El responsable de estas mejoras es el Internet de las cosas; ese que llega a los objetos para facilitarnos la vida. Digamos que tus electrodomésticos se vuelven inteligentes gracias a su conexión a Internet para que así tú tengas que preocuparte menos de tus tareas rutinarias. Su aplicación va más allá del ámbito doméstico; se está desarrollando mucho en salud y en el perfeccionamiento de las ciudades.

Lo más palpable para el común de los mortales es lo que se refiere a las tareas del hogar. Sinceramente sería un sueño hecho realidad. Aunque para qué nos vamos a engañar; las mayores beneficiarias de esta tecnología serían las mujeres. Porque sí: seguimos llevando la mayor carga de este trabajo. Y no vale el “pero es que yo ayudo... “ ¿Ayudas? Vaya, ni que tuvieses la MISMA responsabilidad. ¿Friegas los platos? Bien por ti. Pero el resto de tareas las carga otra persona. Y si eres hombre heterosexual, quien normalmente tomará la iniciativa será ella.

¿El hecho de que tu nevera sea la que se encargue de pedir al supermercado esos yogures que ya hay que reemplazar porque han caducado, supone un avance hacia la igualdad? Pues no. Y si alguna vez las máquinas llegan a sustituir a las personas a la hora de realizar todos los trabajos domésticos y de cuidados, es posible que ni siquiera estuviésemos más cerca.

La cosa es bien simple: la igualdad se logra cuando los trabajos de cuidados (desde limpiar hasta hacerse cargo de los críos, personas dependientes, y en general, todo eso que sostiene la vida sin que nadie repare en ello) dejen de estar asociados al género femenino. Es decir, que las personas que se identifican con lo masculino apechuguen de la misma manera y sin pretender “ayudar”. Que no sean solo ellas las que dejan sus trabajos para hacerse cargo de los niños o para cuidar a un familiar enfermo.

Se puede ser participativo pero no corresponsable. Y es ahí donde radica el quid de la cuestión. Además de quién dedica más tiempo a estas tareas, la igualdad tiene que ver con quién toma las decisiones sobre el hogar. Y todo eso sigue recayendo en ellas. ¿Quién sabe cuándo hay que poner una lavadora, o está pendiente de tenderla? ¿Vistes a tu hija para el colegio con la ropa que ha preparado su madre o la eliges por ti solo? Son solo algunos ejemplos que hacen ver que la carga mental de los trabajos domésticos la llevan ellas, al igual que su planificación.

Obviamente los tiempos han cambiado y son muchos más hombres los que se implican en la casa y en el cuidado. Pero no es suficiente. Y ninguna tecnología va a salvar las desigualdades si no asumimos que participar, pese a lo que nos decían en el colegio, no es lo importante. Y por supuesto esto tiene implicaciones más allá de tu casa: a mayor desequilibrio en el reparto de tareas domésticas, más se acrecienta la desigualdad en lo laboral. Y aquí ya tenemos el combo mortal.

La revolución no vendrá con la tecnología ni con el Internet de las cosas. Lo que sí supondría un gran paso hacia esa revolución serían políticas y medidas para romper el desequilibrio. Y sobre todo: que fomenten la conciliación por parte de toda la sociedad por igual.

Mola la idea de que la tecnología nos vaya quitando carga de trabajo y sirva para mejorar la vida. Para qué sino. Pero por otro lado, no deja de resultar creepy que todos los chismes de tu casa monitoricen tus movimientos: qué consumes, cada cuánto, qué preferencias tienes, horarios… Lo que viene siendo un estudio de mercado en tiempo real.