PON UN VEGANO EN NAVIDAD

PON UN VEGANO EN NAVIDAD

¿Qué comes? ¿Césped?: Las peores cosas que tiene que aguantar un vegano en Navidad (y todo el año)

Si consideras que estas fiestas son un tostón insoportable, especialmente cuando se trata de sentarte a la mesa con tu familia o compañeros de trabajo, pregúntale a un vegano. Te voy a contar las peores cosas que tiene que soportar por estas fechas (y todo el año).

Veganos en Navidad
Veganos en Navidad | Agencias

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | Actualizado el 01/08/2018 a las 16:47 horas

Es un hecho: el veganismo crece de manera imparable. Así lo demuestran los datos, aunque basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para darse cuenta de que las opciones veganas se han multiplicado, y no sólo a la hora de comer. Al fin y al cabo, el veganismo no es una dieta, sino una postura ética que rechaza cualquier forma de explotación animal.

Parte de la culpa de ese crecimiento la tienen fenómenos virales como los documentales Earthlings, Cowspiracy, Empatía o, más recientemente, Matadero, así como la gran cantidad de información y concienciación sobre la situación de los animales y las consecuencias medioambientales de su consumo. También el hecho de que un número cada vez mayor de personas de la esfera pública, desde actores y actrices hasta deportistas de élite, den a conocer su condición de veganos.

A contracorriente

Hace seis años que me hice vegetariano. Tras una larga temporada, di el paso al veganismo. Y debo decir que me resultó mucho más sencillo de lo que pensaba: más allá de cambiar determinados hábitos, no supuso trauma alguno. Al contrario: fue como quitarse de encima un peso que llevaba tiempo cargando. Quizá porque, en el fondo, era consciente de que mi forma de pensar chocaba frontalmente con mi manera de vivir. Tenía amigos veganos en mi entorno y a mi familia le pareció perfectamente respetable, lo que aún allanó más el terreno. Hoy por hoy, sigo convencido de que es una de las mejores decisiones que he tomado nunca.

Pero ser vegano no siempre es fácil: se calcula que cualquier ciudadano recibe unos 3.000 impactos publicitarios al día, buena parte de los cuales entran en conflicto directo con la filosofía de una persona vegana. Cosas en las que antes no habías reparado, ya fuera por esa capacidad que todos tenemos de mirar hacia otro lado ante determinadas injusticias por una mera cuestión de supervivencia, te golpean con mayor dureza.

De pronto empiezas a darte cuenta de que a la hora de hacer planes sociales, como salir a comer fuera, tus opciones son limitadas. Y especialmente durante los primeros meses, te ves obligado a contestar una y otra vez a las mismas preguntas.

La curiosidad que despierta el veganismo es comprensible. Al fin y al cabo se trata de una manera de vivir que va en contra de lo que se nos ha dicho siempre que debemos hacer: entender que los animales son recursos de los que podemos disponer para comer, vestirnos o divertirnos. Pero ese interés no va siempre de la mano de la comprensión. Es más: a menudo roza la hostilidad. Porque digámoslo claro: hay gente a la que le escuece que haya veganos. Prueba de ello son la cantidad de burlas y ataques que reciben a diario, tanto en la vida real como -no digamos- tras el anonimato de Internet.

Y es que la mayoría de la gente entiende que ensañarse con un toro en una plaza o abandonar a un perro en una cuneta son cosas innecesariamente crueles. Pero, amigo: con las cosas de comer no se juega. Y así, de poco sirve hablar de explotación animal, cambio climático o huella hídrica. No sirve recordar que para producir un filete hacen falta 7.000 litros de agua, según datos de la ONU, o que la ganadería es responsable de un mayor número de emisiones de CO2 que todo el transporte junto, tal y como apunta la FAO. Tampoco poner sobre la mesa que el 80% de la deforestación del Amazonas esta relacionada con la ganadería, según el Banco Mundial. “Es que está muy bueno” es la respuesta habitual. Fin de la discusión.

Tal y como dijo en una ocasión un célebre nutricionista, “es más difícil que la gente cambie su manera de alimentarse que su religión”. Y no le faltaba razón: si crees que hay personas con la piel muy fina respecto a su dios, ni imaginas la que vas a liar si osas poner en entredicho otros sacrosantos pilares de la cultura ibérica como el jamón serrano, el cordero lechal o el entrecot al cabrales. Incluso aunque no seas tú quien ha sacado el tema, te va a caer la del pulpo: para el carnívoro orgulloso acabas de abrir la caja de Pandora.

La confianza da asco

Entre las muchas y muy variadas pruebas de fuego que tiene que pasar cualquier vegano a lo largo de su vida, la Navidad se lleva la palma. Más duro que examinar cuidadosamente la etiqueta de cualquier producto que compres va a ser ese momento en el que tu primo, tío, cuñado o compañero de trabajo con el que coincides en la cena de empresa se encuentren en su salsa para interpelar a su primo, sobrino o compañero, “ese hippy que come cosas raras”.

“Al hacerme vegana, lo primero que pensé fue: ¿Cómo se lo voy a explicar a mi familia en la cena de Navidad? ¡Me va a tocar dar un millón de explicaciones!”, me contaba hace poco, con cierta angustia, una amiga que dio el paso al veganismo este mismo año. Es triste que esa fuera su mayor preocupación, pero no resulta extraño. Cuando hace años dejé de comer animales y en una de mis primera visitas a un restaurante en estas mismas fechas traté de explicárselo al camarero, éste acabó espetándome con sorna una frase que aún recuerdo.

“¿Pero tú qué comes? ¿Césped?”. Al parecer no conocía que existe un inmenso abanico gastronómico más allá de los productos de origen animal, así que sólo acerté a sonreír y a decirle: “eso es: césped de primero. Y de segundo, alpiste”.

Cuando se trata de la familia, ya se sabe: la confianza da asco. A los clásicos “no sabes lo que te pierdes” o “prueba un poco, que no te va a pasar nada” (como si los veganos jamás hubiéramos catado producto animal alguno) se une el desconocimiento, aún muy extendido, de lo que es el veganismo.

“Pues no estás muy delgado para ser vegano”, me han dejado caer en alguna ocasión, como si serlo fuera incompatible con beber cantidades industriales de cerveza o inflarse de macarrones, dos prácticas muy habituales en mi caso. “¿Y las proteínas? ¿De dónde las sacas? Seguro que te faltan”, aseguró con suficiencia una cuñada durante una Nochebuena. De poco sirvió explicarle que los frutos secos o las legumbres tienen incluso más proteínas que la carne. Y que quizá debería preocuparse más por las hamburguesas de una conocida multinacional de comida basura que se aprieta su hijo tres veces por semana.

En ese sentido, resulta curioso hasta qué punto está arraigada la falsa premisa de que no podemos vivir sin carne, pescado, huevos y lácteos. Incluso entre supuestos profesionales de la salud. “A los veganos habría que quitarles el derecho a la seguridad social”, me comentó en una ocasión mi médico de cabecera mientras examinaba mis análisis de sangre. Un tipo majo y empático. “Si se quieren joder la vida, como los fumadores, allá ellos”.

Por supuesto, y afortunadamente, no le había dicho que yo lo era. No hace falta decir que los análisis estaban perfectos, como los de la gran mayoría de veganos que conozco.

La isla desierta

Si algo me llama la atención en las sobremesas navideñas son los casos hipotéticos y delirantes que salen a colación. Entre ellos, mi preferido es el de “¿Y si estuvieras en una isla desierta? ¿Comerías carne?”. Veamos. Dada la inverosímil situación de un naufragio al estilo Perdidos (y el más difícil todavía: que en esa isla no hubiera vegetal alguno pero sí animales para comer), entonces sí: no me quedaría otra opción y comería carne. Tú ganas: puedes esbozar una sonrisa de satisfacción. Aunque si estuvieras tú también en esa isla igual preferiría cocinarte a ti. Por brasas.

Otro clásico: “Tú también matas animales, aunque sea sin querer. Por lo tanto, eres igual que yo”. Este argumento, al menos, parte de la premisa de que matar animales es éticamente reprochable, lo que ya supone un paso. Pero claro: hay diferencias sustanciales entre los insectos que se estampan accidentalmente contra el parabrisas de mi coche o la hormiga que piso sin querer y el trozo de animal que te estás metiendo entre pecho y espalda tras toda una vida de confinamiento y explotación. Que igual son cosas mías, oye.

Y el último: “pues anda que no contribuye a la deforestación la soja y esas cosas que coméis los veganos”. Si me dieran un euro por cada vez que he explicado que, tal y como indicó en su día Greenpeace, el 80% de la producción mundial de soja se emplea en la producción de piensos para animales destinados al consumo humano, hoy en día sería multimillonario.

En las cenas de Navidad llega un momento en que, especialmente si ha habido vino y copas de por medio, la cosa puede derivar en terrenos algo más resbaladizos. Y cuando se está patinando sobre ellos, aparece súbitamente una frase legendaria.

“Los veganos os creéis moralmente superiores”. En este punto, y a modo de conclusión, conviene dejarlo claro: no, no lo somos. Precisamente porque no nos creemos superiores a ningún animal no nos arrogamos el derecho a pagar para que otro lo mate y poder comérnoslo. Y si me apuras, si uno cree en toda esta cosa de la paz y el amor que tanto se pregona en estas fechas tan señaladas, con más motivo aún.

Así que amigos, cuñados, primos, tíos, compañeros de trabajo: dejemos tranquilos a los veganos. Al fin y al cabo están intentando hacer algo que a todas luces parece positivo: vivir intentando joder lo menos posible a los demás.

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