Aquellos años en los que aún no existían brunchs ni peluquerías hípsters

Aquellos años en los que aún no existían brunchs ni peluquerías hípsters

Rock and roll, botellón y olor a pis: un paseo por aquella Malasaña de los años 90

Ni donuts veganos ni ropa vintage. Ni brunchs ni peluquerías hipsters. La generación que vivió su juventud en los años posteriores a la movida madrileña recuerda con nostalgia lo diferentes que eran entonces las calles del popular barrio madrileño. También hay quien asegura que Malasaña es hoy un lugar más seguro y acogedor. Pero, ¿qué se perdió por el camino?

Malasaña Años 90
Malasaña Años 90 | Tommy EtKamino

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | Actualizado el 31/07/2018 a las 19:57 horas

Mediados de los 90. Malasaña es el punto neurálgico de la juventud alternativa madrileña. Un lugar en cuyas calles, plazas y bares se reúnen cada fin de semana miles de personas para beber y pasar la noche. Y, en ocasiones, también un foco de problemas: los enfrentamientos con los antidisturbios son frecuentes.

El menudeo de droga está presente en cada esquina. Los vecinos se quejan del ruido del botellón y de las batucadas, que se prolongan hasta el amanecer. Los ríos de orín corren por las calles menos transitadas haciéndolas irrespirables. Y los robos son habituales. Sí: a mediados de los 90 Malasaña era el barrio al que todo el mundo iba, pero en el que nadie quería vivir.

Malasaña en los 90 | Tommy EtKamino

Para mí, Malasaña era entonces sinónimo de libertad e iniciación. El lugar en el que comprar cerveza o calimocho y sentarte en el suelo de la plaza del Dos de Mayo a ver pasar la noche. También el lugar donde tuve mis primeros contactos con el mundo de los bares y conocí a muchos de los grupos que cambiarían mi vida.

Me pusieron un cuchillo jamonero para robarme

Pero, sobre todo, el lugar donde ocurrían las cosas emocionantes: emocionante fue besar a mi primera novia en un portal de la calle Espíritu Santo. Emocionante fue cuando un tipo me puso un cuchillo jamonero en el cuello para robarme 500 pesetas. De una u otra manera, Malasaña no dejaba indiferente y era un sitio radicalmente distinto a cualquier otro.

“Recuerdo bien el impacto que me causó la primera vez que viene por aquí”, cuenta Paco, hoy propietario de la tienda de discos y sello discográfico Holy Cuervo, en el número 13 la calle Velarde.

“Me parecía imposible que se tratase de la misma ciudad en la que vivía: las calles abarrotadas de gente de todo tipo, música, ruido... En aquel momento, y teniendo en cuenta que tenía 13 o 14 años, me parecía un sitio rebosante de posibilidades, de cosas que hacer y de cosas que probar”.

Malasaña en los 90 | Tommy EtKamino

“Me parecía imposible que se tratase de la misma ciudad en la que vivía: las calles abarrotadas de gente de todo tipo, música, ruido...

Hay quien quedó prendado del encanto malasañero desde esa primera toma de contacto. “Desde que pisé Malasaña tuve claro que ese era mi sitio”, recuerda Lola, vecina del barrio desde hace 21 años. “Era la época del grunge, pero en la Malasaña de esos años reinaba el punk rock: triunfaba el look Ramoniano y el orgullo de pertenencia a esa escena y a ese barrio. Los rockeros se mezclaban con los parroquianos de toda la vida en los baretos de siempre, como El Chamizo o El Lozano, que han ido desapareciendo”.

Luego estaban, claro, los bares de copas. Y muy especialmente, los bares de rock and roll y punk que Lola recuerda con nostalgia. Del Louie Louie al No Fun. Del Más Allá al Nueva Visión, pasando por el Tupperware o La Vaca Austera, sin olvidar los clásicos que sobrevivieron a la Movida, como La Vía Láctea o el Penta. “Ahora el barrio se está convirtiendo en un enorme escaparate”, lamenta Lola. “Gran parte de los locales que le daban identidad han tenido que cerrar y han dejado sitio a negocios no pensados para residentes, sino para turistas y para un público que viene los fines de semana a dejarse ver. Hasta la Reina Letizia frecuenta el barrio”.

Echo en falta la camaradería y la comunión que existía entre los bares y su clientela”

“Obviamente ahora es un sitio muy distinto”, opina Paco. “Creo que Malasaña ha ganado más día y ha perdido noche. Me preocupa la gentrificación que se está viviendo en el barrio, pero creo que ocurre en todas partes. Malasaña es ahora un sitio menos salvaje, pero igualmente lleno de posibilidades”, sentencia.

Oscar, al que todo el mundo en el barrio conoce como Oski, es otro testigo de excepción del paso del tiempo por sus calles. Y, muy especialmente, de lo que ocurría en el interior de los bares. Trabaja en La Vía Láctea, además de tocar la batería en la banda The Imperial Surfers.

Y es difícil que pasen más de unos pocos segundos antes de que alguien se pare a saludarle. “Echo en falta la camaradería y la comunión que existía entre los bares y su clientela. Había muchísimos sitios para escuchar música, y estaban todos concentrados en unas pocas calles. Hoy todo está más desconectado y cada uno va un poco a lo suyo. El barrio ha ganado en variedad y en tipo de público, pero la gente ya no está tan interesada en la música”.

Malasaña años 90 | Tommy EtKamino

La muerte de Enrique Urquijo

En el mismo portal en el que en 1999 apareció muerto de sobredosis Enrique Urquijo, de Los Secretos, se ubica hoy un agradable espacio de coworking: Espíritu 23. El periodista Pedro Bravo es uno de sus responsables. “Como todo lo que me pasó en los 90, lo recuerdo regular”, bromea.

“Más que la nostalgia de tiempos pasados y la comparación con los nuevos, que siempre es algo que puede caer en el ‘viejunismo’, lo importante es ver los procesos económicos y cómo nos afectan. En el fondo da igual que antes la gente consumiese magdalenas y ahora cupcakes, pues los barrios y las costumbres evolucionan, afortunadamente. Lo importante es el barrio ahora. Y Malasaña, como todos los demás barrios, vive una evolución forzada a través del encarecimiento de locales comerciales y pisos”.

Los 90 no volverán a Malasaña

Ya sea por los bares de antaño y los precios de los alquileres de entonces, por el tipo de gente que frecuentaba el barrio o por las algaradas nocturnas que se montaban en sus calles, una cosa está clara: los 90 ya no volverán a Malasaña.

La rebeldía de entonces se plasma hoy en fotos de Instagram tomadas en alguno de sus rincones. Los bares grasientos dan paso a modernos cafés con ladrillo visto y precios no aptos para todos los bolsillos. Y el botellón, a centenares de terrazas que ocupan un espacio público que antes era reclamado por jóvenes y litronas.

Tal vez lo único que algunos echamos de menos de aquellos días sea precisamente eso: la juventud que, para bien o para mal, tampoco volverá.

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