

Hay cómics capaces de causar un gran impacto a primera vista y otros que, además, permanecen en la memoria de quien los ha leído como un hechizo que dura días, semanas, cómics que suponen una experiencia eternamente recomendable.

Borja González
Borja González | Cedida

ELISA VICTORIA | Madrid | 16/10/2018

Es lo que Borja González ha conseguido con su última obra The Black Holes, que viene hasta arriba de belleza, misterio, ternura, punk y un buen puñado de preciosos hilos sueltos que se te quedan colgando de la nuca. Sobre misterio, punk, postres o videojuegos hemos hablado con el autor extremeño.

Borja González nació en Badajoz en 1982 y lleva años desplegando un imaginario propio, honesto y fascinante a través de fanzines, ilustraciones e historias breves como ‘La Reina Orquídea’, cómic que irrumpió en 2016 quitando el aliento con sus viñetas amplias, sus paisajes nocturnos y una paleta de color adictiva. En ‘The Black Holes’, su obra más larga y compleja hasta la fecha, el autor ha continuado indagando en la estética y escenarios que le atraen desde la infancia y ha profundizado como nunca en sus paisajes.

Este imaginario compuesto por bosques nocturnos, vestiduras de siglos pasados e instrumentos musicales ha inundado su trabajo en mayor o menor medida desde siempre: “La imagen del lago escondido en el bosque, los vestidos de época, los castillos abandonados... todo eso viene de mi infancia, pero a estas alturas me cuesta identificar un origen claro. Sé que la versión de Cocteau de ‘La Bella y la Bestia’ me impactó muchísimo de niño, y que me gustaba leer los cuentos clásicos de los Grimm o Perrault. También guardo varios cuentos realizados por mí cuando era muy pequeño, en los que estos elementos ya estaban presentes. Pero a día de hoy me interesa más la nostalgia por esa fascinación infantil que la imagen en sí, de ahí que poco a poco esté mutando en otra cosa distinta. Así que ya no busco tanto la reproducción de un recuerdo concreto como la sensación que me producía el mismo. Además, con los años se adhieren conceptos nuevos, por lo que la distorsión es aún mayor.”

En su obra se aprecia cierta obsesión por reproducir una estética muy concreta y podría decirse que con ‘The Black Holes’ parece culminar esa búsqueda pero, ¿está satisfecho el autor a estas alturas? “Estoy satisfecho con el camino recorrido, pero tengo muy claro que no puedo dejarlo ahí. Hay mucho hilo del que tirar. En ‘La Reina Orquídea’ y ‘The Black Holes, por ejemplo, he introducido elementos actuales que reinterpretan ese imaginario y he disfrutado mucho con ello. Me parece que sentir nostalgia por algo que ni siquiera sabes si soñaste o viste en una película es muy bonito y, en cierto modo, muy triste.”

The Black Holes | Cedida

Nos encontramos con una fantástica colección de trabajadísimos escenarios y personajes descendientes de una línea clara propia de Moebius, tan precisa como ligera, y de un entintado que bebe de Mignola, pero siempre en un registro muy delicado y personal. El caso es que estos elementos se disponen a su vez en la página de una forma particular, heredera de los videojuegos bidimensionales donde los personajes sólo pueden moverse en dos direcciones.

“Soy muy fan de la saga ‘Castlevania’ y, aunque es una costumbre que he ido perdiendo, juego casi anualmente a algunos de sus títulos, como ‘Symphony of the Night’. Puede sonar estúpido, pero una de las cosas que más me gusta de estos juegos es que recorres un castillo enorme con un personaje muy pequeñito del que apenas sabes nada. Manejas a Alucard y ahí estás, buscando a tu padre para darle de hostias porque, bueno, es Drácula. Y pese a la simpleza argumental y conceptual, o tal vez gracias a ella, disfrutas recorriendo oscuras bibliotecas, grandes salones llenos de fantasmas, jardines laberínticos...".

"Creo que lo que me gusta tanto de estos videojuegos es precisamente eso: aunque interpretas a un personaje predefinido, te dejan el espacio suficiente como para sentir que eres tú quien está ahí explorando ese enorme castillo. Puedes prescindir de la historia y sigue funcionando gracias a su ritmo y su atmósfera. Me encanta la idea de que el escenario que recorres esté lleno de misterios pero te corresponda a ti prestarles atención o no, algo que los juegos de Hidetaka Miyazaki están están haciendo de maravilla. Y luego está la bidimensionalidad, la situación del personaje en el escenario... Todo eso supuso una gran influencia para mí.”

Otras influencias, como la de la literatura o el cine, palpitan con fuerza al sostener el libro en las manos: “En la literatura he tenido dos referentes muy fuertes durante los últimos años: Thomas Pynchon y Arthur Machen. De Pynchon me impactó la manera de tender cuerdas entre distintas décadas, poniendo el ojo en los grandes cambios sociales y culturales, con el objetivo de tejer un mapa emocional. Me sorprende que se diga de él que es frío con sus personajes, la verdad. Y de Machen solo puedo decir que podría vivir dentro de ‘Un fragmento de vida’. Todo lo que quiero hacer en los cómics está en ese libro”.

La conjunción de todas estas referencias junto a un sistema de elaboración abierto han dado lugar a una obra llena de encanto cuya belleza a veces corta la respiración hasta el punto de necesitar parar la lectura unos minutos para asimilar la dosis de magia inyectada en el cuerpo. Da la sensación de detrás se esconde un proceso muy gratificante, pero la exigencia del autor a menudo se interpone en este camino.

“Cuando terminas un trabajo solo tienes ojos para los errores, piensas en las cosas que no fuiste capaz de hacer... Entiendo que es normal y que le pasa a todo el mundo, pero la verdad es que dificulta un poco el apreciar lo que sí hiciste bien. Con ‘The Black Holes’ no podía dejar de pensar en que el color no funcionaba, que el ritmo era demasiado rápido, que abrir tantas puertas y no cerrar ninguna era una cagada... Es que yo tampoco tengo mucha formación y voy muy perdido para según qué cosas y claro, te dejas llevar por el instinto y si durante el proceso tienes dudas, pues imagina al terminar. Pero claro, luego ves que hay gente a la que le gusta, que conecta a la primera con el cómic, y lo que quieres es ponerte con el siguiente para hacerlo mucho mejor”.

Borja recuerda una sensación de arrebatamiento mayor a la hora de realizar su obra anterior (otra maravilla, por cierto), pero reconoce la conexión entre la falta de un guion cerrado y el halo enigmático y magnético que desprende la última.

“Lo que comentas sobre el arrebatamiento me pasó más con ‘La Reina Orquídea’ que con ‘The Black Holes’. Han sido cerca de dos años con el cómic y en ocasiones llegué a perder el hilo durante semanas o meses. Lo que pasa es que trabajar sin guion te obliga a entrar en el cómic, lo quieras o no. Como no hay un camino marcado, no te puedes relajar, no puedes poner el piloto automático. Trabajar sin guion supone ceñirte a lo que sientes en el momento exacto de escribir y dibujar, hasta el punto de que puedes dar forma a una escena o un diálogo que no comprendes hasta pasado un tiempo. Y tienes que ser fiel a eso. Por supuesto, tiene sus riesgos: si pierdes ese contacto emocional, la obra entera se te escapa de las manos.” A la vista está que eso no ha ocurrido.

Pero adentrémonos un poco más en la magia. Una característica de los diferentes trabajos de Borja es la creación de personajes sin rostro cuyos nombres adquieren mucha presencia. Parecen comportarse como hechizos y algunos, como Teresa o Laura, se repiten. Por si no tuviéramos ya bastante con lagos encantados que se comunican con otras épocas, encontramos en este detalle un túnel que establece conexiones entre sus propias obras.

“Si te fijas, ninguno de mis personajes tiene pasado o futuro, solo viven en el tiempo y el espacio que les permite el cómic en cuestión. Más que personajes, son estados de ánimo, recipientes emocionales lo suficientemente esquemáticos como para que el lector pueda llenar los huecos con su propio bagaje sentimental. Así que cuando repito un nombre de un cómic a otro, lo que intento es dar pistas sobre ese personaje. Por ejemplo, Teresa es vitalidad, pero también melancolía y ensoñación, algo que puede afectar a las personas que tiene a su alrededor, como ocurría en ‘Teresa’, ‘La Reina Orquídea’ o ‘The Black Holes’.”

Uno de los elementos más encantadores del cómic es arquitectónico: se trata de una heladería junto a un lago que no cierra jamás y con la que un gato atigrado tiene mucho que ver. Tal vez sea la verosimilitud a medias de la imagen lo que la haga capaz de conmover hasta el límite de la lagrimita, ¿por qué no habríamos de encontrar nunca una heladería abierta las veinticuatro horas junto a un lago, incluso si el lago no es mágico?

¿Y por qué no habría de haber un gato amigable siempre rondando alrededor? A estas alturas del cómic dan ganas de cerrarlo unos instantes, sencillamente es demasiado bonito. ¿Le gusta mucho a Borja el helado? ¿Y los gatos? “El helado me gusta más que los pasteles, pero menos que el chocolate. Casi todo me gusta menos que el chocolate.

Y gatos tengo dos, Sprocket y Olaf, y están locos. Siempre están tramando algo y no se les ocurre nada bueno nunca. En el caso de Olaf, creo que lo olvida todo de un día para otro, como los peces, y hay que empezar la relación desde cero cada mañana.”

El autor no cuenta con un paraje similar al del cómic al que recurrir, cosa que sería estupenda, pero tiene sus recursos: “Me encantaría poder descansar en un lugar así, tener un vínculo con un lugar concreto de la realidad que te recuerde lo pequeño que eres. Un lugar al que no le afecte todo ese ruido y al que yo me sintiera atado. ‘Un fragmento de vida’, el libro de Machen que comentaba antes, habla un poco de eso. Pero esa sensación que no tengo con los espacios físicos, sí que me la dan ciertos libros, cómics o películas. Es raro y definitorio que una obra de ficción, un objeto o un recuerdo sea «ese lugar» que te conecta de nuevo con un tiempo concreto, pero en mi caso es así.”

Algo común entre los personajes de ‘The Black Holes’ es que no se identifican con la época en la que les ha tocado vivir, tal vez por eso, porque hacen referencia a cierto drama, los portales temporales que se abren adquieren un carácter tan gótico. ¿Experimenta Borja una sensación parecida? “Soy una persona muy tranquila y hoy las cosas van a toda hostia. Es todo muy intenso durante diez minutos. Y lo que pasa es que al final desconectas por puro agotamiento mental. Con todo ese ruido es fácil perder el hilo, creo. Y cuando llegas a ese punto, miras atrás y te parece que todo era más sencillo. Lo que pasa es que es imposible saber si realmente lo era o solo estás sufriendo un ataque de nostalgia.”

Esa mezcla de nostalgia y elementos de varias épocas está presente en cada página, donde podemos encontrar vías temporales que hacen que personajes del siglo XIX se crucen con la realidad de un grupo de chicas que viven en 2016 y tratan de montar una banda punk. El punk como actitud vital rompedora de reglamentos absurdos aparece aquí para acompañar un trabajo tierno y virtuoso pero también desgarrado.

“Entiendo el punk como la creación, por pura fuerza bruta, de una realidad nueva que te pertenezca y que esté basada en tus propias reglas. Y eso no es algo exclusivo de la música o de una década concreta. Por ejemplo, ahora estoy empezando el manga ‘La balada del viento y los árboles’ de Keiko Takemiya, y la autora entraría fácilmente en esa definición. Pero aunque en ‘The Black Holes’ se hable de punk, la verdad es que no soy ningún experto en el tema y lo mismo estoy diciendo una estupidez”.

La honestidad y la humildad son dos virtudes que han acompañado al autor a lo largo de toda su trayectoria, y de todas formas, ¿hay algo más punk que abordar el punk confesando que se sabe poco de punk?

Tras estar al mando durante unos años, junto a Mayte Alvarado y Rui Díaz, de la suculenta editorial El verano del cohete, Borja González ha continuado con su labor editorial sin abandonar el riquísimo campo del fanzine y la ilustración independientes con Spiderland/Snake. Sus próximos planes contemplan montones de ramificaciones.

“Estoy reuniendo tiempo y fuerzas para empezar a dibujar el siguiente libro, que ya tiene forma y título. Me hubiera gustado arrancar en septiembre, pero fue imposible. Por ahora no puedo decir mucho, tan solo que es una historia de amor en un lugar extraño. También estoy haciendo una serie para Spiderland/Snake, que publicaremos por capítulos. Pero quiero tener el material suficiente antes de arrancar para no quedarme colgado. Es una historia de fantasmas en un hotel abandonado”.

Hemos tratado por todos los medios de no caer en grandes spoilers a lo largo de toda la conversación, pero resuene para terminar un mensaje crucial que desprenden las páginas de ‘The Black Holes’ más allá de la belleza, el humor, la ternura y el enigma: censurar el interés de niños y jóvenes hacia los temas escabrosos que naturalmente les atraen nunca es el camino.

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