Cualquier pasado no fue mejor y, si no te lo crees, mira tu Fotolog

Cualquier pasado no fue mejor y, si no te lo crees, mira tu Fotolog

Visitar mi Fotolog ha hecho que ame mi presente

A veces ‘romantizamos’ el pasado. Yo lo hago, tú lo haces y él y ella también lo hacen. La nostalgia a veces nos puede, y a veces arrasa con nuestra capacidad de razonar. Para salir de esa ensoñación en la que pensamos que todo pasado fue mejor, nada mejor que darte de bruces con tu antiguo Fotolog. Yo me he quitado unas cuantas idealizaciones de encima.

Fotolog
Fotolog | Agencias

GEMA VALENCIA | @gemabunda | Sevilla | 10/08/2018

Encontrarlo fue casi fue un ejercicio de arqueología digital. En mi cabeza daba por hecho que había cerrado mi perfil, y que estaría, además, más que enterrado: Fotolog ha vuelto.

Fue un silencioso adiós, pero sirvió para que muchos lanzáramos un suspiro de alivio. Pero había dos cosas con las que no contaba: una es que Fotolog ha vuelto. Y la segunda es que mi perfil, y probablemente el tuyo, sigue ahí en un rincón de internet pero totalmente accesible.

Todas nuestras vergüenzas de adolescentes, bien ilustradas con fotos, siguen ahí junto a textos rayando en una melancolía que casi no conocíamos. El antecesor del mismísimo Instagram. En mi caso, fue grupo de amigas el que me introdujo en su magnífico universo.

Absorbidas por la posibilidad de mostrar al mundo quiénes éramos de verdad, nos abandonábamos a la actualización de nuestros perfiles mientras buceábamos en los de otros. La estructura era clara: foto-rollo-corta-venas (estábamos en una edad muy mala) o foto-de-así-soy-yo-la-que-se-oculta-tras-la-pantalla más un texto lacrimógeno a veces.

Pero una cosa sí que me quedó clara después de ver tres fotos con las que tuve suficiente de mi perfil: qué maravilla el paso del tiempo, oye. Y sino, repasemos lo que hemos dejado atrás.

La moda: pantalones de campana imposibles

Y sus consecuentes bajos rotos de arrastrarlos por el suelo a cada paso. O los cortes de pelo a lo ‘cenicero’, o el flequillo bien de gomina levantado para desafiar la gravedad. Eso, de momento, es pasado. Y doy las gracias. También los pantalones blancos inmaculados que te duraban 10 minutos limpios, o esos de colores chillones cercanos al flúor.

Recuerdo que tenía unos vaqueros amarillos que en verano atraían más mosquitos que una farola. Además, había como una especie de competición por conseguir los pantalones con la campana más grande. Si te cabía un yorkshire debajo, ‘you win’.

Un aparte merecen las mechas tipo cebra. O los mechones largos que te caían en la cara teñidos de un color más claro. O las mechas tipo cebra versión chico, aka rubio en las puntas. Y gomina, mucha gomina.

Claro que muchas de estas modas, y otras de la época que me he dejado por el camino, llevan viviendo ya unos años un ‘revival’: ahora veo muchas chavalas de la edad con la que me retrata en Fotolog vistiendo prácticamente igual. Y ahí es cuando me siento mi madre, especialmente cuando voy a comprar ropa y pienso: cómo me voy a poner eso si lo llevaba con 15 años. No, gracias.

Fotolog era un diario digital

Así que imagina lo que quedó ahí documentado. Para mi entorno, Fotolog suponía un lugar en el que conocer a otras personas con intereses similares a los tuyos. Y para eso, tratabas de mostrar tu lado más auténtico; ese que te guardabas en lo más profundo cuando ibas a clase. Ya sabes, los amigos y amigas del colegio, después los del instituto, y con los que acabaste compartiendo media vida, pero con los que en realidad no llegaste a compartir ni la mitad de tus intereses.

Y además de dejar constancia de las pelis y libros que te gustaban, también dejabas bien expuestos tus lamentos porque el tío o tía que te gustaba no te hacía ni caso; o tus pensamientos cuando sentías que nadie te comprendía. O esas veces que te sentías sola y pensabas que todo el mundo estaba en contra tuya… Básicamente, quedaron grabados en Internet todos esos temas clichés que nos quitaban el sueño de adolescentes. Material de guionista de series ‘teen’.

Escribir entre mayúsculas y minúsculas; una sí y una no

“CrEo QuE nO lE gUsTo”. Y así varias líneas. Me he cansado con solo escribir esas cinco palabras. Después dicen que los adolescentes son impacientes. Eso, sumado al mundo SMS en el que había que ir pulsando cada tecla varias veces hasta dar con la letra correspondiente. ¿Se extrañaban de que hubiésemos inventado una nueva economía del lenguaje? Claro que ante este fenómeno había opiniones encontradas; muchos decían que los jóvenes íbamos a acabar con el lenguaje escrito ‘de verdad’.

Éramos la generación que vió nacer Messenger y que empezó a usar los blogs. La que inventó los toques y sus correspondientes códigos. Escribíamos mucho ¿vale? Algo había que hacer. Y la energía que recuperábamos escribiendo poco la gastábamos buscando mayúscula y minúscula; mayúscula y minúscula.

Ahora tenemos a nuestro maravilloso autocorrector, al que a muchos les juega malas pasadas. Pero ni siquiera este invento envenenado consigue enmascarar la mala ortografía de muchos.

Fotolog es el antecesor de las redes sociales. Fue la primera plataforma en la que podías mirar y ser mirado. Ahora nos exponemos en multitud de canales diariamente, aunque seamos más mayorcitos. ¿Nos daremos vergüenza ajena dentro de unos años cuando re-visitemos nuestros perfiles?

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