¿Cuándo fue la última vez que te sentaste en un banco cerca de tu casa?

¿Cuándo fue la última vez que te sentaste en un banco cerca de tu casa?

Que me digan dónde está el espacio público de mi ciudad porque yo no lo encuentro

Cada mañana, la vida de la calle me llega por la ventana. Desde las siete y media que abre la panadería, la gente va saliendo poco a poco para comprar el pan del desayuno. Cuando avanza la mañana, el ritmo se acelera y la gente comienza a hacer los mandados del día en los comercios locales: no falta la frutería, pescadería o mercería donde se construye la cotidianidad del barrio. Sin embargo, lo que parecen ser animales mitológicos son los bancos en los que poder sentarte en cualquier plaza o calle.

Pues nos drogamos
Pues nos drogamos | Agencias

GEMA VALENCIA | @gemabunda | SEVILLA | 23/02/2018

Ahí es cuando no puedo evitar pensar en mi etapa adolescente. Buscábamos rincones donde poder sentarnos a ver pasar el tiempo. Tratábamos de explorar los límites de nuestro barrio para escapar de la mirada controladora de nuestros padres. Solíamos ir a algunas plazas o buscábamos algún “banquito” en el que ver pasar la tarde. Ahora, no paro de preguntarme ¿dónde van a echar el rato los adolescentes?

En aquel entonces no era demasiado difícil encontrar un sitio en el que refugiarse; en cambio, en la actualidad la permanencia o no en el espacio público está muy mediada por el consumo: terrazas de bares, mercados, ferias… Y reconozcámoslo: a esa edad el dinero que tienes roza el cero.

Habitualmente el espacio público ha servido de lugar de encuentro entre la población. Eran sitios donde se tejían las redes vecinales, las relaciones afectivas y de apoyo entre los diversos habitantes de un barrio; donde las vecinas se sentaban al sol durante horas para hablar o tejer, y donde los adolescentes jugaban a conocerse en su creciente ganada independencia. Y eran lugares donde las personas dejaban de ser una simple suma de individuos para convertirse en una colectividad llena de singularidades; un sitio físico donde se gestaba la ciudadanía.

Es triste hablar en pasado pero es una realidad que cobra fuerza. Cada vez menos espacios conservan esa función; ahora se prioriza el desplazamiento, el tránsito de las personas de un lugar a otro frente a su permanencia en ellos. Las calles, el espacio público, y en definitiva, la ciudad, son reflejo de la sociedad en la que vivimos. Y por desgracia en ella se relega la parte relacional de la población y la capacidad de encuentro.

Ya no es solo que esta parte de la vida quede arrinconada en nuestras plazas, es que las aceras pueden impedir el acceso a aquellas personas que poseen una movilidad más reducida, e incluso puede hacer que la noche sea más dura para unas que para otros cuando la iluminación de las calles es deficiente. Es decir, el espacio público no solo nos expulsa de él sino que puede llegar a ser excluyente.

Sin embargo, aún quedan algunos vestigios de lo que una vez fueron y en los que muchos adolescentes logran encontrar refugio. En mi barrio, hay determinadas zonas donde los bancos se alternan con los jardines semipúblicos de las comunidades. Muchos jóvenes recurren a ellos para reunirse, para pasar el rato y hacer vida en común. Lo curioso es que esto no es siempre bien visto por el resto de vecinos que residen en los alrededores.

Piénsalo: ¿no resulta extraño ver a personas sentadas sin una mesa por delante y sin hacer nada más que charlar o escuchar música en medio de la calle? Al final solo pone en evidencia la falta de costumbre que tenemos de convivir entre nosotros. Y lo que podría ser una oportunidad para el encuentro se convierte en una fuente de conflictos donde se trata de imponer el bienestar de unos frente a los de otros. Sin un término medio.

Al final acabarán quitando esos bancos. No es la primera vez que lo veo. Paradójicamente, cuanto más se usan, más quejas producen. En muchas ocasiones la forma de vida de los jóvenes choca con las de una población cada vez más envejecida.

Y seguirán iluminando a medias las calles, y seguiremos volviendo con miedo a casa. Porque nuestro lugar está en el ámbito privado, o en los lugares productivos o de consumo. ¿Lugares a caballo entre ambos? ¿Lugares de encuentro en los que reconocernos? ¿Espacios que generen ciudadanía? Ya veremos. Quizás solo nos quede la Red. O ni eso.

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