El testimonio de un afectado

El testimonio de un afectado

¿Qué hacer si unos okupas montan un narcopiso en tu edificio?

Los narcopisos parecen agua pasada, de esas ciudades decadentes de los 80 o de zonas suburbiales del extra-radio. Sin embargo, en el centro de las grandes ciudades de hoy siguen existiendo. Son pisos ocupados por yonkis o camellos donde la gente va a comprar droga y a metérsela.

Malasaña
Malasaña | Madrid
DAVID NAVARRO
 Madrid | 12/04/2019

Hablamos con Paco, que vive en un barrio de moda, caro y gentrificado de una ciudad española. No vamos a dar muchos datos personales que permitan identificar su caso porque, y sin ánimo de hacer spoiler, esta historia acaba con un acto ilegal y sorprendente. Así que te digo desde ya que Paco no es su nombre real.

Paco vivía en un primero, bajo su casa había un local comercial que hacía bastante tiempo que había quedado sin actividad. Los okupas consiguieron hacerse con el truco del cierre metálico y empezaron a poner ahí su sede. La gente empezó a entrar y salir a todas horas del día.

Imagina el ruido que hace un cierre de una tienda, uno viejo y pesado, de un modelo viejuno y manual. El ruido es ensordecedor, porque estas vergas están diseñadas para abrirse por la mañana y cerrarse por la noche. Sin embargo, bajo la casa de Paco este sonido metálico de “desplome” se oía a todas horas.

A este narcopiso de una zona de moda venía a comprar y colocarse gente de todo tipo, desde yonkis con facilidad para sacar la navaja hasta tipos trajeados. “Venía gente con mucho mono y se ponían a aporrear la verja, a gritar, había peleas muy violentas cada 5 minutos y escuchábamos sus alucinaciones y sus gritos tras colocarse dentro del local.

Imagina intentar dormir con un montón de gente debajo justo de tu cama pegándose, amenazando con matar a alguien, rompiendo cristales contra las paredes, o con alguien con mono dando alaridos toda la noche y diciendo que se va suicidar porque ya no quiere vivir”, recuerda Paco, que vive en este piso como propietario, con una hipoteca a varias décadas y una reforma recién terminada cuando su vida se convirtió en una pesadilla.

Si vas a salir a la calle, llama antes a la policía

Además del ruido y los gritos de peleas y amenazas, esto genera una sensación de tremenda inseguridad. Lo que hay abajo no es una broma. Varias veces al día llaman a tu puerta desde el telefonillo, vienen a con el mono y no se plantean si a donde van es un local o un piso, y llaman a todo lo que parece un botón. También llaman cuando se van, y van tan ciegos que no saben si el telefonillo es para subir o para bajar.

No es fácil salir o entrar al portal porque sabes que están en la puerta, y no solo lo sabes por el ruido, los olores también suben. Muy a menudo la única forma de salir de casa (o entrar) es llamar a la policía, pero para ello tienes que hacerlo con tiempo, calculando lo que puede tardar la policía en llegar y desalojarlos.

“Un día a las 10:00, tras una noche sin dormir y habiéndose presentado la policía 5 veces por llamadas de todos los vecinos, al salir de casa, me encontré con uno de los que vendían droga en el local. Me miró, me reconoció como uno de los vecinos que había llamado a la policía y rompió una litrona de cerveza contra una papelera y me la enseñó amenazándome”, recuerda Paco.

¿Resignarte a vivir en una pesadilla?

La policía informó a los vecinos de que ante esta situación no es fácil actuar, porque los dueños del local no han puesto una denuncia. Los propietarios estaban avisados pero están a otras cosas, lo que le pasara al local parecía no importarles. Se acercaba el invierno y en una de las visitas de la policía avisaron a los vecinos de que estuvieran atentos, cuando hace frío la forma más barata de calentarse es hacer un fuego dentro de la casa, y teniendo en cuenta que dentro no había corriente eléctrica, parece la única forma.

“Ya no nos atrevíamos ni siquiera a dejar al perro solo en casa porque si había fuego, cosa que parecía por la policía más que probable, tú al menos, puedes tener capacidad de reacción y salir de casa, pero el perro, no”, explica Paco.

La vida de Paco y de su pareja era una pesadilla. “No podíamos abrir las ventanas para ventilar porque el olor era nauseabundo, no se podía trabajar en casa, no se podía ver una película, y mucho menos, dormir porque por la noche la cosa empeoraba. Bueno, para que te hagas una idea, no podíamos ni asomarnos al balcón porque nos insultaban y lanzaban cosas. Y cada día era peor, cada vez, venía más y más gente al local”, explica Paco.

Todos los días los vecinos del edificio llamaban a la policía una media de 10 veces, siempre con motivo. La policía trataba de poner orden y se iba resignada sabiendo que dentro de un par de horas volverían a recibir el aviso de regresar.

Los vecinos sí podían hacer algo, denunciar, y lo hicieron, pero la policía les explicó que hasta que se cursara la denuncia y se hiciera efectiva una sentencia de un juez, podrían pasar entre un año y medio a dos años. Y mientras tanto la única forma de seguir viviendo “normalmente” era llamar al 112 a cada rato. La policía lo sabía, puso todo de su parte para venir siempre y cuanto antes, y avisó a los vecinos: cuidado porque son muy agresivos.

La forma de quitarse de encima el narcopiso fue un secreto dado por la policía

Como los policías que iban a la casa casi siempre eran los mismos, acabaron por entablar cierta relación de complicidad con los vecinos, y conscientes del infierno en el que estaban, les dijeron de hurtadillas algo que tal vez podrían hacer, forzar que la policía les desalojara momentáneamente, lo que se debe hacer como una petición de la comunidad de vecinos en una junta extraordinaria. Y mientras la policía hacía la vista gorda… había que conseguir tapiar el local. Pero claro, todo esto en secreto.

“Finalmente, los vecinos nos organizamos. La policía desalojó el local en una de las múltiples llamadas y los vecinos de toda la calle nos pusimos en la puerta para no dejarles entrar, mientras que unos albañiles compinchados tapiaban el local con ladrillos y cemento que teníamos ya preparados”, recuerda Paco.

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