Murieron 1127 personas, la mayoría trabajadoras textiles que confeccionaban ropa

Murieron 1127 personas, la mayoría trabajadoras textiles que confeccionaban ropa

Todo lo que cambió (y lo que no) tras el derrumbe del Rana Plaza, la peor tragedia de la industria textil

Este 24 de abril se cumplen seis años de la tragedia que sacudió a la industria de la moda. En el colapso del Rana Plaza de Daca (Bangladés) murieron 1.127 personas, la mayoría de ellas trabajadoras textiles que confeccionaban ropa para grandes marcas.

Así fue el derrumbe del Rana Plaza
Así fue el derrumbe del Rana Plaza | Getty Images
Dani Cabezas
 Madrid | 21/04/2019

Algunos desastres llegan con preaviso. Cuando, el 23 de abril de 2013, el suelo del edificio Rana Plaza, ubicado en el distrito de Sava en Daca, la capital de Bangladés, crujió violentamente dando paso a innumerables grietas, los trabajadores (fundamentalmente mujeres, muchas de ellas con sus hijos) huyeron al exterior temiendo un derrumbe inminente.

Los supervisores quitaron hierro al asunto, hicieron oídos sordos al temor de las empleadas y las conminaron a volver al trabajo.

Al día siguiente, aquel edificio abrió los telediarios de todo el planeta. El Rana Plaza colapsó de forma súbita, causando la muerte a 1.127 personas y dejando heridas a otras 2.500. Fue la peor tragedia que se recuerda en la historia de la industria textil.

Algunas de las grandes multinacionales de moda que confeccionaban allí sus prendas pasaron a estar en el punto de mira. Muchos empezaron a hacerse preguntas y a exigir respuestas sobre el origen de la ropa que compramos, lo que se tradujo en una presión internacional que dio lugar a la campaña Ropa Limpia, así como a multitud de inspecciones en otros centros como Rana Plaza distribuidos por el sudeste asiático, especialmente en países como Camboya o el propio Bangladés.

Pero, ¿qué cambió realmente tras el derrumbe? ¿Son ahora más críticos los consumidores con el origen de la ropa que compran?

“Hacía ya tiempo que era muy crítico con la industria de la moda”, recuerda Íñigo, madrileño de 33 años. “A menudo me preguntaba cómo era posible que una camiseta fabricada al otro lado del mundo costara 5 euros. Pero como todo el mundo, compraba ropa barata a menudo. A raíz de lo ocurrido en aquella fábrica de Bangladés y de ver documentales como ‘The True Cost’ me replanteé dejar de ir a determinadas tiendas. Empecé a mirar el origen de cada prenda en las etiquetas y, en última instancia, decidí dejar de comprar ropa salvo necesidad imperiosa”.

“Me afectó mucho lo del Rana Plaza”, cuenta Ruth. “Desde aquel momento dejé de comprar las marcas que estaban involucradas en el derrumbe. Me indignó especialmente ver cómo algunas de ellas se quitaron de encima toda la responsabilidad, alegando la seguridad de las fábricas no iba con ellas. A partir de entonces cambió mi manera de comprar ropa, y procuro consumir de manera más ética”.

Los casos de Íñigo y Ruth son una excepción. Las grandes marcas de moda siguen haciendo caja y abriendo nuevas franquicias en los locales más céntricos de las grandes ciudades. Y la gente sigue mirando el precio de la ropa que compran, por encima de la calidad o, claro está, también del origen.

“No puede decirse que no haya cambiado nada, pero tampoco que lo ocurrido en el Rana Plaza significase un antes y un después para el sector”, explica Nazaret Castro, coautora del libro ‘Carro de combate’ y del blog del mismo nombre, que analiza las consecuencias globales de nuestra manera de consumir. El destino quiso que, apenas unos días antes del derrumbe, hubiera escrito un amplio reportaje sobre la situación de los talleres ilegales de textil en Buenos Aires, donde reside desde 2012.

Nazaret reflexiona a propósito de lo que sí cambió. “220 empresas suscribieron el Acuerdo de Bangladesh sobre seguridad en la construcción de edificios y de instalaciones de sistemas contra incendios”, recuerda.

“A diferencia de los códigos voluntaristas de los programas de responsabilidad social corporativa, el acuerdo era legalmente vinculante y ha supuesto inspecciones en unas 1.800 fábricas de ropa, con lo que se ha mejorado la seguridad de dos millones de trabajadores en uno de los países con salarios más bajos del mundo”, explica.

Pero incluso los acuerdos que parecen esconder las mejores intenciones tienen fecha de caducidad: el pasado 2018 expiró el citado Acuerdo de Bangladesh, y nada menos que 45 grandes marcas se desvincularon del nuevo acuerdo.

Haya o no documentos firmados, algunas cosas permanecen inalterables. “No cambia el funcionamiento sistémico del sector: las grandes empresas se apropian del grueso de la cadena del valor mientras pagan salarios de miseria a las trabajadoras y escogen países y regiones donde los derechos laborales y sindicales son vulnerados y donde las legislaciones ambientales son lo más laxas posibles”, denuncia Castro.

“Sí: ha mejorado la seguridad de las fábricas de Bangladesh, pero a nivel internacional, e inclusive en Bangladesh, los impactos socioambientales de la industria textil siguen siendo brutales”.

Los datos sustentan esa realidad: la industria textil es la segunda más contaminante del planeta, sólo superada por la del petróleo. Y hoy en día se sigue produciendo la escandalosa cantidad de 80.000 millones de prendas al año. Frente a ello sólo hay un camino: tomar conciencia.

“El derrumbe de Rana Plaza tuvo un gran impacto mediático y provocó un cambio de percepción en la opinión pública, pero la gran mayoría de la gente sigue comprando en grandes superficies sin preguntarse qué hay detrás de la ropa que usa”, lamenta Nazaret.

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