En ocasiones el azar es caprichoso: nunca permanezco en el balcón de mi casa más tiempo del necesario para fumarme un cigarrillo. Y lo habitual es que lo haga con la mirada pegada a la pantalla del móvil, siguiendo una absurda discusión de Twitter o perdiendo el tiempo con algún juego. Pero aquel día me dio por otear las calles de mi barrio durante un rato.

A lo lejos, en una de las avenidas principales, divisé a un perro. Era un galgo de color canela, y corría a toda velocidad por la acera ante la indiferencia de los viandantes. No parecía ir con nadie, y nadie parecía llamarle.

Los que compartimos vida y espacio con animales de esta raza sabemos que es difícil verlos pasear sueltos más allá del parque. También, que dada la velocidad a la que corren (hasta 60 kilómetros por hora) lo último que les preocupa es la posibilidad de que venga algún coche si deciden cruzar la calle. No había duda de que se había perdido.

Bajé a la calle y traté de alcanzarlo durante un rato, sin éxito. Me pasé la tarde buscándolo por el barrio. Primero a pie, después en coche. Movilicé a mis amigos. Avisé a la Policía. Hice todo lo que había hecho años atrás cuando, tras ser mordido por otro perro, el mío corrió despavorido en dirección a casa. Fue dramático: por el camino le atropellaron al menos dos coches, lo que lo desorientó por completo, y apareció casi tres horas después a varios kilómetros de allí, en el Parque del Retiro. Estaba en un estado deplorable y sobrevivió de milagro.

Aquel galgo atigrado no apareció a las tres horas, aunque su historia también tuvo un final feliz: lo encontraron dos días después agazapado tras un coche en un parking de la estación de Atocha. Exhausto pero intacto. Un auténtico milagro. Después me enteré de que se llamaba Patas, que había abierto la puerta de su casa mientras estaba solo y que algún vecino con pocas luces le había abierto la puerta del portal.

Hay pocas sensaciones más desesperantes que perder a un animal que es parte de tu familia. Y sin embargo, cuando esto ocurre conviene no perder la calma y actuar con frialdad.

“Los primeros momentos siempre son de confusión”, cuenta Carlos Rodríguez, presentador del programa de radio “Como el perro y el gato”, de Onda Cero. “Lo más inmediato es barrer la zona en que se pueda encontrar el animal, informar a la clínica veterinaria que lo trate habitualmente y a otras de la zona, así como a las protectoras. También, por supuesto, mover el caso en las redes sociales. Si se decide poner carteles por El Barrio se desaconseja ofrecer recompensas, ya que suelen ser un incentivo para el robo o el secuestro de animales de compañía”, apunta.

Fueron precisamente las redes sociales las que contribuyeron a que apareciera Patas. Un ejército de personas se movilizó a través del grupo de Facebook “Perros perdidos y encontrados Madrid”, informando de su ubicación cuando alguien creía haberlo visto, haciendo correr la voz y poniendo en alerta a todo un ejército de amantes de los perros repartidos por toda la ciudad.

Álvaro Sánchez es uno de los fundadores y administradores del grupo, que cuenta con más de 7.400 miembros. “La página se puso en marcha en 2011, precisamente por la necesidad de querer difundir el caso de un perro que me encontré”, cuenta.

La cosa no tardo en crecer. “Tenemos alrededor de 200 publicaciones y una media de 2.500 comentarios al mes. Eso nos da una idea de la dimensión del problema al que nos enfrentamos”, denuncia. La idea ha triunfado hasta el punto de que han ido apareciendo otras páginas de nombres similares centradas en otras zonas de España.

“El grupo me hizo darme cuenta de que hay muchísima gente implicada a la hora de ayudar: la relación de la gente suele ser muy rápida. Todo el mundo está dispuesto a arrimar el hombro”, cuenta Álvaro. Así es.

Más allá de la angustia con que los humanos vivimos una situación como esta, cabe preguntarse cómo lo percibe el propio animal. “Es difícil ponerse en su piel”, reconoce Carlos Rodríguez, “pero valoremos diversas posibilidades: si el animal ha escapado “voluntariamente”, por su interés en conocer algo más que la casa en la que vive, las zonas por las que habitualmente pasea o por sus instintos sexuales… el animal tendrá un periodo en el que no experimentará sensaciones desagradables: al contrario. El problema en estos casos se da cuando, por diversas causas (accidentes, peleas, agresiones de humanos, desorientación…) no son capaces de retornar al punto del que salieron”.

La cosa se complica si el perro ha desaparecido por accidente. Uno muy común es el miedo y la necesidad de huir que en muchos de ellos provocan los ruidos como, por ejemplo, los petardos. “Ese estrés acompaña al animal desde el primer momento, lo que complica enormemente la búsqueda”, apunta Rodríguez.

El responsable de “Como el perro y el gato” arroja un último dato para el optimismo: “En la mayoría de los casos, los animales desaparecidos suelen encontrarse en zonas no muy alejadas del punto de partida. Incluso son muchas las ocasiones en las que, habiéndose dado por perdidos algunos animales por el tiempo transcurrido desde su desaparición, han acabado volviendo. Es lógico pensar en tirar la toalla, pero cuando desaparece un animal siempre debemos mantener la esperanza”.