Se llamaba Gloria. Tenía un pequeño despacho en el tercer piso desde el que, como psicóloga, orientaba a los chavales más descarriados o problemáticos del instituto. Era argentina, cumpliendo así con uno más de los muchos clichés que giraban -y siguen girando- en torno a la terapia. Y tenía una paciencia y una labia infinitas.

Ambas cosas eran indispensables para su trabajo. Cuando eres adolescente vives los problemas con una intensidad dramática. Todo es un mundo, o al menos así lo percibía yo: mis primeras relaciones con chicas, la irregularidad de mis estudios, mis escarceos iniciáticos con las drogas, los conflictos en casa o con mis amigos… Pequeñas piedras en una mochila que aún no sabes llevar. Y allí acabé una tarde, a sugerencia de un profesor preocupado por lo irregular de mi rendimiento y lo errático de mi actitud durante el último trimestre.

Gloria fumaba Ducados sin parar. “¿Quieres uno?”, me ofreció con la naturalidad con la que, en aquellos años, se fumaba en cualquier parte, incluso aunque tuvieras 16 años. Acepté encantado, a pesar de que el tabaco negro no era lo mío. Me encendí uno detrás de otro, le conté todas mis dudas existenciales y salí de allí oliendo igual que el cenicero de mi abuelo. Fue pestilente, pero liberador.

Aquella charla con Gloria fue mi primera experiencia en un psicólogo, pero no sería la última. A lo largo de mi vida, y de manera intermitente, le he contado mis tribulaciones a varios desconocidos. Lo hecho, para qué negarlo, arrastrando algo parecido a un tabú: si ibas al psicólogo, algo raro te pasaba en la cabeza. Si estás bien, o crees estarlo, no lo necesitas.

Hoy, y aunque no hemos alcanzado la normalidad con la que en otras latitudes acuden a terapia, cada vez son más los que lo hacen sin tapujos. Y aun así, siguen siendo menos menos de los que deberían: a todo el mundo le vendría bien visitar un psicólogo. Incluso puede que los más reticentes a hacerlo sean, precisamente, a los que más falta les hace. Para muchos, acudir a terapia sigue siendo un signo de debilidad en lugar de lo que en realidad es: una muestra de fortaleza y determinación.

“Empecé a ir a terapia casi a escondidas, como si fuera algo de lo que avergonzarse. En mi casa se llamaba “loqueros” a los psicólogos y mi padre decía que eran unos timadores”, cuenta Mario, de 28 años. “Acababa de salir de una ruptura sentimental muy traumática y estaba completamente perdido. Mis amigos me decían “no te rayes: sal y disfruta de la vida”, pero con eso no era suficiente. Sentía que mi vida había dejado de tener sentido”.

Hoy, la terapia se ha convertido en un pilar fundamental de su vida. “Me ha ayudado a conocerme mejor a mí mismo. A relativizar los problemas y a sentirme más fuerte. Se lo recomendaría a todo el mundo, incluso aunque no estén viviendo una situación particularmente dolorosa”.

A Lucía, de 38 años, le costó algo más dar el paso. “No es fácil llamar a una puerta y presentarte pidiendo ayuda sin tener ninguna referencia”, reflexiona. “Creo que es algo que frena a mucha gente: encontrar un mal profesional es frecuente, y eso puede hacer que tengas una mala experiencia y no vuelvas”. En su caso, acudir a un psicólogo era “una asignatura pendiente” desde hacía años. “Me encontraba mal: llega un punto en el que todo se te hace bola y no encuentras la manera de solucionar las cosas por ti misma”.

El factor económico también juega un papel importante. “Ir al psicólogo es caro: pago 50 euros por sesión, y es lo más barato que he encontrado. Sólo puedo ir dos veces al mes. No entiendo cómo algo tan importante como estar bien contigo misma no esté cubierto por la Seguridad Social, porque repercute en todo”. En opinión de Lucía, “nuestra educación no ha tratado temas como la gestión de la frustración o la inteligencia emocional. La mayor parte de la gente no tiene herramientas para solucionar muchos de los problemas de la vida”.

“Empecé a ir a terapia porque no sabía ponerle límites a mi hija”, cuenta Mónica, de 39 años. “Tuve una educación muy estricta que se tradujo en ese problema al educarla. Puedo decir que ir al psicólogo me ha cambiado la vida, aunque en ocasiones puede ser doloroso. La terapia me ha ayudado a superar otros baches, como un despido traumático o varios abortos. Hoy soy una persona diferente con las cosas mucho más claras”.

“Creo que es muy valioso el análisis que una persona totalmente ajena a ti puede hacer de unos hechos de tu vida, o incluso de tu interpretación de esos hechos”, opina Ramón, de 53 años. “A menudo las interpretaciones que hacemos de las cosas que nos suceden están muy sesgadas por nuestros hábitos mentales, nuestro carácter y nuestras experiencias previas”.

Y es que el mero hecho de contar las cosas hace que las veamos de otra manera. “Un punto de vista diferente puede activar en uno mismo una nueva forma de interpretar y vivir esa realidad. A veces se activa un pequeño resorte en tu interior por una simple pregunta u observación que el o la terapeuta hace en el momento oportuno”, explica Ramón.