‘Antifa’, del historiador Mark Bray

‘Antifa’, del historiador Mark Bray

¿Qué es el antifascismo ahora?: Antifas y nazis de corbata

Brotes de extrema derecha van apareciendo en diferentes países y calentando, a su vez, la actividad puramente fascista. ‘Antifa’, del historiador Mark Bray, es una historia, una radiografía y un manual para el antifascista contemporáneo. El potencial del fascismo suele ser subestimado hasta que ya es demasiado tarde, por ello conviene permanecer alerta.

Donald Trump y Pepe, la Rana
Donald Trump y Pepe, la Rana | Agencias

SERGIO C. FANJUL | @txepeligro | Madrid | 07/11/2018

El supremacista blanco Richard Spencer, un día después de la toma posesión de Donald Trump, en enero de 2017, estaba dando una entrevista televisiva en plena calle (explicando, concretamente, quién era la rana Pepe, protagonista de numerosos memes entre electorado trumpista) cuando un militante antifascista apareció de la nada y le propinó un buen puñetazo ante las cámaras.

Parece un asunto banal, pero pronto se viralizó en las redes y hasta llegó a ‘The New York Times’ (donde se preguntaban si es lícito “pegar a un nazi”). El líder Richard Spencer, y otros neonazis, pusieron el grito en el cielo (literal y metafóricamente) y se lo volvieron a pensar antes de comparecer en público tan tranquilamente. Para el historiador Mark Bray, autor del libro ‘Antifa. Manuel de antifascismo’ (Capitán Swing) este hecho es un hito ilustrativo del antifascismo más reciente.

‘Antifa’ es un libro de urgencia escrito en respuesta a la ola de extemoderechismo que parece ir creciendo sobre el planeta. En Europa son no pocas las opciones de este tipo que han alcanzado relevancia política, como es el caso del Frente Nacional en Francia, el Ukip en Reino Unido o Amanecer dorado en Grecia, entre otros casos como Polonia, Suecia o la Hungría de Viktor Orbán.

En España también tenemos nuestro brote de extrema derecha particular, como es el caso de Vox que ha logrado, por lo menos, llenar la plaza de toros de Vista Alegre, Madrid, con su discurso nacionalista, machista y xenófobo. En Estados Unidos gobierna el populismo de derechas de Trump, al que le ha salido un hermano incluso más virulento en el Brasil de Jair Bolsonaro. Es difícil definir lo que es fascismo, pero, en todo caso, el auge de la extrema derecha también promueve el borboteo de las alcantarillas fascistas.

El término ‘fascista’, de hecho, se usa de forma bastante aleatoria para desacreditar a adversarios políticos, lo que puede provocar una devaluación de la palabra. “Por supuesto, hay un elemento hiperbólico en el uso del término ‘fascista’ en muchos contextos”, responde Bray a Tribus Ocultas, “lo que muestra que, en muchos casos, la palabra se usa más para significar una noción amplia de autoritarismo que la historia específica del fascismo”.

Para Bray es importante entender exactamente qué es y qué ha sido el fascismo y en qué se diferencia de otras tendencias de la política de extrema derecha. “Creo que es importante ser precisos en nuestro análisis histórico y al mismo tiempo estar sintonizados con el poder del término ‘fascista’ para hacer sonar la alarma sobre una gama mucho más amplia de autoritarismo y política de extrema derecha”.

En el otro lado, Bray considera el antifascismo una postura política por derecho propio y busca sus semillas incluso antes del nacimiento del fascismo: en ciertos fenómenos tras la Revolución Francesa o en los movimientos de oposición al Ku Kux Klan, a finales del XIX. Los primeros antifascistas propiamente dichos serían los ‘Arditi del Popolo’ italianos, de raigambre izquierdista, que se enfrentarían a los ‘Fascios di Combattimento’ de Mussolini, que ejercían la violencia contra trabajadores e izquierdistas en los años 30.

Tras la Segunda Guerra Mundial el antifascismo (una de sus canciones, himno de los partisanos italianos, fue el ‘Bella ciao’, que una serie de televisión española ha rescatado recientemente) declina y se acerca a los mundos contraculturales, okupas, autónomos, etc, incluso a subculturas como la punk y la skinhead.

Aunque el público en general ha asociado la imagen del skinhead al neonazi (sobre todo por el repunte de la actividad skinhead nazi en España en los años 90), lo cierto es que nació de los trabajadores inmigrantes jamaicanos negros que llegaron a Reino Unido en los años 70, unidos a la música ska o rocksteady. Posteriormente, la figura del skinhead fue pirateada por el National Front de extrema derecha, y de ahí su deriva hasta la actualidad.

¿Es un problema la relación con estas subculturas a la hora de llevar el antifascismo a las masas? “Algunas líneas de pensamiento de la izquierda defienden el glamour de un sujeto izquierdo homogeneizado imaginado”, dice Bray, “pero para combatir el fascismo debemos combatirlo en cada comunidad, espacio público y subcultura que intente establecerse. Eso incluye el punk y muchos otros”. Para el autor, si solo los punks resisten al fascismo entonces estamos en problemas, en parte porque los no punks se sentirán marginados o alienados. “Pero para mí”, continua, “la respuesta no es decirles a los punks que dejen de ser punks, sino que se organicen en muchos espacios diferentes con diferentes comunidades”.

En España la apropiación de elementos contraculturales por la extremaderecha es evidente en casos como el del Hogar Social Madrid, que ofrece ayuda social a las personas más necesitadas, aunque exclusivamente españolas, y ya lleva varias okupaciones en cadena en diferentes barrios de la ciudad de Madrid. Su líder, Melissa Domínguez, luce pelo teñido, piercings y tatuajes: no se parece mucho a un falangista camisa vieja.

La actividad de los grupos antifascistas incluye la propaganda y la monitorización de los fascistas. Una práctica longeva, aunque revitalizada gracias a las nuevas tecnologías, es la llamada doxxing, es decir, la identificación de los fascistas y su denuncia pública. Algunas de estas personas -no todas- llevan su militancia en secreto y pueden ser puestas en evidencia ante sus familiares o sus jefes. Otra importante actividad de los grupos antifascistas, sobre todo de los que forman black blocks (bloques negros, que tuvieron bastante presencia en los medios durante las protestas antiglobalización del cambio de siglo), es la “oposición física” a los fascistas, hasta llegar a la violencia.

Los black blocks, como su nombre indica, visten de negro impoluto, encapuchados, y no dudan en iniciar disturbios y enfrentarse a los fascistas (o a la policía) si lo consideran necesario. Se trata de reventar manifestaciones y actos callejeros neonazis o extremoderechistas para evitar su proliferación. Hay casos de éxito: en un reportaje de la serie Vice sobre black blocks en Estados Unidos se narra como la oposición de grupúsculos antifa consiguió la erradicación de eventos de extrema derecha en Filadelfia.

Este tipo de actividad antifascista es controvertida, por el propio uso de la violencia y por el ataque a la libertad de expresión de los fascistas. Para los antifascistas todo esto está justificado: no hay problema en usar cierta violencia para evitar la mayor violencia de los más violentos. Respecto a la libertad de expresión, se considera que la ideología del odio nazi y fascista no merece tal libertad.

Los antifascistas piensan que están conteniendo continuamente a una hidra que puede crecer descomunalmente en el momento menos insospechado, con consecuencias nefastas. “Como movimiento de autodefensa, la violencia es absolutamente esencial dada la naturaleza intrínsecamente violenta del fascismo en la historia y en la actualidad”, explica Bray a este medio, “vienen a matarnos y siempre lo harán hasta que eliminemos los factores sociales y económicos que continuamente dan lugar al renacimiento del fascismo”.

Como señala Mark Bray en su libro el triunfo del fascismo siempre partió de grupúsculos muy pequeños, en principio inofensivos, y siempre se consiguió por cauces legales o incluso democráticos. Cuando Mussolini llegó con su Marcha de Hierro a Roma ya estaba contemplada su participación en el gobierno, Hitler ganó las elecciones.

La izquierda ha subestimado repetidamente el potencial fascista. Por razones como esta hay que estar alerta ante la menor señal de infección social. Hoy en día, además, el fascismo se camufla en los movimientos populistas de derechas, con el riesgo de llegar a sectores más amplios de la sociedad (el llamado fascismo ‘banal’, integrado en el discurso popular); mientras que la imagen militarizada o del skinhead nazi suelen abandonarse: aparecen los que Bray llama “nazis con corbata”.

En el extremo antifascista se encuentran grupos como Redneck Revolt, fundado en Kansas en 2009 como reacción al nacimiento del Tea Party, que trata de dignificar un término, redneck, que se suele utilizar para insultar a los trabajadores blancos del centro de los Estados Unidos. De hecho, su objetivo es reclutar a obreros blancos (aunque también hay miembros de otras razas), apartarlos del derechismo y convertirlos en luchadores contra el supremacismo.

La particularidad de este grupo es que trata de rescatar el uso de las armas, tradicionalmente muy del gusto de la derecha, para la izquierda. No dudan en entrenarse en campos de tiro y presentarse con sus rifles y un pañuelo rojo al cuello en los actos antifascistas, cosa que no es el gusto de toda la militancia.

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