“A OSCURAS TODOS SOMOS MÁS VALIENTES”

“A OSCURAS TODOS SOMOS MÁS VALIENTES”

Pudor, inseguridad y estética: gente que no puede practicar sexo con la luz encendida

Lo hemos visto en las películas cientos de veces. Cuando llega el momento del sexo, se apaga la luz como señal de paso a otra dimensión. En esta dimensión rigen otras normas: las de la sensualidad y la intimidad. Aunque este gesto automático de apagar la lámpara de la mesita de noche no se ve ya tanto como en el siglo pasado, la costumbre prevalece entre muchas personas por diferentes motivos. Hablamos con ellas para tratar de comprender las ventajas eróticas que encuentran en la oscuridad.

Por que es divertido el sexo La evolucion tiene la respuesta
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ELISA VICTORIA | Madrid | 08/10/2018

Ana tiene treinta y seis años. Su marido y ella pronto cumplirán once años de relación. Por un lado, esto conlleva un gran conocimiento de la otra persona, ambos se han visto en todo tipo de situaciones y consideran que su confianza mutua es profunda y fuerte. Sin embargo, aunque Ana no tiene ningún problema en que su marido la vea duchándose o vistiéndose, si la situación se torna erótica es incapaz de mostrarse a plena luz.

“Creo que tiene que ver sobre todo con una inseguridad muy arraigada hacia mi propio cuerpo”, confiesa Ana, “me pone nerviosa ser consciente de que las partes de mí misma que menos me gustan están expuestas en ese contexto. Tampoco necesito una oscuridad total, pero una ligera penumbra me relaja y me permite disfrutar plenamente. Si es de día corro las cortinas, que son bastante gruesas, con la excusa de que nadie nos vaya a ver, pero lo que más me preocupa es que él no me vea a mí. Aunque reconozco que lo ideal es hacerlo en plena noche con la luz apagada, es cuando más confiada me siento y más puedo disfrutar.”

El caso de Concha va más allá y necesita intimidad incluso para desvestirse: “Supongo que crecí en una familia muy pudorosa, nunca vi desnudos a mis padres, aunque mis hermanos han salido mucho más desinhibidos que yo y sé que con sus parejas se comportan de una forma muy distinta. Yo siempre fui reservada. Llevo años con mi pareja y si él está en casa me sigo cambiando de ropa en el cuarto de baño, por ejemplo. El sexo para mí es muy íntimo y delicado. Tampoco es que yo me sienta mal con mi cuerpo pero lo considero algo totalmente privado. Por otro lado no deseo cambiar mi forma de ser porque me gusta que sea así. Darle prioridad a los sentidos que no son visuales me resulta muy estimulante, me gusta experimentar con eso. Centrarme en las texturas, los sonidos, los olores. Siento que conecto a un nivel más profundo y la oscuridad lo propicia. El momento perfecto es de noche, antes de dormir, con la luz apagada.”

¿Alguna vez les ha causado esta costumbre un desentendimiento con otra persona a Ana o a Concha? Concha asegura estar de acuerdo completamente en este sentido con su pareja, que también es una persona reservada. En el pasado a veces han llegado a presionarla pero nunca ha cedido y en la actualidad se siente feliz de que se respete y se compartan su decisión y su visión del erotismo. Ana, por el contrario, habla de vez en cuando del tema con su marido, al que le gustaría que esto cambiara: “Sí, tampoco es que sea un problema, no hemos llegado a discutir por esto ni nada así, pero a él le gustaría que nos viéramos el otro al uno, alguna vez me lo recuerda tratando de transmitirme seguridad porque sabe que es una cuestión de no gustarme a mí misma y querer ocultarme. Quisiera ser más atrevida en este sentido pero no puedo, estoy bloqueada. Alguna vez lo he intentado, pero en cuanto se enciende la luz para mí se rompe por completo la magia y me dan hasta ganas de llorar.”

Si fuera por Raúl, de treinta y nueve años, el mundo entero estaría a oscuras las veinticuatro horas: “Teniendo en cuenta cómo es el mundo, considero la luz una especie de enemiga personal. Lo bonita que pueda ser se vuelve contra mí porque en general yo no resulto bonito. Entre tinieblas creo que me iría mejor. Creo que mi voz es agradable y que puedo ser un compañero sensible, me gusta mucho dar placer, pero entre que mi físico no es el más apreciado en nuestra sociedad y que soy bastante tímido encuentro muy pocas oportunidades. Así que a la hora de practicar sexo sin duda prefiero que haya cuanta menos luz mejor para poder olvidarme de eso por un rato.”

La motivación no siempre coincide. A Rebeca, de veintiocho, no es que la luz le suponga un obstáculo insalvable ni la hace sentir especialmente insegura, pero reconoce que hay ciertas iluminaciones que la incomodan y no es el pudor lo que la mueve: “Es curioso porque si alguna vez he tenido sexo a plena luz del día, en una terraza o un bosque o incluso una habitación en la que entra mucho sol, no me ha molestado, me parece intenso y bonito. Disfruto de la luz radiante si es natural y no me hace sentir mal. Pero en interior, en un ambiente cerrado y oscuro, encender una luz en lo alto del techo, en plan general, me asquea, me resulta deprimente. De alguna forma me hace sentir fea y torpe y todo el escenario se me antoja desagradable, cutre. Creo que no es cosa de vergüenza sino de estética. Y como al final suelo follar en interior y de noche, prefiero que haya muy poquita o ninguna luz, es lo que me pega. De todas formas creo que a oscuras todos somos más valientes.”

Cuando le preguntamos a Ana, que se sentía muy insegura con su cuerpo y prefería correr las cortinas si surgía un momento erótico, qué piensa de la posibilidad de practicar sexo al aire libre durante el día, lo tiene claro: “¿Hacerlo de día en un sitio público aunque no haya nadie pasando? Ni me lo planteo. Ni en un patio o una piscina privada tampoco. La idea me hace sentir muy vulnerable, no va conmigo. Me alegro por quien pueda, yo sé que me pierdo experiencias pero es superior a mis fuerzas. De noche sería otra cosa”. ¿De noche sí se lo plantearía? “Si es de noche y estoy segura de que nadie me va a pillar, sí”, contesta Ana, y se ríe. Lo de que a oscuras somos más valientes parece ser una observación muy realista.

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