Iba en el asiento del copiloto mientras mi amigo Jorge conducía su maravilloso Mini Cooper en dirección a Malibú. Era una mañana soleada de domingo y yo fantaseaba con la idea de que algún día haría ese mismo recorrido al lado de Brad Pitt en su nuevo descapotable. Cada uno con sus sueños, ¿vale? A pocos metros para llegar a la zona del aparcamiento, Jorge se despistó y se saltó un semáforo en rojo. Culpa del GPS por distraernos y nuestra por no ir atentos a la carretera. Fue entonces cuando un policía que se encontraba parado en el arcén al lado de su moto nos dio el alto.

Jorge, sin decir palabra, paró y se quedó completamente quieto sujetando el volante. El agente se encontraba a varios metros de distancia y nos miraba fijamente con sus gafas Ray-Ban al más puro estilo ‘Top Gun’. “¿Qué narices está haciendo?”, pensé yo mientras que con la mano derecha comencé a abrir la puerta del coche para salir de él e intentar comenzar una conversación para explicarle que nos habíamos saltado el semáforo por error.

De repente, el policía comenzó a gritarme algo que no llegué a entender muy bien y empezó a hacerme gestos instándome a que me detuviese. Noté un golpe en el pecho y me di cuenta de que Jorge me estaba empujando contra mi asiento mientras se estiraba para cerrar la puerta con un golpe seco. “¡Pero nena, ¿estás loca o qué?!”.

Me quedé blanca. No sabía por qué Jorge estaba tan enfadado ni tampoco entendía por qué no podía salir del coche. Cuando volví a mirar hacia el frente, vi que el agente se había posicionado junto a la puerta del conductor. Ya no llevaba las gafas de sol y nos hizo un gesto para que bajásemos la ventanilla.

“Buenos días, ¿podría explicarme por qué ha intentado salir del coche?”, me dijo sin quitarme los ojos de encima. Entre que mi inglés todavía no es muy bueno y que mi corazón iba a mil por hora las palabras no salieron de mi cuerpo. Me quedé totalmente bloqueada. Mi amigo Jorge, quien parecía ya mucho más sereno, intercedió por mí. “Mi amiga acaba de mudarse a Estados Unidos. Es española y todavía no lo sabe”, le dijo.

“¿No sé el qué?”, pensé yo. Tras esta breve explicación, el policía le pidió toda la documentación y nos puso una multa. Ok, hasta ahí todo correcto. Con el susto todavía en el cuerpo y sin entender muy bien lo que había pasado minutos antes, el agente se acercó a mi ventanilla.

“Jamás abras la puerta del coche en EEUU si la policía te da el alto porque aquí ese gesto solo significa dos cosas: que vas a salir huyendo o que me vas a disparar. En tu caso sabía que no, pero si llega a ser otro compañero y ve que intentas salir del coche, puede dispararte en defensa propia.

Ten cuidado", me dijo con un semblante muy serio. Tragué saliva, le di las gracias y le confesé que en España no pasaba eso, básicamente porque los ciudadanos de a pie no tienen fácil acceso a las armas. “¿En serio? No tenía ni idea…. ¡Qué curioso!”, me dijo mientras se daba media vuelta, me deseaba un buen día y se ponía de nuevo sus gafas de sol.

Ni que decir tiene que el resto de ese “buen día” lo pasé intentando recomponerme de nuevo. Saber que podrá haber recibido un tiro solo por intentar abrir la puerta del coche me pareció de locos. Porque a ver, que nos habíamos saltado un semáforo en rojo sin querer (que no digo que esté bien, que no es eso), pero que no estábamos en medio de una persecución ni nada por el estilo.

Además, me encantó ese momento de “en tu caso sabía que no”. ¿Qué pasa? ¿Es que acaso no tengo cara de “tía loca que es capaz de disparar a un policía por darle el alto”? Lo cierto es que no sé qué me molestó más, si no ser considerada una “malota” o si pensar que podría haber muerto en medio de una carretera en Los Ángeles por intentar abrir la puerta del coche. De locos, lo sé.