Cuenta Pablo Trapero, guionista y director de la película Leonera, que comenzó el rodaje pensando que ningún niño debía pasar los primeros tres años de su vida en una cárcel.

Solo un loco podía creer que algo así era bueno. Sin embargo, tras finalizar el rodaje unos meses después, sentía que lo mejor era que un hijo y su madre estuvieran juntos, más allá del lugar.

María Becerril, directora de la Asociación Ampara, cree que es una pregunta difícil y que depende mucho de cada caso. Destaca que, las prisiones para mujeres con niños que ha conocido en Madrid, están totalmente acondicionadas y adaptadas para las necesidades de un menor.

Lleva más de 20 años colaborando como voluntaria en cárceles de la Comunidad de Madrid. Hace unos años, junto con otras mujeres voluntarias, crearon este espacio para ayudar a las personas privadas de su libertad.

Aunque el programa Malala no es el único servicio que prestan las más de 200 personas que participan como voluntarias, es el que más interesa y el que más gente requiere.

Organizados en 14 grupos, cada sábado y domingo, pasan a buscar a los niños que están con sus progenitoras en prisión y los llevan de paseo. Las salidas no son fáciles, ni mucho menos aburridas, han ido al campo, al zoo y a la cabalgata de Reyes.

Algunas madres aún no tienen permiso para salir, por lo que cada pequeño que sale sin ella cuenta con uno o dos voluntarios para asistirlo. Un autobús los pasa a buscar por la mañana temprano y no regresan hasta la tarde.

Los cumpleaños y el campamento anual que organizan para julio son algunas de las actividades más celebradas por niños, madres y voluntarios. La población penitenciaria femenina ha bajado con el nuevo código penal de manera considerable. Sin embargo, cerca de 80 menores de tres años, en España, viven junto a sus madres presas.

Durante los campamentos de verano los voluntarios; las reclusas; sus hijos internos y los menores de ocho años que viven fuera, conviven en un monasterio de Santa María de Huertas en la provincia de Soria.

“Los primeros años, la gente del pueblo, nos miraba raro, pero ahora ya están tranquilos y nos conocen”, cuenta María Becerril entre risas.

Es la actividad más difícil y costosa de todas las que realizan. Esa semana en el campo es lo más parecido a la libertad para los niños que viven en prisión. “El aire libre les encanta”, remarca María.

En algunos módulos, como el de Aranjuez, pueden convivir padres, madres y niños. La mayoría de los menores, una vez cumplidos los tres años, suelen ser acogido por familiares hasta que su progenitora obtenga la libertad.

Cuando esta posibilidad no existe es la Comunidad de Madrid la que asume la custodia. Son casos poco frecuentes, pero “muy dolorosos”, cuenta María.

Hace unos meses han aprovechado una de sus visitas a la cárcel para acondicionar la sala en la que lo niños y sus padres se reencuentran cuando van de visita. Han pintado con motivos infantiles y han arreglado con juguetes y mobiliario el espacio donde los niños suelen estar una media de 4 horas.

Las mismas voluntarias que han fundado la asociación son las encargadas de esta tarea, donde los teléfonos están prohibidos y las imágenes las toman los mismos funcionarios de prisiones.

El trato con ellos es esencial para que el programa Malala se pueda llevar acabo. “Lo que nos dicen los funcionarios va a misa”, sostiene la presidenta de Ampara, “es un trabajo en conjunto y nos sentimos muy apoyadas”.