En muchos sentidos, los temores del horror del folklore son innatos a la psique humana. El temor a lo desconocido, la bondad de los extraños, y las inseguridades de los urbanitas en entornos rurales, alejados pero amigables.

Las películas que se adscriben a la etiqueta ‘Folk Horror’ tratan sobre personas en entornos naturales, recónditos y poco explorados que encuentran a otras que esconden algo. En el terror de lo gregario se esconde el miedo a lo antiguo e inexplicable en un mundo que tenemos controlado gracias al orden y las jerarquías que nos sirven de brújula. Estas son las películas que han forjado el concepto.

Cuando las brujas arden (1968)

 

La primera de las tres pioneras que sustenta al subgénero, quizá la que es más difícil de catalogar en el mismo. El mundo de los cazadores de brujas en la Inglaterra puritana supo aprovechar la superstición de los ignorantes de paranoia arraigada.

El miedo al otro, a un colectivo que no entiendes, es suficiente para caldear el terror en el medio rural, y aquí se define en una falta de elementos sobrenaturales aparentes que llevará el subgénero a su definición clave. Si bien a menudo se hace referencia a poderes superiores, a demonios o incluso al mismo diablo, es raro que aparezcan en su forma monstruosa. Aquí, en realidad, el mal es la pura locura y la histeria del individuo, encarnada en posiciones de poder que se aprovechan del ambiente crédulo.

La garra de satán (1971)

 

Ubicada en una aldea rural en el siglo XVII en Inglaterra, la historia comienza cuando se encuentra un cráneo deformado en un campo, provocando una cadena de eventos escalofriantes. Los jóvenes de la aldea son poseídos por poderes sobrenaturales y muchos le salen extrañas ronchas de pelo en la piel que tendrán que ver con rituales sacrificiales paganos.

Aquí se presentaban ya los elementos básicos del horror popular: un culto religioso, la lucha entre el cristianismo y las prácticas satánicas o pre-cristianas, el uso efectivo de los paisajes naturales, bosques y campos, destacando la conexión entre el paganismo y la naturaleza. En el trasfondo, una respuesta al clima de la época: la contracultura hippie en pleno apogeo, con ideas revolucionarias sobre política y sexualidad y la espiritualidad alternativa. El guionista Robert Wynne-Simmons admitió que la familia Manson fue parte de la inspiración de los adoradores del diablo de la película.

El hombre de mimbre (1973)

 

La película que encabeza los textos sobre cualquier película folk horror esencial. Se han derramado cantidades de tinta sobre por qué es el pináculo del género. Su trama trata sobre un oficial de policía británico que viaja a una isla frente a la costa de Escocia, para investigar la desaparición de un niño local que encuentra una próspera comunidad pagana llena de gente que parece demasiado feliz, siempre sonriendo, casi siempre cantando. Cuando se da cuenta de que le están persiguiendo, ya es demasiado tarde.

Es una película que sabes cómo acaba pero se disfruta todo el camino hacia su clímax icónico. Como la anterior, la película de Robin Hardy es un producto de su época. La contracultura hippie provocó un renovado interés en el neopaganismo y esta obra hizo una sátira de ambos cultos, ridiculizando al puritanismo imperante. Su legado ha perdurado hasta el siglo XXI y su importancia se puede notar en ‘Midsommar’. Paisajes verdes y una idílica comunidad pagana con ritos que nos siguen resultando inaceptables bajo nuestro parámetro cultural heredado.

Puede que el desorden sea el mayor temor del mundo moderno y, a medida que nos encontramos más conectados que nunca, el miedo a la desconexión se vuelve cada vez más común a la par que aterrador. Esto podría explicar el reciente resurgimiento del horror popular, desde la consciencia del tribalismo de Ben Wheatley en ‘Kill List’ (2011), hasta el miedo más tradicional en los espacios abiertos y naturales como ‘La bruja’ (2015) de Robert Eggers, que aunque mostraba los terrores de los colonos ingleses en la nueva Inglaterra de 1630, recuerda al medio rural abandonado y sin esperanza, que se perpetúa como lugar desconocido lleno de desesperanza.

El horror de lo inexplicable no está en los márgenes de la sociedad contemporánea, sino en una cultura del individualismo en la que lo colectivo parece extraño, incómodo y amenazador.