TODOS SOMOS HATERS SILENCIOSOS

TODOS SOMOS HATERS SILENCIOSOS

¿Por qué seguimos cuentas que odiamos en Instagram?

Todos somos haters silenciosos, abusones de colegio en el armario que en redes sociales buceamos en todo aquello que nos hace sentir superioridad moral, vergüenza ajena o ira. Algunos hatewatchers se confiesan

Chica grabándose en Instagram Stories mientras come una pizza
Chica grabándose en Instagram Stories mientras come una pizza | iStock

NEREA PÉREZ DE LAS HERAS | Madrid | 31/10/2018

No se salva nadie, todo el mundo lo hace, tú también lo haces, yo lo hago. Por alguna razón nos resulta placentero escrutar las redes sociales de gente famosa o anónima, que conocemos en el mundo real o que no, solo en busca de los sentimientos más innobles: vergüenza ajena, desprecio, superioridad moral...

El hatewatching, ver programas de televisión solo por el placer de odiarlos, se da también en las redes sociales, sobre todo en Instagram. A través de la pantalla nos revolcamos en el lodazal del odio anónimo, somos haters silenciosos, abusones de patio de colegio en el armario, voyeurs del ridículo y la miseria. Analiza tu lista de seguidos y cuenta cuántas de esas personas tienes.

Ya sabes a lo que me refiero: influencers que ponen mensajes motivacionales debajo de fotos de ellos mismos mirando por la ventana con una taza de té en la mano, antiguas compañeras de colegio que se hacen fotos de estudio embarazadas con un arco iris dibujado en la barriga, actuales parejas de tu ex, gente que hace fotos cenitales de su ordenador y su agenda y usa el hashtag #lovemyjob. Quien no haya repasado las fotos de un gurú instahealthy tirada en la cama fumando y comiendo Doritos, que tire la primera piedra.

Yo misma he visto el adelanto del vídeo de la boda de Pelandy, la Capilla Sixtina del hatewatching, el Shoa del amor influencer, poseída por el placer - horror unas cuantas veces. Bueno, cien. Cuenta qué porcentaje de tus seguidos no te despierta ningún sentimiento positivo, ese es el espejo de tu alma, ahí tienes a tu retrato de Dorian Gray. Pero ¿qué nos lleva a revolcarnos en este lodo? ¿qué misterioso placer encontramos en seguir para detestar?

“No me aporta nada bueno, es alimentar esa sensación humanísima y cutrísima de verte mejor que alguien, porque yo lo hago desde la curiosidad indulgente. Los culebrones funcionan igual”, dice Alba, diseñadora freelance que prefiere no dar su nombre real porque sigue para odiar a gente que forma parte de su entorno analógico, la ex de un antiguo novio por ejemplo.

“Abro el instagram con la ilusión de una story ridícula de alguien que no entiendo. Tampoco es que me cebe, aunque me he encontrado con perfiles suculentos.” Alba reconoce que su menú favorito de esta comida basura virtual son los narcisistas que hacen pornografía emocional, la gente que expone sus emociones sin pudor.

“Suelo parar cuando intuyo problemas de verdad. Mi límite moral está en que esa persona esté en disposición de darse el ok a sí misma. Cuando veo fango enfermizo paro por piedad o sea, hociqueo desde la posición que me da quien se expone, que como suelen ser narcisistas pues me ponen palco”. El contacto real con las personas tras los perfiles despierta empatía, y la empatía agua la fiesta. Sin distanciamiento físico y moral, el juego no funciona. El hatewatching es como tocar una paloma muerta con un palo, requiere un equilibrio muy delicado entre la curiosidad y el asco, entre el interés y el rechazo.

Yo misma tengo muy claras mis tendencias, suelo seguir a influencers de moda y estilo de vida pijas. No me valen las influencers normales por muchos seguidores que tengan, necesito familias con fincas, tufo a antepasados franquistas, mesas de Navidad con candelabros, fotos familiares en chalés de Arturo Soria y El Viso, mucha joya de Rabat, mucho centro de mesa, hípica, un número tercermundista de hijos, ese es el charco que me interesa para chapotear en el desprecio intelectual y el rencor de clase.

Pero la autora del la cuenta de instagram @soymejorquevosotras, a la que llamaremos Diana, abre para mí las puertas de un nuevo infierno, el de las instamamis. Mujeres que hacen disfraces a mano y celebran fiestas temáticas, que se refieren a sus parejas como “el amore”, a sus hijos como “el leoncito”, “el terremoto dos” y describen sus partos como si fueran paseos por un laberinto de mirtos al atardecer. El túnel del terror de la cursilería, la autocomplacencia, el macramé y los colores pastel. El horror. El horror.

“Ellas tienen el poder de la verdad y la bonitez, son mujeres muy calmadas con mucha paz interior, si pierdes los nervios ya no estás un metro por encima del suelo. A los niños hay que acompañarles desde el amor y si el niño tiene una rabieta pues te sientas a su lado y le dices que estás ahí para quererle para siempre mientras te chilla y te escupe”, todo esto que dice Diana, por supuesto es irónico.

Ella es madre y el mundo de las instamamis le parece algo tan absurdo y artificial que ha se abrió una cuenta paródica @soymejorquevosotras básicamente para divertir a sus amigos. “El objetivo principal de la gente que somos padres y madres es que en el día a día tu hijo no se muera, luego intentas que sea buena gente y después, que tenga intereses y aficiones. Pero esta mierda artificial hace que la gente se sienta miserable y quiera copiar ese modelo irreal”.

En definitiva, se puede decir que a Diana su hatewatching le ha llevado a hacer una especie de labor social para desenmascarar la maternidad de cartón piedra que hace sentir como una mierda a las personas reales que hacen todo lo que pueden. “No se puede copiar, son fotos, así que quienes lo ven se frustran y se enganchan más a este escaparate porque el mundo real es feo”. Confiesa que mientras me está contando todo esto está haciendo una avocado toast bastante sofisticada “pero yo lo puedo hacer porque no soy gilipollas.”

Guillermo Alonso sí quiere dar su nombre real, él se ha desintoxicado un poco básicamente porque cada vez entiende todo menos y le despierta menos placer. Sus favoritas eran aquellas cuentas en la que olfateaba impostura, gente haciendo cosas que en realidad no les gustan y diciendo cosas que no sienten, ni en foto se puede disimular la insatisfacción.

“Te voy a poner un ejemplo: hay una influencer de mi ciudad natal, Pontevedra, que sale a menudo en sus fotos con un vaso de plástico de Starbucks paseado por las calles. En Pontevedra no hay Starbucks. Ha tenido que ir a por ese vaso a Vigo, a treinta kilómetros, y guardarlo, hecho un asco, para después sacarlo por las calles de Pontevedra con los restos del café ya reseco dentro".

"Todo para crear esa ilusión urbanita que es ir con un vaso de Starbucks por la calle. ¿Dónde lo dejará después de la foto? ¿Lo tira porque tiene más o guarda ese en una bolsa de plástico? ¿Y qué le dicen en su casa cuando vuelve con un vaso de plástico podrido? Eso es lo que me interesaría saber de esta gente, lo que hacen cuando vuelven a su casa, dejan la réflex y se quedan a solas consigo mismas”.

Ni los profesionales de la salud se libran de este placer culpable. Jara Pérez reconoce que a veces lo hace y especula sobre las razones de que sea una costumbre tan extendida: “Vivimos escondiendo ciertos sentimientos que no están bien vistos como la rabia o simplemente ser una zorra, dejamos salir todo eso en intimidad con nuestro móvil. Creo que la madre del cordero es que aquí nos estamos permitiendo sentir cosas que no nos permitimos sentir en las situaciones reales. Dejas pasar una movida en el trabajo y esa noche te repasas en tu cama la cuenta de la persona que más te pone los pelos de punta y descargas”.

Es común, no es sano, ni positivo, ni edificante, ni hace ningún bien a nadie, pero es un mal menor, el hatewatching al menos es una manera silenciosa, inofensiva y civilizada de desatar nuestros peores instintos.

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