Si Luis Aguilé hubiera traducido al japonés su canción “Es una lata el trabajar” posiblemente ahora sería un himno en el país nipón. Aunque Aguilé, con el tiempo, tendría que haber cambiado 'lata' por 'pesadilla'. Una pesadilla bautizada por los japoneses con el nombre de 'karoshi'. ka: exceso, ro: trabajo, shi: muerte. Estamos hablando de derrames cerebrales, ataques cardíacos, enfermedades mentales y de cientos de muertes al año, muchas de ellas por suicidio.

El primer caso de karoshi data de 1969, pero nos tenemos que remontar a la década de los 50, cuando tras la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro japonés Shigeru Yoshida, en su empeño por reconstruir el país pidió a las empresas que hicieran lo imposible para contratar, a cuantos más trabajadores mejor, a cambio de que éstos se entregasen en cuerpo y alma a esas empresas. Se produjo, entre comillas, el milagro, y hoy en día Japón es una de las súper potencias económicas y tecnológicas más importantes del mundo.

Viendo los resultados, las empresas empezaron a financiar sindicatos, casas para los trabajadores, zonas recreativas, transportes, clínicas, guarderías, todo giraba en torno al trabajo y Japón empezó a registrar las jornadas laborales más largas del planeta, una media de 60 horas semanales.

Esto provocó que a principios de los 80 la economía se disparase y con ella llegase el boom de la burbuja japonesa (baburu keiki), una de las burbujas especulativas más grandes de la historia de la economía moderna.

Desde el punto de vista de la jornada laboral estaríamos hablando de las 40 horas oficiales a la semana, hasta aquí todo normal. El problema es que extraoficialmente hay un vacío legal y cualquier jefe puede presionar a sus trabajadores para que trabajen hasta 15 horas diarias, como sucedió con un caso famoso, el de Kenji Hamada, de 42 años, a quien el karoshi le arrebató la vida a los 42 años a través de un ataque al corazón. Los japoneses no sólo son workaholics sino que son forzados a ser workaholics.

La disciplina, el orden y la jerarquía son algo así como una religión en el país nipón. Y el deshonor y la vergüenza pública algo así un sacrilegio. Esto les lleva a complejas situaciones sociales que desembocan en infinitas jornadas laborales, ya que ningún trabajador se va a casa antes que su compañero.

Un círculo vicioso, una espiral, un sumidero que nos lleva a uno de los mayores problemas del país: el insomnio. Japón es el país donde menos se duerme, 6 horas y media, 45 minutos menos que la media mundial. Y si pensamos en las distancias que hay en Tokyo y en la cantidad de horas gastadas en el interior de los vagones del metro, no creo que duerman ni 5 horas diarias.

Tener tiempo para la vida de pareja y no digamos para tener hijos, roza la ciencia ficción. De hecho, demográficamente hablando, Japón está desapareciendo. En 2018 sólo se registraron 921.000 nacimientos.

Curiosamente y contra todo pronóstico, Japón continúa poseyendo la esperanza de vida más alta del mundo. De hecho, el futuro de las pensiones en Japón es que no hay futuro para las pensiones en Japón. También es cierto que el karoshi y otros cuantos tsunamis más impiden que más de 20.000 personas al año lleguen a ancianos.

Intimamente relacionados con el karoshi, hay que mencionar a los 'johatsu' o personas evaporadas, como se les conoce popularmente. Personas que han sucumbido a la presión y el estrés laboral o que no soportan la vergüenza de haber sido despedidas, simplemente desaparecen. De repente ya no tienen nombre, ni familia, ni amigos, ni por supuesto, trabajo. Se vuelven un fantasma para el Estado. Se estima que más de 100.000 japoneses al año se convierten en johatsu.

Se está trabajando para combatir el karoshi, sobre todo porque el cansancio y el sueño hacen que las empresas pierdan muchísimo dinero, el PIB anual baje y las pérdidas económicas suban. En un plano de la realidad más humano, las familias de las víctimas del karoshi están recibiendo ayudas de 20.000 dólares por parte del Gobierno y de hasta un millón o más por parte la empresa del difunto.