¿Cómo soporta un no-futbolero esta sociedad futbolcéntrica?

¿Cómo soporta un no-futbolero esta sociedad futbolcéntrica?

Cómo sobrevive alguien que odia el fútbol a la sobredosis de partidos de miércoles a domingo

Vivimos en una sociedad ‘futbolcéntrica’ donde los no-futboleros tenemos que acostumbrarnos a lidiar de continuo con la ubicua presencia del deporte rey en los bares, en las calles, en los medios de comunicación. Al final tenemos que resignarnos a convivir con una industria que, además, no es un ejemplo a seguir.

Piqué, con la Selección
Piqué, con la Selección | Getty Images

SERGIO C. FANJUL | @txepeligro | Madrid | 08/02/2018

Desde niño el fútbol ha sido un extraño zumbido verde que me ha acompañado allá donde he ido, como a todos los que vivimos en una sociedad futbolcéntrica.

La diferencia entre esa sociedad secreta que somos los no-futboleros y los futboleros de pro (visibles y dominantes) es que donde nosotros percibimos ese zumbido verde ellos ven un espectáculo, un divertimento, una pasión, unos colores, hasta un motivo para vivir.

Ser no-futbolero es como vivir en una fiesta a la que no te han invitado y de la que todo el mundo está disfrutando de lo lindo mientras tú no entiendes nada: estás offside, fuera de juego.

No recuerdo la primera vez que el fútbol se presentó ante mí, pero sí recuerdo ir a bares y restaurantes en mi infancia y empezar a acostumbrarme a ese run-rún futbolístico que salía del televisor, a la mirada perdida de mi padre en la pantalla donde se movían los muñecos pasándose el balón. Cuando el esférico entraba entre los tres palos sucedía el orgasmo del gol, que supongo que es el truco por el cual uno se engancha a esto. Pero yo no sentía nada.

Hubo etapas de mi vida en la que me angustió la idea de tener que convivir con algo tan invasivo y omnipresente como el fútbol, algo que siempre iba a estar ahí sin yo haberlo elegido, algo que parecía tan inherente a la existencia como el sol, como el viento, como, ahora, el Facebook.

Hoy ya lo he normalizado, y tomo ese ruido como algo natural en un bar, como el sonido de las conversaciones, la cafetera o la tragaperras al que no presto atención.

He aprendido, también, a cambiar automáticamente de canal cuando llega el momento de la sobredimensionada información deportiva, a decir que no cuando pido la prensa en una barra y me traen la prensa deportiva, a no cabrearme cuando, en los fines de semana, todas las emisoras de radio están secuestradas por lo balompédico.

Tanto lo he invisibilizado que no veo el estadio Santiago Bernabéu cuando paso por aquellas calles madrileñas (y mira que es grande), y siempre me acabo dando un cabezazo contras sus muros.

Lo cierto es que me gustaría que me gustase el fútbol para disfrutar más de la vida, igual que me gustaría ser religioso para tener esperanza en la vida después de la muerte. Pero, no sé por qué razón, nunca le cogí gusto al fútbol (a cambio soy bastante bueno al futbolín, esa representación amable y popular de lo futbolístico).

De niño era de los que no jugaban al fútbol, no sé si alguna vez jugué en un partido, lo que es seguro es que nunca en mi vida he metido un gol (y probablemente me moriré cargando esa condena). Alguna vez coleccioné cromos de fútbol de la marca Panini, pero como el tema no me interesaba demasiado nunca llegué tampoco a ser un gran coleccionista.

Entonces, en los 80, los futbolistas tenían bigote, melenas rizosas y pantalones muy ajustados, se parecían más a los miembros de la banda de rock Los Suaves que a Los Caballeros del Zodíaco, como ahora.

En la adolescencia, recuerdo, intenté que me gustase el fútbol, así que me compré cinco días seguidos el Marca, a ver si a través de la lectura le cogía el truco. Recuerdo que uno de los titulares de portada, que se me quedó grabado, decía: “Dubo lleva veneno”, por el futbolista eslovaco Peter Dubosky, que había hecho no sé qué (que yo no entendía) y que murió poco después, en el año 2000, con solo 28 años, en un accidente durante unas vacaciones en unas cataratas de Tailandia.

Recuerdo también, de mi adolescencia, la rivalidad futbolística que había entre Oviedo, donde me crié, y la vecina Gijón. Creo que ambos equipos estaban en primera división, y sucedían peleas, vendettas, correrías, violencia gratuita entre la juventud de ambas aficiones y algunos días, los de partido, daba miedo caminar la calle.

La revista Super Hincha, dedicada al hooliganismo patrio, corría de mano en mano, aunque decía estar en contra de la violencia y la mezcla de deporte y política.

¿Qué le parece el fútbol a un no-futbolero?

Hubo un tiempo en que criticar el fútbol, los realitys shows televisivos o el arte mainstream era lo que se esperaba de una persona culta y progresista. Hoy hay que tener cuidado con esto, porque las tornas han girado y te pueden acusar de snob y de clasista.

En realidad, no veo nada de especialmente “popular” en el Real Madrid C.F. o en Operación Triunfo, nada que salga del pueblo para el pueblo, sino más bien un gran negocio para grandes empresas y magnates que se encaraman ocupando el papel de lo popular y extrayendo grandes beneficios.

No es cultura popular, es un producto de consumo pensado para obtener la máxima rentabilidad sin ninguna participación del que consume.

Hace una temporada viajé hasta Gijón para entrevistar a los artífices del Unión Club Ceares, de Tercera División, que me pareció que tenían unas ideas interesantes y sanas con respecto a este deporte: al llegar a su campo lee una gran pintada que reza: “Against modern football”.

A esta gente lo que le gusta es el fútbol de base y no ese gran espectáculo a base de superestrellas millonarias y en el que suele ganar el que tenga un presupuesto más grande. Se inspiran en el estilo británico tradicional, en los partidos pinchan Northern Soul y muchos tienen vespas, llevan parkas y flequillos, o aspecto skinhead (de los skinheads “buenos”).

Todo es autogestionado, se preocupan por el barrio donde operan y hasta el escritor británico Irvine Welsh, autor de Trainspotting, es socio.

Por lo demás, a día de hoy, la industria futbolística no es demasiado ejemplar, y empiezan a surgir personas y colectivos que se preocupan por la ética en el fútbol, algo abandonada: casos de corrupción, paraísos fiscales, problemas con hacienda, violencia en los estadios (y lo que es peor, violencia en las divisiones de base en las que se inician los chavales, sobre todo entre los padres), partidos amañados, niños futbolistas traídos de países en vías de desarrollo que acaban como juguetes rotos, etc.

A mí lo que más me molesta es viajar a países como Senegal o Bolivia y ver a mucha de la juventud paupérrima que hay en esos países vistiendo camisetas de Messi o Cristiano Ronaldo.

Es como si les vendiésemos todo lo que produce el Primer Mundo (la línea telefónica, la conexión a Internet, el fútbol) sin ofrecer ninguna de sus ventajas. Entonces vienen y te preguntan: “¿Español? ¿Eres del Madrid o del Barça?”. Y entonces tú tienes que responder, una vez más, probablemente la primera de unas cuantas miles que aún te quedan: “No, es que yo no soy futbolero”.

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