No es ni anorexia ni bulimia

No es ni anorexia ni bulimia

Vivir con miedo a engordar (por el qué dirán)

No es ni anorexia ni bulimia, pero es un trastorno mental que cada vez más psicólogos se encuentran en sus consultas.

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 03/12/2018

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“Lo peor que te puede pasar en la vida es engordar”. Esta frase bien podría resumir el pensamiento que invade las mentes de aquellas personas que tienen auténtico pánico a superar el que ellos consideran su peso ideal. Y no, no están enfermos físicamente porque su peso no es ni mucho ni poco, pero viven en un estado de alerta permanente para cumplir con lo que ellos consideran su obligación.

“Estar gordos no es una opción para ellos. Son personas que han construido su identidad emocional y afectiva en torno a su peso y lo mantienen a toda costa. Sin embargo, es curioso porque se mantienen en un extraño limbo en el que son capaces de no caer ni en la anorexia ni en la bulimia. También resulta llamativo que no se convierten en adictos al deporte ni vigoréxicos".

"El problema es que su vida es su peso. Su autoestima, sus amistades, su trabajo… Todo lo relacionan con los kilos. Creen firmemente que si engordan o adelgazan más de la cuenta, la gente los repudiará, juzgará y perderán amistades, parejas, contratos…”, me explica Silvia, que está realizando unas prácticas de psicología.

Resulta curioso que está conversación la estemos teniendo en un Starbucks cuando estoy a punto de comerme un muffin (magdalena de toda la vida) de chocolate con trozos de chocolate y virutas de chocolate. Vaya, que mis arterias están encantadas de conocerme. Le doy un sorbo a mi café con leche y miro el muffin.

“Joder Silvia, ahora me da cosa comérmelo”, le digo de cachondeo. “Pues poca broma con esto porque no veas la de gente que empieza por algo tan simple como lo que tú acabas de decir y se ve arrollada a una vida de auténtico autocontrol”, sentencia.

Vale, entiendo que haya gente muy preocupada por el físico, pero no comprendo cómo aparece esta especie de equilibrio irreal entre estar enfermo sin estarlo. “No tienen un trastorno alimenticio como tal porque comen sano, pero controlan con desesperación cantidades, ingredientes, recetas… Es más una nueva enfermedad mental (hace el gesto de comillas cuando dice esto) que está surgiendo a pasos agigantados”, me cuenta. ¿A cuento de qué viene el gesto de las comillas? O es una enfermedad mental o no lo es, ¿o no?

“Estamos viendo estos casos, sobre todo, en gente de 25 a 35 años que tienen una dependencia bastante fuerte a las redes sociales”, me explica. Apaga y vámonos. Estaba claro que tanto ‘influencer’ en bikini y tanto aguacate en las tostadas nos acabarían pasando factura.

Lo cierto es que lo que me cuenta Silvia me parece fascinante por la manera en la que, algunas veces, funciona la mente humana. Es como si estas personas hubiesen alcanzado un punto de sana locura por no haber caído en las garras de los trastornos alimenticios, pagando el precio de flagelarse mental y emocionalmente a través de su peso y de cómo este afectará a su relación con los demás. Porque he aquí el verdadero giro de guion en esta nueva “enfermedad”.

Ya no es que queramos estar en nuestro peso ideal por sentirnos mejor con nosotros mismos o por querer entrar en esos pantalones que le vimos al modelo de turno en Twitter. No. Estas personas creen que sus kilos de más les harán perder al amor de su vida o no cumplir los objetivos de su empresa. En mi opinión, locura máxima.

“Viven con un miedo atroz a engordar o adelgazar porque no quieren enfrentarse a un comentario sobre su peso, sea el que sea”, sentencia Silvia, quien me asegura que todos y cada uno de nosotros estamos a un paso de desarrollar algún tipo de trastorno ligado a la nutrición.

“La alimentación es el nuevo opio del pueblo. Echa un vistazo a tu Instagram y dime cuántos perfiles hay dedicados a gastronomía, recetas sanas, sin gluten, veganas, vegetarianas, sin azúcar, sin gluten… Estamos rodeados”, me dice como su fuese algo malo preocuparse por lo que comemos. Un pensamiento que comparto con ella y cuya respuesta termina por desmontarme: “Ese el problema. Que la comida no debería ser una preocupación, sino una ocupación. Hace treinta años, dejarse comida en el plato era de mala educación, ahora si no te lo comes todo, te felicitan por tu capacidad de control”.

Y lleva toda la razón del mundo. Nos preocupamos constantemente por lo que comemos sin ocuparnos de aprender a comer. Apañados estamos.

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