A diferencia de otras necesidades humanas, se trata el sexo de manera diferente. Nadie piensa que las personas “crean edificios o cocinan” por intuición, pero todavía persisten voces que nos presuponen una destreza y conocimiento de la sexualidad, fisiología y cuerpo aún sin recibir una educación sexual integral, adaptada a la edad y continua.

El mito presume de excelente salud y muchas personas creen que el hecho de tener un buen resultado sexual depende de si existe amor o si se trata de la persona adecuada.

Petrificadas en este mundo de fantasía, las personas adultas creemos saberlo todo sobre la experiencia erótica. Posiblemente gran parte conoce la sexualidad a efectos prácticos. Esto quiere decir que sabe utilizar los métodos anticonceptivos, por ejemplo o que entiende que el consentimiento sexual es una colaboración activa con la otra persona basada en la información, la libertad, la conciencia y la exención de daño físico y psíquico.

Sin embargo, todavía muchas personas adultas ignoran que la sexualidad no es un terreno neutro: necesita de aprendizaje y no opera ciega al contexto cultural.

En el Occidente moderno, la representación de la experiencia sexual se inscribe desde registros bastante polarizados. Por un lado, tenemos el sexo rosa y suave de las películas románticas, ese que se hace bajo las sábanas y acaba en orgasmo al unísono.

Por otro, observamos la propuesta de la industria pornográfica, que representa, pese a la existencia de materiales alternativos, un sexo explícito, violento, mecánico y a menudo denigrante para las mujeres.

Rodeados de estos significados, en lugar de reflexionar, hemos asimilado y trasladado ese modelo erótico a nuestra cama, a nuestra intimidad: cargamos el sexo de falsas expectativas y luego lo consumimos como si se tratara de fast-food.

Los estereotipos que existen sobre la sexualidad distorsionan la vivencia real de la misma y a menudo, pueden causar insatisfacción. Por ello, es necesario adaptar la educación sexual a nuevas etapas vitales.

La práctica del sexo no es propiamente natural: requiere autoconocimiento y un proceso de aprendizaje. No basta con profundizar en nuestro propio “yo sexual” a través de la identidad de género, la orientación sexual y la expresión erótica (fantasías, deseos, prácticas).

Es necesario entender también otros aspectos que tienen una repercusión en el comportamiento sexual humano. La edad, la enfermedad, la ruptura sentimental o la maternidad/paternidad son factores que influyen en la propia experiencia sexual.

Otro de los errores que cometemos los adultos en este terreno es negar nuestros propios prejuicios. A día de hoy todavía nos escandalizamos ante temas, deseos o prácticas sexuales que desconocemos o que no son de nuestro agrado. ¿BDSM? ¿Porno gore?

Aún no hemos comprendido que hacer accesible la información sobre comportamiento sexual humano y cómo éste influye en la organización de nuestra sociedad no debe ser motivo de pánico, tabú o censura.

Al contrario, proporcionar un espacio de exposición, pensamiento y debate sobre esos temas nos ayuda a fijar límites en prácticas sexuales que pueden suponer riesgos, a perseguir aquellas conductas que generan un daño (véase la violación, el abuso sexual y la pornografía infantil) o a descubrir qué aspectos presenta la sexualidad en otras culturas.

Del mismo modo, nos cuesta asimilar que los gustos sexuales son diversos y que existe placer más allá del coito heterosexual. A veces, cometemos el error de señalar como rara o perversa aquella práctica sexual que antes se consideraba “pecado”.

Conviene ser prudentes y evitar realizar afirmaciones sobre las preferencias o estilos sexuales de otras personas. En base al consentimiento, debemos explorar y vivir nuestra sexualidad sin etiquetas que la cataloguen como inmoral, desagradable o incorrecta.

Lo que no es satisfactorio para ti puede que conduzca a otra persona a un intenso orgasmo o estado de excitación. Reelaborar nuestros valores sexuales no solo nos ayuda a ser más tolerantes, sino que además nos evita que no trasmitamos ideas negativas o confusas.

La educación sexual para adultos necesita revitalizarse y entenderse más allá de lo lúdico. Sin duda, los sex shops y los festivales eróticos proporcionan alternativas y novedades para vivir la sexualidad de forma individual o en pareja.

Sin embargo, a menudo resultan insuficientes sin una guía, sin una cultura sexual positiva que fomente en las personas el autoconocimiento, la responsabilidad y la comunicación.