Haberlos, haylos

Haberlos, haylos

Treintañeros sin un día cotizado (y sin miedo)

Habitan entre nosotros pasando totalmente desapercibidos. Sin vida laboral que consultar en la Seguridad Social, estos inquietantes seres (y hay más de los que crees) desayunan, comen y cenan todos los días y no sienten preocupación alguna por su futuro.

Reconozco que yo me ahogo en un vaso de agua. Sí, soy de esas. Por eso, cuando pienso en que ‘solo’ tengo cotizados ocho años a mis treinta y cuatro primaveras, me entra el pánico. Llevo trabajando desde los veinticuatro, pero uno lo hice como becaria (mala suerte, no cuenta) y otro año estuve en el paro (sí, fui una de las damnificadas por la crisis). “No está mal”, dirán algunos. Cierto.

Pero no lo es menos el hecho de que el futuro que me espera (a mí y a todos los de mi quinta) es negro. No gris tirando a oscuro. No. Negro, negro. Que por si no lo sabíais cuando uno dice las cosas dos veces es más verdad que si lo dices solo una. Pues eso.

Y en esas andaba yo un día, tomándome una caña con un amigo, y contándole mis penurias, cuando este me dijo: “¿Pero por qué le das tanta importancia a eso de cotizar?”. Y me quedé muda. Nadie jamás me había planteado esa cuestión y menos tratándolo de una manera tan despectiva e insignificante: “a eso de cotizar”. Telita. Miguel, que así se llama mi colega, tiene mi misma edad, no acabó la carrera de ingeniería industrial, vive con sus padres, tiene una novia (bastante mona y que trabaja) y no tiene ni un solo día cotizado en la Seguridad Social.

No miento. Ni uno. Y no le tiembla el pulso al admitirlo, ni lo más mínimo. Se va de vacaciones (austeras, pero se va), hace sus tres comidas reglamentarias al día (cuando no cinco), fuma, se bebe sus cañas de día y sus copas de noche y estoy convencida de que duerme a pierna suelta. Sin estrés, sin ansiedad y sin miedo a que la empresa lo eche por cogerse una baja por agotamiento nervioso.

Y yo me pregunto, ¿quién tiene el problema? ¿Él o yo? Escribiendo estas líneas recuerdo que esta mañana, mientras desayunaba, leí un artículo en el periódico El Mundo’ con un titular desalentador y ciertamente preocupante (aunque quizá solo para mí): “Los trabajadores menores de 40 años cobrarán una pensión de solo el 50 % de su sueldo cuando se jubilen”. Por poco y escupo el café con leche. Y ya si os digo que soy autónoma, pues mejor no echéis cuentas. Volviendo al comentario de Miguel, ¿no será que él es más listo que yo?

Quizá los ‘ninis’, a los que la sociedad machacó sin piedad hace unos años, fuesen unos visionarios. ¿Para qué esforzarse por mantener un sistema que está abocado al fracaso? Mi amigo no cotiza, ¿y qué? Hace chapuzas aquí y allí y lo cobra todo en mano. Podríamos decir que a futuro negro, dinero negro. De hecho, no podría asegurarlo al 100 %, pero jamás le he visto una tarjeta de crédito en la cartera. Siempre paga en efectivo. Su caso puede parecer extremo, pero tras esta revelación, me doy cuenta de que conozco a bastante gente que, con estudios o no, lleva mucho tiempo sin cotizar.

Creo que se resignaron a firmar contratos basura, ‘minijobs’ y demás eufemismos de ‘vivir en la miseria, pero al menos cotizo y trabajo’. ¿Y de qué nos va a servir cotizar a todos aquellos que nos estamos partiendo el lomo para salir adelante? Vale, está claro que a mí me gusta ir al hospital público a que me curen la gripe a cero euros, pero a Miguel le atienden de la misma manera.

Cuantas más vueltas le doy, más segura estoy de una cosa. Mi amigo no le tiene miedo al futuro. No se ha dejado llevar por ese pánico que nos invadió a muchos de los treintañeros que vivimos la crisis (a los ‘veintipocos’) y que dijimos sí a empleos en los que no nos tocó pagar por ir a trabajar de milagro. Quizá si todos nos hubiésemos plantado, algo habría cambiado.

Y digo esto porque no considero que mi amigo sea vago o no quiera trabajar. Simplemente creo que decidió no formar parte de cifras, estadísticas, datos, titulares… Realmente pienso que decidió tomar otro camino. Un camino que consiste en vivir al día, con lo poco o lo mucho que se tenga y a trabajo realizado, trabajo pagado. ¿Comparto su pensamiento y estilo de vida? No, en absoluto. Pero le envidio enormemente.

Puede que él no haya visto mucho mundo (creo que nunca ha cogido un avión), que no viva solo (aunque yo escribo estas líneas desde el despacho de casa de mis padres para intentar ahorrar y emprender el sueño americano) y que no pueda ir de festival cada dos por tres. Pero tiene algo que yo no tengo. La tranquilidad que da saber que no tienes nada y que, por consiguiente, no tienes nada que perder.

O mejor aún, que nadie va a poder quitarte nada. ¿Creéis que le quita el sueño el tema de las pensiones? No. Yo acoso a mi gestora con emails sobre cuánto he de pagar para que me quede el máximo de pensión, día sí y día no. Me agobio con los gastos que no paran de crecer y los ingresos que paran de llegar. Hago auténticos malabarismos por sostener un sistema (que no inventé yo, para más inri) que se cae a trozos sin posibilidad de arreglo (o eso parece). ¿Y por qué hago esto? El día que lo sepa os lo diré. Mientras tanto, os recomiendo poner un ‘nini’ en vuestra vida. Al menos ellos siempre están disponibles para tomar unas cervezas y aguantar estoicamente nuestras chapas existenciales.

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MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 31/05/2018

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