ADOLESCENTES Y ANCIANOS, COLECTIVOS DE RIESGO

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La soledad no deseada: una epidemia del S.XXI que se expande sin hacer ruido

La soledad no deseada, según el Ministerio de Sanidad, se ha convertido en un problema de salud pública. A pesar de la permanente conexión que ofrecen las redes sociales, cada vez más españoles afirman desarrollar sentimientos de desamparo y exclusión. Los adolescentes y la gente mayor son los colectivos más afectados por este problema, que ya se denomina como “la epidemia del siglo XXI”.

María Morte
  Madrid | 22/04/2019
Joven en soledad
Joven en soledad | iStock

La Asociación Americana de Psicología advierte que la soledad no deseada será el primer factor de riesgo para la salud en las sociedades occidentales, por encima incluso de la obesidad. Un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid vincula la soledad con el riesgo de mortalidad y Reino Unido ha creado un “Ministerio de la Soledad”. No se puede negar, los datos son tajantes y concluyentes: la soledad no deseada se ha convertido en la epidemia del siglo XXI.

Pero ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo es posible que en plena sociedad de la información, donde estamos continuamente conectados, cada vez más personas se sientan solas? ¿Qué podemos hacer ante el desamparo? El psicólogo sanitario Fabián Cardell y la doctora en psicología Mónica Torres, ambos terapeutas de la Unidad de Intervención Psicosocial de la Universidad Pontificia Comillas, dan respuesta a algunos de estos interrogantes.

¿Qué es la soledad no deseada?

Ambos afirman que la soledad en sí misma no es una experiencia negativa sino todo lo contrario, pues tener momentos de conexión con uno mismo es fundamental para el bienestar de una persona. Sin embargo, el problema reside en la soledad que duele, la que conlleva una sensación de desamparo y exclusión. Es este “sentimiento subjetivo de tener poco afecto y cercanía en el ámbito íntimo y relacional” lo que Cardell denomina “soledad no deseada”.

La doctora Torres explica que todas las personas tenemos dos necesidades fundamentales: la necesidad de ser únicos y la necesidad de pertenencia a una comunidad. Cuando alguna de estas dos necesidades se descompensa produce un desajuste emocional importante. Es entonces cuando “no tener a alguien se convierte en una carga muy pesada de llevar”, afirma.

Lo más probable es que todos seamos capaces de empatizar con la sensación descrita por la sencilla razón de que, en algún momento de nuestra vida, hemos experimentado en primera persona el dolor que conlleva una soledad profunda y constante. “A nadie nos es ajena y quizá cada día la evitamos”, advierte la doctora.

El sentirse “el único ser solo allí dónde todos los demás tiene a alguien”, cómo resume Torres, es una procesión que se lleva por dentro. La soledad no solo adquiere el rostro de una viuda de avanzada edad que puede pasar meses sin compañía, igualmente afecta a ese vecino recién llegado a la ciudad que teme el fin de semana porque no tiene a nadie con quien tomar una caña. De igual manera, este sentimiento de desamparo también se encarna en esa madre primeriza que, al dedicar todo su tiempo al cuidado de sus hijos, se ha olvidado de ella; en el exitoso empresario con una jornada laboral de 15 horas o, incluso, en el adolescente que invierte en la consola la mayor parte de su tiempo. Como afirman ambos profesionales, “aunque escondida y estigmatizada, la soledad no deseada se ha arraigado profundamente en todos los rincones de las sociedades modernas”.

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Da igual si vives solo o acompañado: ¿A ti quién te escucha?

El doctor Cardell aclara que es importante no generalizar: “Vivir solo puede ser una elección personal o una circunstancia impuesta, puede ser una situación pasajera o duradera, pero no tiene por qué ir acompañada del sentimiento de soledad”. De igual manera existen muchas personas que viven acompañadas y, sin embargo, se sienten desoladamente solas.

Torres cuenta que hace pocos días acudió a su consulta una mujer muy preocupada porque, a pesar de vivir rodeada de su familia, se sentía profundamente sola. “Escucho a mi hijo mayor, atiendo lo que necesita mi hijo pequeño, mi marido me cuenta, me comenta, le escucho, y siento que no llego a todos, que no puedo darles lo que me piden, voy de aquí para allá, de uno a otro…”. La pregunta formulada por terapeuta ejemplifica de manera idónea el problema de las sociedades actuales: “¿Y a ti quién te escucha?”.

“Nos cuesta muchísimo estar con otros en presencia silenciosa, escuchar activamente lo que le pasa al otro, y dejarnos estar un rato en su emoción”, aclara la doctora. Efectivamente, siempre habrá quien intente tranquilizar con un “no te preocupes” o formule un “¿Por qué no…?”. Sin embargo, encontrar a alguien que en silencio trate simplemente de comprendernos, sin ninguna intención de opinar, afirmar o juzgar, resulta una tarea un tanto más complicada. Es precisamente cuando este lugar de proximidad se encuentra deshabitado cuando aparece la soledad no deseada.

Un “problema de salud pública”

Cardell, como psicólogo clínico, advierte que “las investigaciones nos demuestran que la soledad y el aislamiento tienen una significativa repercusión en nuestra salud física y psicológica”. La soledad no deseada, según se afirma desde el Ministerio de Sanidad, aumenta el riesgo de tener una vida pasiva y sedentaria, eleva la probabilidad de tener hábitos inadecuados de alimentación, sueño y autocuidado e incluso puede incitar al tabaquismo y al alcoholismo.

Según la franja de edad las consecuencias también varían, pues “así como las personas mayores con sentimientos de desamparo tienen mayor riesgo de padecer demencias, la pobreza de relaciones sociales de los jóvenes es una de las principales causas del desarrollo de adicciones tecnológicas”, tal y como explica Cadell.

“La verdad es que la enumeración de las posibles consecuencias es amplísima, pasando por el fracaso laboral, escolar, hasta la búsqueda del suicidio como vía para salir de ese lugar no deseado que puede llegar a sentirse como insoportable” advierte también Torres.

Las nuevas tecnologías: Un arma de doble filo

Según la doctora Torres, hoy en día “vivimos en la contradicción de una sociedad profundamente individualista que, al mismo tiempo, tiende a la hiperconexión”. Esto se traduce en un imaginario social de lo positivo de estar siempre vinculado, que no permite explorar los espacios de soledad. “Vivimos en un momento en el que tenemos cierta alergia a las emociones supuestamente negativas como la soledad, el aburrimiento, la tristeza o la frustración” afirma Cardell, quién recalca la necesidad de aprender a vivir con todas las emociones.

Según el psicólogo clínico, el móvil o los videojuegos, utilizados como una forma de anestesiar nuestros sentimientos, nos llevan a que cada vez seamos más intolerantes a las emociones, y la soledad no es una excepción. “Los tiempos de conexión con uno mismo, tan necesario para el bienestar y el desarrollo personal, se están transformando en momentos de soledad no deseada”, explica con preocupación Cardell.

Así mismo, pese a esta presencia tan activa de conexión en las redes, Torres asegura que la mitad de los españoles afirman haber tenido vivencias de soledad en los últimos años. En las redes sociales nos acompañamos de miles de personas con un solo click, recibimos likes o dislikes como formas de compañía, pertenencia o vinculación. Según la doctora en psicología, este aparente tejido de apoyo social por debajo deja grandes espacios de incomunicación y falta de sostén, en definitiva de soledad. Este fenómeno se conoce como “soledad no visible” y hace referencia a la presencia que muestra la ausencia: “Parece que soy único porque tengo miles de seguidores pero realmente ni me siento único ni pertenezco a ninguna comunidad”.

Esto no quita que las redes sociales también se puedan usar como herramienta para paliar la soledad. Torres sugiere a modo de ejemplo la posibilidad de encontrar pareja a través de redes de contactos.

Adolescente jugando a un videojuego | Gettyimages

Los jóvenes, los nuevos más afectados

“Cada vez llegan más jóvenes y adolescentes a la consulta con escasa red de contactos y apoyo social, que han pasado periodos largos de aislamiento y que refieren sentimientos intensos de soledad e incomprensión”, confiesa Cardell.

Los jóvenes gestionan el sentimiento de soledad mediante las nuevas tecnologías. Ante una adversidad, si sienten que no tienen una red de apoyo adecuada, tienden a aislarse y buscar en los videojuegos o internet pensamientos automáticos de autoeficacia: “esto sí se me da bien, aquí me valoran y sólo si me conecto me sentiré mejor”.

El psicólogo clínico explica que en estos casos, el móvil o los videojuegos “actúan como una prótesis tecnológica que les alivia el sentimiento de soledad a corto plazo, pero a largo plazo aumenta su aislamiento social y se recrudecen sus sentimientos de soledad e inadecuación”.

Nuestros mayores se siguen llevando la peor parte

En nuestro país, el grupo más vulnerable al desamparo es sin duda el de las personas mayores. Así mismo, no hay que olvidar que la soledad tiene nombre de mujer. Según la Encuesta Continua de Hogares publicada por el Instituto Nacional de Estadística, casi 2 millones de personas mayores viven solas en España, de las cuales el 71,9% son mujeres. Y, aunque el perfil de viuda de 85 años con movilidad reducida es el que más se repite, el colectivo de las personas mayores cada vez es más heterogéneo. Hoy en día, incluye perfiles exigentes y cualificados que ya no aceptan ese rol pasivo que le viene adjudicando la sociedad.

Unos de los principales problemas a la hora de prevenir y combatir la soledad no deseada en el mundo senior, tal y como afirma Jose Ángel Palacios, Portavoz de la ONG Grandes Amigos, es la estigmatización de la vejez: “en el imaginario colectivo circula un estereotipo negativo de las personas mayores vinculando vejez con tristeza e incapacidad”.

Llegados a esta situación, fundaciones como Grandes Amigos, una ONG de voluntariado que lucha contra la soledad no deseada y el aislamiento de las personas mayores, se han vuelto imprescindibles tanto a nivel nacional como a nivel europeo.

Infografía soledad en personas mayores | Grandes Amigos

¿Qué podemos hacer para combatir esta epidemia?

No existe una receta contra la soledad no deseada, la expresión “cada persona es un mundo” ejemplifica a la perfección la complejidad de este fenómeno. A pesar de ello, ambos psicólogos dan algunos consejos que pueden ser de gran ayuda a la hora de combatir este sentimiento de desamparo.

Torres hace especial énfasis en la importancia de visibilizar la soledad: “quién se siente sólo no debería sentirse culpable por ello, a mucha gente le ocurre y, además, no hay ningún problema en buscar ayuda en psicoterapia”. La vergüenza, tal y como afirma la doctora, sólo hace que intensificar el problema.

Cardell, por su parte, considera fundamental aumentar la tolerancia a la emoción de soledad, por ejemplo, disminuyendo progresivamente el uso excesivo de nuevas tecnologías. Como consejo propone un reto: “permaneced en casa solos, sin radio, TV o móvil, primero por cortos periodos de tiempo y ved lo que aparece en vuestras mentes. Id jugando con esos sentimientos de soledad, observad como van cambiando en función de vuestro diálogo interno. No escapéis de esa sensación, no es dañina, a medida que entréis en contacto con ella, os sentiréis más cómodos y llegaréis hasta a disfrutarla”.

También recuerda la importancia de dedicarle tiempo a las aficiones. Un buen libro o un baño agradable, opina el psicólogo, son excelentes maneras de lidiar con uno mismo: “La única persona en el mundo con la que seguro vas a estar acompañada el resto de tu vida eres tú, así que lo mejor es que aprendas a llevarte bien, tú puedes ser tu mejor compañía”.

Por último, Torres nos recuerda que esta epidemia social merece una respuesta social: “La soledad se repara con otro que se acerque”. Cuando establezcamos relaciones hay que ser conscientes de la responsabilidad que se tiene sobre el bienestar de la otra persona. Si identificamos la soledad no deseada en otros, en lugar de juzgar, se debe intentar detener esa circunstancia. “Es algo que depende de todos, no es un problema de quien lo padece”, concluye.

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