Matthew Shepard era, según su padre, "un joven optimista y abierto con un don especial para empatizar con casi todo el mundo. Era una persona cercana que siempre buscaba nuevos retos, con una gran pasión por la igualdad y que siempre apoyó la aceptación de las diferencias de los demás".

Matthew Shepard nació en 1976 en Casper, en Wyoming, fruto del matrimonio entre Dennis y Judy, y fue el hermano mayor de Logan. Desde pequeño sufrió bullying por su delgadez y su baja estatura, pero pronto desarrolló un gran interés hacia los idiomas, el teatro y la política. De hecho, se inscribió en la Universidad de Wyoming, en la ciudad de Laramie, para estudiar ciencias políticas, y además fue miembro estudiantil de un consejo para la protección del medioambiente. Matthew Shepard era, según su amiga Michelle Josue, "una persona amable y de corazón tierno".

Cuando hablamos de víctimas de violencia sistemática o de crímenes de odio, a veces olvidamos que estas personas son algo más que una cifra. Son precisamente eso, personas, que dejan detrás un nombre, una vida, una forma de ser, una huella en el mundo. Son algo más que un número y que un póster para tal o cual causa.

Por eso, queríamos empezar este artículo sobre Matthew Shepard concediéndole a él todo el protagonismo, y no a lo que vino después. Porque Shepard fue brutalmente agredido, torturado y colgado de una valla (no es necesario dar más detalles) en la noche del 6 de octubre de 1998, a las afueras de Laramie. Murió varios días después, el 12 de octubre, en un hospital de Colorado. Si hubiera vivido unas semanas más, habría cumplido 22 años.

Un mediático crimen de odio

Pero Matthew Shepard era homosexual, y por eso lo mataron. A los dos hombres que lo asesinaron, Aaron McKinney y Russell Henderson, los arrestaron poco después, y el juicio se convirtió en un espectáculo que sirvió de pulso entre la homofobia institucionalizada y los defensores de la penalización de los crímenes de odio.

Al parecer, Matthew conocía a sus agresores, y tras coincidir con ellos en el exterior del Fireside, un bar de karaoke conocido por ser gay-friendly, se montó en su coche y marcharon. La defensa de los acusados mantuvo que la disputa que llevó a la agresión era en realidad un ajuste de cuentas por drogas, y que Matthew intentó seducir a McKinney. Lo usaron como atenuante, como si el hecho que un chico quisiera ligar contigo fuera motivo para matarlo.

Aaron McKinney y Russell Henderson fueron condenados por el asesinato de Matthew Shepard, pero no por el crimen de odio, porque entonces las leyes para eso no existían. La novia de McKinney declaró en su momento (aunque luego se retractó) que la homofobia fue la razón por la que lo mataron.

Y un libro que vio la luz más de 15 años después, 'The Book of Matt', del periodista Stephen Jimenez, recogió que Shepard y McKinney mantuvieron relaciones sexuales esporádicas. La publicación de Jimenez generó amplia controversia en 2013, ya que sugería la conexión de Matthew con el tráfico de metanfetaminas en Laramie, y los activistas vieron en ello un intento de deslegitimar el argumento del odio. "Shepard no era el chico de póster perfecto para el movimiento gay", aseguró.

El reflejo de nuestra situación actual

Como demuestra el libro de Jimenez, Matthew Shepard se convirtió en un símbolo que algunos usaron para causas reprobables. Pero se alzó sobre todo como un icono contra la homofobia y la masculinidad tóxica en los Estados Unidos del "no preguntes, no lo cuentes", una máxima que animaba a los gais a mantener su condición sexual en privado.

Su recuerdo también se transformó en objeto de películas, documentales y obras de teatro, pero además en rostro de la lucha por la penalización de los crímenes de odio. El nombre de Matthew Shepard aparece en numerosas propuestas de leyes que fracasaron, desde la Administración de Bill Clinton a finales de los 90 hasta la de Barack Obama. Fue en el mandato de este último, en 2009, donde se aprobó una legislación para proteger al colectivo gay.

La historia de Matthew Shepard, el primer crimen de odio que generó una reacción social sobre la desprotección de la comunidad LGTB+, nos enseña muchas cosas en pleno Orgullo. Por un lado, la concienciación de que el acoso al colectivo sigue estando a la orden del día.

Shepard sufrió bullying, sí, pero también una agresión sexual tres años antes de su muerte, lo que le empujó a la depresión, al intento de suicidio y tal vez al abuso de drogas. Por ello, sus padres crearon una fundación en su nombre. Por otro, la importancia de las leyes que condenan como crímenes de odio aquellos que lo son, un respaldo institucional para las personas LGTB+. Por último, que las víctimas de la violencia sistémica son mucho más que eso. El legado de Matthew Shepard sirvió para hacer un símbolo de la lucha del colectivo gay, pero que su vida nos inspire también para empoderarnos hoy.