Al fotógrafo Nicholas Chinardet, por ejemplo, es un término que no le gusta nada. Tampoco homosexual. “Creo que ‘homosexual’ suena un tanto cínico, y mucha gente lo usa en un sentido peyorativo”, declaraba hace unos días a la BBC.

“Gay tiene asociado un determinado estilo de vida en el que no me reconozco miembro”. Nicholas es un fotógrafo de discotecas, pero dice que no reúne los clichés que suelen vincularse a la escena gay. Ni le gusta salir de fiesta, ni ir de compras. Por eso, a principios de la década pasada, inventó una palabra que designara la atracción de un hombre por otro: ‘androphile’ (andrófilo), a partir del prefijo ‘andro’ (hombre), y ‘phile’ (amor).

Tampoco es que Chinardet inventase la pólvora. Con el apogeo de las revistas tipo ‘beefcake’ en los cincuenta y sesenta, ya se intentó dignificar la homosexualidad asociándola a la gimnasia y, a través de esta, a la Antigua Grecia. Lo que era bueno para los griegos, era bueno también entonces, venían a decir. Que de maricón, nada, vaya.

Lo mismo sucedió en el círculo de Oscar Wilde en la época victoriana. Después, en la década de los 70 y en pleno auge del activismo ‘queer’ tras los disturbios de Stonewall, la palabra “gay” se popularizó y es la que ha durado hasta nuestros días. Andrófilo podría ser simplemente una más.

Un término en manos de la ultraderecha o el alt-right

El problema es que, en 2006, el ultraderechista Jack Donovan la usó la para titular su polémico libro: ‘Androphilia: Manifiesto Rejecting the Gay Identity, Reclaiming Masculinity’ (en castellano, ‘Manifiesto rechazando la identidad gay y reivindicando la masculinidad’).

Desde entonces, la palabra ‘androfilia’ se ha convertido en la etiqueta que eligen para auto designarse mucho gays de extrema derecha. “No soy gay porque la palabra gay connota mucho más que el deseo por el mismo sexo”, escribe Donovan en su manifiesto.

“La palabra gay describe un completo movimiento cultural y político que promociona el feminismo anti-hombres, el victimismo, y las políticas de izquierda. […] La cultura gay abraza y promociona la feminidad. El término hombre gay implica feminidad. […] No soy gay. Si alguna vez fui miembro de la comunidad gay, doy por terminado esa membresía”, sigue el manifiesto andrófilo. “Lo gay está muerto. O al menos está muerto para mí. Solo soy un hombre que ama a los hombres. Soy un andrófilo”, concluye.

Basta un vistazo a las aplicaciones de ligoteo gay como Grindr o Tindr para ver que el fondo del pensamiento de Donovan trasciende al término acuñado por Chinardet.

“Abstenerse gente con pluma”, leemos en un perfil. “Solo chicos masculinos”, se pide en otro. Tampoco es extraño que se rechace abiertamente a los latinos (la de “No latinos” es una frase recurrente en Grindr) o, por ejemplo, a los asiáticos. Puede parecer el colmo, pero lo cierto es que a menudo la comunidad gay se muestra racista, machista, e incluso homófoba.

En su entrevista en la BBC, Nicholas Chinardet dice no comulgar con la ideología de Donovan y está planteándose abandonar la androfilia. Tal vez invente una palabra nueva. Por desgracia, el vocabulario es mucho más limitado que la mala uva.