Mala idea

Mala idea

Volví a casa en autobús a las 2 de la mañana en Los Ángeles y esto fue lo que pasó

Fue poner un pie dentro y darme cuenta de que no había sido la mejor de mis decisiones hasta la fecha. Un montón de ‘homeless’ hacinados al fondo del bus dormían y discutían entre ellos a partes iguales.

MARÍA JIMÉNEZ
  Madrid | 07/05/2019
Parada de autobús
Parada de autobús | Pexels

Soy de las pocas personas que defienden el uso del transporte público en Los Ángeles. Lo sé, lo sé, suena rarísimo. Todo el mundo sabe que esta ciudad es para desplazarse en coche, Uber o patinete eléctrico (siempre y cuando haya aceras, claro está).

Sin embargo, desde el primer día que llegué, yo me he movido con toda la facilidad del mundo gracias a mi abono de transporte público de estudiante (72 dólares el trimestre) y siguiendo una norma bastante básica: nunca utilizarlo de noche.

Fácil de recordar, ¿verdad? Ajá. No tanto cuando estás volviendo de fiesta, el dinero escasea y sientes que dominas una ciudad que, para vuestra información, es salvajemente agresiva.

Me encontraba en West Hollywood (el barrio gay de LA y epicentro de la vida nocturna de la ciudad) con unos amigos. Eran las dos de la mañana y los bares ya estaban cerrando. Miré cuánto iba a costarme volver a casa en Uber y el precio rondaba los 15 dólares. “Joder”, exclame. La verdad es que después de haber pagado 30 dólares (más propina) por 3 cervezas (poca broma con esto), no podía creer que tuviese que terminar la noche con otro gasto que me haría estar comiendo arroz y pasta lo que quedaba de mes.

Fue entonces cuando vi pasar un autobús. “Uy, pero si es sábado, no me acordaba que pasan los nocturnos”, dije esperanzada. Corrí a buscar en mi bolso mi abono transporte y allí estaba. Listo para ser usado. “María, cógete un Uber y no hagas locuras”, me dijo Roberto.

En otras circunstancias le hubiese hecho caso. En serio. Pero esta vez mis ansias ahorradoras y el hecho de demostrarme a mí misma que yo controlo Los Ángeles (y no a la inversa), me hicieron elegir un camino bastante arriesgado. “Es solo media hora. Además, vamos por Santa Mónica Boulevard y una vez pasemos Beverly Hills llegaré a casa”, les dije a mis colegas mientras le daba el alto al bus.

Con estas palabras intentaba convencerme a mí misma de que nada malo iba a ocurrir porque el trayecto seguía una ruta a través de las zonas más ricas de la ciudad. Resumiendo, el bus tenía que salir de West Hollywood, atravesar Beverly Hills y llegar hasta Westwood, zona universitaria en la que vivo yo. Vaya, que son todas áreas ‘seguras’. Y lo entrecomillo porque en Los Ángeles, por la noche, no hay nada ‘seguro’.

La conductora del autobús me abrió las puertas sin ni siquiera mirarme. Le di las buenas noches y cuando giré la cabeza para buscar un asiento, me di cuenta de que había tenido una malísima idea. Al fondo del autobús, unos diez ‘homeless’ dormían hacinados los unos junto a los otros junto a sus pertenencias. Bolsas de basura, cartones y hasta un carrito de la compra parecían hacer de barrera entre sus ‘camas’ y los asientos del resto de pasajeros. Me concentré en buscar un sitio en la parte delantera del bus, la cual estaba repleta de latinos.

“Menos mal, por lo menos entiendo lo que dicen”, pensé tratando de agarrarme a un clavo ardiendo. Todos ellos iban a o venían de trabajar. Todos hablando como si se conocieran de toda la vida. Supongo que es algo lógico cuando coges el mismo autobús todas las noches a la misma hora para ir al mismo sitio.

Lo que más me impactó es que permanecían totalmente ajenos a lo que estaba sucediendo al fondo del bus. No solo ellos, la conductora no parecía estar preocupada ni lo más mínimo. Yo me sentía totalmente fuera de lugar porque parecía ser la única a la que le impactaba ver algo así. Exacto. La gente se acostumbra a lo que ve día tras día. Sin embargo, para mí era la primera vez.

También me sorprendió el hecho de que nadie me miraba como si yo no debiera estar allí. Algo que, aunque no lo creáis, me alivió bastante. Hasta que comencé a escuchar gritos.

Miré hacia atrás y vi a dos ‘homeless’ que estaban discutiendo. Solo entendí dos cosas “Dios nos salve a todos” y “tú mereces morir”. Genial. Es todo lo que una quiere oír en un bus que nunca debería haber cogido. Estuvieron así como unos cinco minutos (a mí me pareció una hora) hasta que la conductora, sin dejar de mirar a la carretera, les ordenó que se callasen y durmiesen.

Ellos obedecieron sin rechistas. No es broma. Aquí los conductores son la ley. A plena luz del día, he asistido a varias situaciones en las que estos ‘héroes del volante’ han llegado a expulsar a gente del bus porque no les han dado los buenos días al subir. Ojito con esto.

Quedaban diez minutos para llegar a mi destino cuando una señora se sentó a mi lado. De origen latino, unos sesenta y tantos años y vestida con un uniforme de criada, se había subido en una de las paradas de Beverly Hills. Me juego lo que queráis a que volvía de trabajar en alguna de las fiestas que tienen lugar en las exclusivas mansiones de este adinerado barrio. Me sonrió y tomó asiento.

“Where are you going?”, me dijo con un claro acento mexicano. “A casa”, le contesté. Con cara de quien acaba de encontrar un corderillo en medio de la carretera me dijo: “No lo vuelvas a hacer. Dentro del autobús estás segura, pero si bajas y alguien te sigue… En esta ciudad nadie camina, y menos de noche”. Genial. Ahora resultaba que tenía que quedarme a pasar la noche allí dentro (léase en modo ironía, por favor).

En ese preciso momento me acordé de mi madre. “No escatimes ni en comida ni en transporte. Que si te tenemos que mandar dinero te lo mandamos”, recuerdo que me dijo la última vez que hablamos y le conté lo caro que era todo aquí. Ains, ¿por qué nunca les haremos caso a nuestras madres? Mi parada se acercaba y mis pulsaciones comenzaron a dispararse.

Recé para que nadie más bajase del bus al mismo tiempo que yo. Bingo. Las puertas se abrieron, puse un pie en la acera y el autobús siguió su camino. Miré a un lado, a otro y nada. Allí estaba yo. En la intersección entre Santa Mónica Boulevard y Westwood. Sola. Con dos gasolineras y un lavadero de coches como fondo. Esperé a que el semáforo se pusiese en verde y salí corriendo. Tres minutos me separaban de estar ‘a salvo’.

Una vez en casa, analicé lo ocurrido. ¿Mi conclusión? Los autobuses nocturnos en Los Ángeles son refugios móviles para indigentes que cuentan con el visto bueno de las autoridades. De hecho, dudo mucho que ninguno de los allí presentes quisiera hacer daño alguno a otras personas. Sin embargo, a Dios pongo por testigo que mis pies no se volverán a subir a un autobús al anochecer.

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