Recuerdo cuando al cumplir 18 años, varias personas me dijeron que era un momento muy importante a nivel social y cultural porque ya tenía edad para votar a los que serían mis representantes políticos.

Vaya, menuda responsabilidad. Sobre todo cuando yo estaba más centrada en entrar en discotecas y en comprar (y beber) alcohol de manera libre y legal. Nunca me ha interesado la política. Estudié en el colegio las diferentes cámaras políticas, la supuesta separación de poderes, la importancia de vivir en democracia… Todo correcto, sobre el papel, claro está.

Estoy muy orgullosa de poder decir que no he votado nunca. Ni en blanco ni nulo ni nada de nada. Sé que es una actitud que mucha gente desprecia. He tenido que escuchar durante muchos años que con mi gesto estoy diciendo que no quiero vivir en democracia, que hay gente que ha muerto para que yo pueda votar, que vote en blanco aunque sea, que es mi deber como ciudadana...

Y yo creo que mi deber como ciudadana es ser coherente con mi absoluto desconocimiento de la política y de las leyes y normas que estos aplican y que si no sigo a diario las noticias de política y no me leo concienzudamente los programas electorales de todas las formaciones políticas, más me vale no acercarme a las urnas.

No quiero decir con esto que se deba hacer un examen para ir a votar (o sí, quién sabe), pero creo, sinceramente, que en mi caso es lo mejor que puedo hacer. Me pongo mala con lo que escucho en las noticias, ningún partido político me parece de fiar y mucho me temo que, en España, aún se vota por lo que cada uno ha mamado en su casa.

Odio lo de izquierda, derecha, centro, arriba, abajo, izquierda... Está más que comprobado que uno vota y luego ellos hacen lo que quieren y mirad, para eso, me quedo en mi casa.

Sin embargo, he de decir que adoro cuando alguien me quiere solucionar la papeleta (nunca mejor dicho) aconsejándome que vote “al menos malo”. Una afirmación que me lleva a pensar que muchos de los que ejercen el derecho a voto lo hacen con una desidia y una pérdida de fe en el sistema que a mí me deja patidifusa.

Para votar “al menos malo”, prefiero no votar. A mí me encantaría votar, en serio os lo digo. Levantarme el próximo domingo 28 de abril, ponerme mis mejores galas, acudir a mi colegio electoral, introducir mi voto en la urna e irme de aperitivo con mis amigos y celebrar la ‘fiesta de la democracia’ (que si os bebéis un chupito por cada vez que repiten esta expresión en la televisión os vais a pillar la borrachera de vuestra vida).

No voto porque estoy convencida de que el mayor gesto de desaprobación con nuestros políticos sería no acudir a las urnas. Ni blanco, ni nulo ni nada de nada. Quedarse en casa como protesta.

Siempre he dicho que me encantaría ver cómo reaccionarían los diferentes partidos si esto sucediese. Abstención del 100%. Porque yo no me estoy cargando la democracia por no ir a votar, la están corrompiendo ellos. Y que nadie me diga lo contrario. Yo no robo, no acudo al Congreso de los Diputados para jugar al “y tú más”, ni utilizo enrevesadas expresiones como “indemnización en diferido” para tapar un escándalo. Y pongo este ejemplo, pero podría poner millones.

Creo que la decencia, el respeto, la educación y el sentido común escasean, y mucho, en la política. Por más que intento buscar un resquicio por el que salga el sol no lo encuentro. Y eso me frustra. No es que yo sea una antisistema, ni mucho menos. Creo que la democracia podría ser maravillosa si las diferentes ideologías hiciesen por entenderse. Vaya, lo que nos enseñaron a todos en el colegio. Llegar a acuerdos, comprenderse los unos a los otros y aprender de los errores.

Otro de mis grandes problemas es que, a día de hoy, no sé qué esperar de las diferentes formaciones políticas. Dicen una cosa y hacen otra. Desde que comencé a ver los telediarios y a entender un poco el mundo, no comprendo por qué los políticos no hablan como las personas normales. ¿Tan difícil es querer que todo el mundo entienda qué planes tienes para el país?

Es como la letra de los médicos, ¿acaso no quieren que sepamos lo que nos están recetando? Conforme escribo estas palabras, me doy cuenta de que quizá mis argumentos para no votar sean algo infantiles. Es decir, quizá estoy pidiendo un imposible que solo los adultos aceptan como seres maduros que son. Puede que yo no quiera crecer y tenga una especie de complejo de Peter Pan político.

Mis amigos y familiares sí votan. Todos tienen claro que HAY que votar. “Luego no te quejes”, me dicen a menudo. Me maravilla esta frase. En serio. Jamás me he quejado. Pago mis impuestos religiosamente, trabajo todo lo que puedo, cotizo lo que buenamente puedo como autónoma y, sinceramente, tengo más que asumido que no llegaré a cobrar una pensión digna. Más que nada porque no existirán.

La abstención, para mí, es una manera de protegerme de algo que no comprendo y me enfada profundamente. Depositar mi confianza en alguien que después hace lo que quiere, sin tener en cuenta que yo le puse ahí, no me parece de recibo. Como tampoco me lo parece el hecho de que los políticos hagan lo que les dé la gana cuando ellos sí que se deben atener, supuestamente, a unas normas.

Yo puedo o no votar, es mi elección, no una obligación. Os lo quiero recordar, por si hay algún despistado en la sala. Vaya, que el voto es un derecho y un deber (que se debería cumplir de manera responsable), pero jamás una obligación.

Lo que me consuela es saber que no soy la única que piensa así. Por los motivos o convicciones que sean, 10,39 millones de votantes (el 30,16% del censo) no acudieron a las urnas en las últimas elecciones generales celebradas en 2016, según datos del Ministerio del Interior.

Diez millones, que se dice pronto.

Diez millones de personas que somos acusadas poco menos que de deslealtad por no querer participar del juego político. El día que los protagonistas y las normas del juego cambien, no tendré inconveniente en lanzar los dados, os lo aseguro. De momento, permitidme seguir disfrutando del espectáculo desde la grada.