Es muy difícil explicar por qué 'Cazafantasmas' produce una mitomanía tan increíble incluso después de más de 30 años de su entreno. Su banda sonora sigue sonando, su logo aún se imprime en camisetas y sus muñecos todavía se venden en las grandes superficies. ¡Y no es más que una película! Y si me apuras, tampoco es tan buena...

Sin embargo, lo que hace “buena” a una película es el momento en el que la viste, lo que significó para ti, cómo se valoró “socialmente” y la probable añoranza que te produce, de querer regresar a ese universo y a esa época.

'Cazafantasmas' evoca la magia sobrenatural de los años 80, de la misma forma que en su nicho siguen siendo “lo más” 'La princesa prometida' o 'La historia interminable', pese a que si las vemos hoy en día, con ojos de hoy: son infumables.

No es cine, es un evento

Es sabido que el negocio del cine no son las películas. Hollywood saca más dinero del merchandising que de la entrada de las pelis. El ciclo de vida de una película comercial es corto, dura dos o tres meses en cartelera (a nivel mundial) y luego pasa a plataformas.

Hasta ese momento, se trata de conseguir recuperar la inversión, y como mucho triplicarla, después se gana más pasta con el merchandising. Hablamos de pelis que pueden costar 100 millones, y que pueden llegar a recaudar 300 o 400 millones en taquilla en solo un par de meses.

Según Hollywood, una película de 100 millones se considera amortizada cuando ingresa 1.000 (taquilla + venta de derechos + merchandising), después de todo su ciclo de vida. El reboot de Cazafantasmas de 2016 costó 144 millones de dólares y recaudó 229 millones en el cine. Desde un punto de vista económico fue un desastre, pero no de estrategia.

El reboot de Cazafantasmas insufló vida al fenómeno que llevaba 30 años pululando y necesitaba un evento que le devolviera a la vida, que lo hiciera palpable y presente y motivara que las dos películas anteriores volvieran a verse y el merchandising fluyera de nuevo.

Cazafantasmas tenía desde 1984 algo que no todas las películas tienen: ICONOS. Todo en estas pelis podría servir para hacer camisetas. TODO. Tiene un logo que pasará a la historia como una de las marcas más reconocibles del siglo XX. Pero también tiene unos villanos icónicos: como Moquete y el marinerito de los Marshmallows. Uniformes que cualquiera reconocería, colisionadores a positrones… Incluso el personaje de la secretaria, Janine Melnitz (el más secundario de los protagonistas) se convirtió en un icono pop del que cualquiera se podría disfrazar en Halloween sin miedo a que no lo reconozcan.

Cazafantasmas sigue haciendo caja: se organizan conciertos de orquestas filarmónicas con su banda sonora. Netflix paga una pasta por los derechos para poder utilizar el logo y los uniformes en Stranger Things, y LEGO lanza una edición especial de Cazafantasmas con el edificio, el coche...

No pidas que la peli sea buena, porque tu siempre querrás ver la antigua

Sin embargo, hacer una secuela o un reboot que tenga coherencia y que sea “buen cine” es casi imposible. Porque por un lado los fans quieren volver a ver la misma película que ya vieron. LA MISMA. Y toda alteración del argumento o de la personalidad les parecerá fatal. Como en Cazafantasmas de 2016, que llovieron piedras por poner a un elenco femenino en vez de a unos nerds masculinos.

Ni Cazafantasmas de 2016 molaba, ni mola la versión estrenada estos días de Mary Poppins. Ambas son películas deudoras de las originales, que solo sirven para evocarlas, y para generar un evento de fanatismo. Los mejores momentos de ambas son cuando los actores originales aparecen en escena. Es cuando abres la boca y dices “mooooola”.

Bill Murray y Dick Van Dick llenan la pantalla en ambas pelis, aunque no hacen gran cosa, porque son los invitados estrella de un evento que celebra una peli, una excusa para reunirlos. Y luego, cuando acabas de ver ese remake, secuela o reboot, te vas a casa, y buscas la versión original, y la disfrutas de verdad.

Desde que se estrenó Cazafantasma en 2016 las dos pelis de los 80 de esta “franquicia” han vuelto a la vida con fuerza, su merchandising se ha disparado. Están presentes en todos los países y en todos los formatos, en streaming, en tazas, en muñecos de coleccionistas. Cazafantasmas no es una peli, es un Starbucks. Por eso, aunque el reboot sea un truño, a la larga es una buena estrategia.

Mary Poppins funciona de forma similar. La secuela de 2018 costó 130 millones y en solo una semana ha recaudado 180 millones en todo el mundo. ¿Imaginas la razón? Desde el estreno de la peli original de Mary Poppins en 1964 ha sido consumida por varias generaciones, y todos ellos ahora se sienten obligados y afortunados de poder “asistir” a ver su secuela, para poder comprobar si esta versión conserva algo de la magia que recuerdan de cuando la vieron de niños. Estos fans, no solo pagan 1 entrada, sino 3, 4, 5… hijos, nietos, familia en general.

Da igual si la peli no es buena. Y El regreso de Mary Poppins no lo es. Lo que se busca es dar vida a una marca. Alimentar un símbolo. Y apostar a que tal vez te vuelves a enamorar de la peli que siempre te gustó.