Entras en una cafetería y ves que hay mucha gente sola, a su rollo, leyendo o trabajando con el móvil. Algunos conversan con amigos.

Hay muchas variedades de relaciones de “café”, pero en esta cafetería ocurre algo común en todo el país, la gente se saca la cartera del pantalón (será porque les molesta) y la dejan encima de la mesa. En ocasiones, incluso medio abierta.

Desde donde estoy veo que la chica que está sentada en frente tiene la tarjeta del metro y unos cuantos billetes.

Esto que te describo no ocurre en España, sería imposible que en cualquier cafetería de Madrid los parroquianos se sacaran las carteras y las dejaran sobre la mesa, así porque sí.

“¿Estás loco? Te la van a robar”. Tampoco estamos en un pueblo de esa España vaciada en la que todos se conoce y donde no hay miedo a hurtos de esta categoría. No.

Estamos en Nueva York, una ciudad masiva y ajetreada, donde cuando llegas con tu mentalidad de españolito te quedas un poco a cuadros con cómo interpretan el uso del dinero, las formas y el fondo.

No existen monedas de 1 dólar

Mucho de lo que implica la relación con el dinero de los americanos tiene que ver con el hecho de que no existan monedas de 1 dólar, sino billetes.

Eso hace que, en cuanto haces un par de compras leves y cambias un billete de 20, acabes con la cartera a rebosar de billetes de 1 dólar. Los billetes se manipulan como fajos, y eso lo cambia todo.

El dinero se enseña, se airean, se repasa y se hojea. Los billetes nunca están ocultos, son casi como una bandera.

La primera vez que fui consciente de esto fue cuando los hijos de mi amiga me llevaron al cine. Me sentí rarísimo yendo al cine con tres adolescentes americanos de apenas 15 años, porque yo rozo los 40.

Se suponía que yo les tutelaba, pero ellos me llevaban a los macro-cines que se construyeron a escasos metros del World Trade Center, así que realmente ellos me tutelaban a mí.

Cuando fuimos a comprar chuches y palomitas, los tres adolescentes sacaron del bolsillos sus fajazos de billetes, y empezaron a contarlos para pagar sus cuentas. Probablemente, entre los tres no tendrían más de 30 euros (que ya es), pero todo parece más cuando se mide en billetes de 1.

Apenas compraron unos caramelos y refrescos, pero la coreografía para contar el dinero me hipnotizó. No es “rebuscar” monedas en un bolsillo, como hacemos en España.

No.

Es sacar el fajazo de billetes y repasar cuántos tienes, y cuantos pagas, y ponerlos sobre la mesa con orgullo. Mi dinero, mi mercancía.

Otro día. Voy a un bar, el típico bar americano de madera, donde la gente parece que va a beber en soledad y pasar el rato con sus pensamientos. Sobre la barra, la gente prepara dinero para pagar luego. No me preguntes el porqué.

Dejan al lado de su copa un fajo de billetes. Es casi como un elemento decorativo, como cuando dejas el móvil para ir repasando qué hora es o si has recibido un mensaje de última hora. Dinero por doquier.

Dar propina es como firmar el boletín escolar de un niño

Uno de los chips más complicados de cambiar cuando vas a pasar una temporadita en EE UU es el concepto de propina. Es obligatoria.

En la gran mayoría de estados no existe el salario mínimo, por lo que una persona podría estar trabajando 8 horas diarias en la restauración a cambio de casi nada, con la promesa de que las propinas compensarán su esfuerzo. Por eso dejar propina está tan aceptado (y mal visto no dejarla), y se considera incluso obligatorio.

Cuando pagas con tarjeta, lo que hace el sistema del datáfono es “quedarse” con tu número de tarjeta y autorización durante un tiempo, pues después de pagar debes escribir en un recibo cuánta propina darás. En el propio ticket te aconsejan: un 10% si el servicio te ha parecido pasable, un 15% si ha sido bueno y un 20% si ha sido extraordinario.

Con la moral europea (católica fallida) con la que me criaron, a mi me parece obsceno el momento en el que tienes que abrir la libreta y anotar cuanto darás y sumarlo al total. Es como poner las notas a los niños. Se tardan unos instantes en ese proceso, no es dejar la calderilla que te queda en el bolsillo, es realizar una evaluación y firmarla.

Por otro lado, cuando la propina es en cash, repetimos aquello de los billetes. El mecanismo es sacar el fajo y empezar a aflojar “bills” sobre el plato. Me comentaba un amigo que fue a una comida de varios amigos, se gastaron en total 300 dólares, y acabaron dejando entre todos 60 euros de propina (en billetes).

El dinero a la vista significa que el dinero existe

Veo a un guía despedirse de sus clientes, estamos en una zona turística y les da unas últimas indicaciones en voz alta para que no se pierdan y para que saquen todo el provecho posible a su viaje.

Me quedo mirando la carpeta del guía, que lleva poniéndosela en el pecho y casi enseñándoles de forma clara. La misma mano que sujeta la carpeta tiene un fajo de billetes, y es lo que más se ve, porque están de cara a todos.

Lo hace para que los clientes sepan que deben dejarle propina, para que no se les olvide y para que, si han sido educados en sistemas timoratos con el dinero, pierdan esa timidez.

Los clientes van procesionando hacia el guía y le van dando billetes de propina, uno detrás de otro, y el guía los coge como parte del negocio, y los suma a este fajo de dimensiones colosales que se está cocinando en el anverso de su carpeta, a la vista de todos.

El sentimiento de seguridad

No todas las ciudades son igual de seguras. Pero la sensación que tienes en Nueva York es que nadie se metería en jaleos por robarte a ti unos cuantos billetes. Incluso si tu significas 100 euros, robarlos es demasiado engorroso y no parece salir a cuenta.

A raíz de eso, sientes una relajación general enorme, la percepción de que puedes dejar la cartera donde quieras, o ir despreocupado por la calle con la mochila abrible y robable (no sigas mi consejo, por si acaso).

Una de las explicaciones que me dan las personas que viven allí es que se trata de una ciudad (y de un país) tan motivado en la idea de conseguir dinero y en que siempre esté en movimiento, que lo de robar es solo una opción para los rematadamente tontos.

Existen muchas opciones legales más lucrativas, sostenibles, fáciles y eficientes que andar levantando carteras, que luego encima te meterá en líos.

Otro amigo me dijo que en EE UU todo vale dinero y, por tanto, todo da dinero. Nadie hace nada gratis ni se espera que lo haga, y eso es positivo porque hace que todo el sistema funcione, bien engrasado por esos billetes en fajos.

Eso hace que lo primero que sepas ante un posible nuevo empleo es cuanto te pagarán y qué beneficios tendrás, y que cuando alguien se ofrezca a ayudarte con un proyecto, te ponga por delante cuanto espera cobrarte. El dinero es el oxígeno, y está bien visto, porque se considera indispensable.