SANTA CLAUS

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Santa Claus contra satanás: la lisérgica película navideña mexicana que hay que ver para creer

‘Santa Claus’ es la película sobre el célebre icono de la Navidad más extraña que existe. El tiempo la ha dejado relegada al olvido para el público general, pero en las entrañas del culto, entre los adictos a las rarezas ineptas y los filmes ignotos más increíbles aparece en estas fechas como película navideña imprescindible.

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Santa Claus | Agencias

JORGE LOSER | @loserjorge | Madrid | 28/12/2018

Para los gourmets del cine de serie Z más divertido y desprejuiciado la película zarrapastrosa clásica para unas Navidades beodas es ‘Santa Claus Conquers the Martians’ de 1964, en la que Papá Noel era secuestrado por los marcianos para que repartiera regalos en Navidad para todos los niños del planeta rojo. Sin embargo, su equivalente mexicano es anterior.

Fue dirigida en 1959 por el incombustible René Cardona, que además de realizar numerosas películas durante la época de oro del cine mexicano es uno de los máximos exponentes de la serie B en su país, director de varias películas de bajo presupuesto pero muy entretenidas, entre ellas muchas entregas de cintas en las que luchadores de wrestling justicieros como El Santo, el mítico enmascarado de plata, se enfrentaban a todo tipo de monstruos. Producida en México (allí es un clásico infantil sin coartadas) la película fue adquirida por el americano K. Gordon Murray, el llamado "rey de las sesiones matinales", que hizo su negocio a base de reeditar y doblar películas de niños extranjeros al inglés y entregarlas al público estadounidense que llevaba a los niños al cine los sábados por la mañana.

 

El argumento de su película no empieza de forma muy distinta a otras sobre el mito que hemos visto en muchas producciones americanas. Ya de por sí, muchos intentos de plasmarlo en la pantalla grande son inevitablemente extraños. Cuando no aparece como un personaje secundario en la historia de la redención de otra persona los guionistas tienen que inventar una historia de origen, colocarlo en un contexto totalmente inesperado o hacerlo completamente inexplicable.

Aquí, Papá Noel vive en un castillo mágico sobre el Polo Norte, en una especie de satélite sobre una órbita polar geoestacionaria y desde su punto de vista en las alturas, usa una variedad de dispositivos de espionaje para controlar a los niños del mundo. Hasta aquí todo bien, pero el tejido de la cordura empieza a rasgarse poco a poco cuando vemos que esos instrumentos son una mezcla perturbadora de elementos mecánicos y orgánicos. Hay un enorme globo ocular enganchado a un acordeón para ver a los niños, una oreja para espiarles e incluso unos labios gigantes que resultan, como poco, algo siniestros. Conocemos las tácticas neoliberales de Santa cuando vemos que en vez de elfos tiene una cuadrilla de niños esclavos a los que arenga para trabajar con mensajes de inspiración como que la Navidad depende de ellos.

No sabemos muy bien de dónde salen, pero por una conversación que tiene con un niño, lleva a la idea de que Papá Noel se los llevó de la Tierra cuando eran muy pequeños, lo que le convertiría en un secuestrador como el hombre del saco además de un explotador infantil. Papá Noel hace sus rondas con sus confiados renos voladores, que resultan ser terribles autómatas de plásticos. El antagonista de la película es un demonio de orejas enormes y tiene la tarea de arruinar la Navidad de parte de Lucifer.

Pasa la mayor parte de su tiempo tratando de convencer a los niños de hacer cosas malas, como tirar piedras a través de las ventanas a las horribles construcciones mecánicas de Papá Noel. Su misión ocupa gran parte de la película, mientras la parte del San Nicolás tiene rasgos más de empresario que trata de sacar su proyecto a flote, aunque, eso sí, cuenta con la ayuda de Merlín el mago, pero no hay mucha explicación de por qué el consejero medieval del rey Arturo ha llegado a hacer buenas migas con Santa, aunque sospecho que el nexo de unión es la barba blanca. Traigan también a Dumbledore.

 

La trama secundaria deja claro que el mito de Papá Noel no es la fuerza cultural dominante de las fiestas en México y presenta su relato a un público más centrado en las celebraciones más tradicionales del nacimiento de Jesús y la Epifanía, mucho más importante desde el punto de vista religioso, que no en el plano de los regalos comercial clásico de Estados Unidos. Un giro local a San Nicolás en el que este acaba invocando el nombre de Jesús para luchar contra el demonio, lo cual incrementa el nivel de locura.

El diseño de su mitología, las extravagantes explicaciones de sus operaciones, los saltos constantes del demonio con brillantina y rojo brillante, es casposo e hilarante, pero también tiene momentos de absoluto “¿Qué está pasando?”, como cuando el diablo se mete en los sueños de una niña llamada Lupita.

 

El momento es una secuencia musical de pesadilla en el que la niña sueña con muñecas de trapo con la que el diablo tienta a la pequeña. Las autómatas gigantes danzan en un escenario surrealista lleno de armarios, y niebla sacada de una película de terror, al son de una versión tremendamente tétrica de ‘Tengo una muñeca vestida de Azul’.

Luego empiezan a hablarle a Lupita para que sea mala, para que haga caso a satán y corromper su alma pura. Mientras, la niña no para de repetir “no quiero ser mala, yo quiero ser buena”. Un sueño febril que de seguro causó más de un trauma a los niños mexicanos de muchas generaciones. Solo un ejemplo de lo esquizofrénico que puede llegar a ser el tono de este colorido disparate que, como no, es adorado por Quentin Tarantino. Una representación bienintencionada de la lucha entre el bien y el mal, tan extraña, horrible y cándida como un villancico puesto al revés o un atracón de turrón y mazapán empapado de LSD.

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