Claro que sí, guapi

Claro que sí, guapi

“A ver si va a resultar que ahora las tías sois mejores que nosotros”

El hecho de que un chico de 34 años me dijese estas palabras a la cara (y sin temblarle la voz lo más mínimo) me hace preguntarme si realmente hemos avanzado en algo respecto al feminismo. Miedito.

Un chico
Un chico | Pexels

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 25/10/2018

Reconozco que no soy mucho de alardear de mi marcada vena feminista. Siempre he sido de las que prefieren ‘sufrir’ en silencio. De ahí que cuando la vida me pone enfrente a un ‘machirulo’ medio, hago esfuerzos sobrehumanos para respirar profundamente y poner la mente en blanco mientras dicho ser me da lecciones de cómo deberíamos ser las mujeres.

Eran las once y media de la noche, minuto arriba minuto abajo, cuando disfrutaba de una agradable cena en casa de unos amigos. Conocía a todos menos a uno. Suso, que así se llama el susodicho (broma fina), acababa de llegar de Arabia Saudí donde había pasado dos años trabajando (y amasando una inmensa fortuna, apostillo yo).

Nos estaba contando lo bien que se lo había pasado cuando una de mis amigas sacó a relucir el tema de la censura y el control de dicho país sobre ‘sus’ mujeres. Suso, con su camisa, sus chinos y sus castellanos, puso los ojos en blanco y dijo: “Bueno, no me gustan los extremos. Ni ellos son tan malos ni ellas tan buenas”. ¡Boom!

Miré a mi alrededor y vi como todos se revolvían un poco en sus asientos. “Cállate”, me dije mentalmente. Consciente de que la frase había calado hondo continuó hablando: “A ver, que lo que quiero decir es que creo que nos estamos volviendo un poco locos en este país (España) con lo de las mujeres y todo el rollo”. Vale, Suso pasaba la pelota a terreno nacional pero volvía a cagarla. No sé por qué la gente no piensa un poquito antes de hablar. Es decir, que si eres machista todo guay, pero disimula un poco, ¿o qué?

“Y todo el rollo”, volvió a resonar en mi cabeza y ya no pude contenerme: “¿A qué te refieres con eso?”. Me miró como si fuese la primera vez que me veía en toda la noche y me dijo: “Es como lo de los puntos morados que hay ahora en los festivales. Y venga a decir que ‘No es No’ cuando claramente las mujeres a veces mandáis señales contradictorias”.

Ay, madre mía. Creía que ya no existían especímenes como él, pero me equivocaba. “Yo puedo mandar las señales que quiera, contradictorias o no. Como tú. El problema es que yo nunca te forzaría a mantener relaciones sexuales conmigo si tú, por mucho que me calientes, al final te quieres ir a casa solo o con otra”, dije sin apenas respirar.

“Entiendo que el discurso feminista es ahora lo que se lleva. Antes le tocabas el culo a una chica en una discoteca y si le molestaba te cruzaba la cara. Bien hecho. Te ibas y punto. Ahora con que una tía diga que la he acosado paso la noche en el calabozo aunque no haya pruebas. Ser tío en esta sociedad da miedo”, me contesta con cara de “llevo más razón que un Santo”. No doy crédito. ¿Cómo puede ser que un chico de mi edad piense de esta manera? ¿Cómo que “ser tío en esta sociedad da miedo”?

Lo miro con cara de incredulidad y le digo: “Me da la sensación de que hablas así porque crees que las mujeres os estamos quitando algo que es vuestro y eso no te gusta”. El ambiente en el comedor ya está lo bastante enrarecido para continuar allí y los anfitriones nos piden que pasemos al salón para tomar una copa. Me levanto, miro a mis amigos con cara de “este tío es imbécil” y ellos me devuelven una mirada que me lo confirma.

Sentados en torno a una mesa enorme de cristal comienzan a formarse pequeños corrillos donde se habla de diversos temas. No sé cómo, pero termino participando en el que está Suso. Ambos sabemos que no nos soportamos. Algo teníamos que tener en común. Es entonces cuando Álvaro le pregunta qué tal está su hermana. “Bien, acaba de tener un bebé y ahí está, lidiando con la maternidad. La han ascendido, para que luego digáis que no tenéis las mismas oportunidades, aun siendo madres”, termina, clavándome una mirada que me deja helada.

“Seguro que ha conseguido el ascenso por hombres como tú que valoran tantísimo a las mujeres”, le digo tirando ya por tierra toda la falsa cordialidad que quedaba entre nosotros. “Pues sí, porque los hombres y las mujeres somos iguales, que no se te olvide. A ver si va a resultar que ahora las tías sois mejores que nosotros”, replica contrariadísimo.

Y es ahí cuando mi paciencia termina por agotarse y expulso toda la bilis contenida.

“Mira Suso, me hablas como si yo te tuviese que agradecer el hecho de tener un trabajo. Como si te debiera algo por el simple hecho de que tú eres un hombre. No te engañes, las mujeres y los hombres nunca hemos sido iguales. Ni antes, ni ahora. En un futuro no sé qué pasará, pero parece que te molesta que pueda llegar a construirse una sociedad en la que nosotras tengamos algo que decir. Puedo notar como te irrita enormemente que ya no puedas tocarme el culo en una discoteca porque, en vez de cruzarte la cara, te mando al cuartelillo. Huelo a kilómetros ese miedo que te da no volver a hacer con una mujer lo que a ti te dé la gana”.

Un discurso que en mi cabeza sonó a las mil maravillas pero que, lo siento, no fui capaz de expresar en voz alta. El párrafo anterior es todo lo que quise decirle a Suso. Toda esa rabia contenida que me dio pensar que aún hay hombres que creen que las mujeres queremos algo que no nos pertenece. No os estamos quitando nada. Que os quede claro que fuisteis vosotros los que sí nos robasteis cosas. Y todas ellas ligadas a la libertad, ya fuese económica, profesional o personal. Menos Susos en el mundo y más en los calabozos.

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