VIVIENDO CON LO JUSTO Y NECESARIO

VIVIENDO CON LO JUSTO Y NECESARIO

Podría tenerlo todo, pero prefiero vivir con casi nada (en una furgoneta)

Después del festival Burning Man y de una visita a España, Amarna Miller decidió que cuando volviese a Los Ángeles comenzaría a vivir en su furgoneta, convertida en una suerte de auto caravana. Pero, ¿por qué tomó esta decisión?

Amarna Miller | Madrid | Actualizado el 01/08/2018 a las 16:50 horas

Amarna Miller, en una furgoneta
Amarna Miller, en una furgoneta | Amarna Miller

Escribo este texto con el ordenador apoyado sobre las piernas, sentada en una silla plegable de Wallmart color azul eléctrico. La brisa me mueve el pelo y hay un par de gatos callejeros jugando a esconderse entre los rastrojos. La hierba parece crujir con el peso de sus patitas, y la carne mullida resalta aún más la palidez de la tierra, quebrada y amarillenta por la sequía. El sol luce alto y brillante, sin una nube que lo cubra.

Yo ando medio recostada sobre la puerta trasera de mi furgoneta, una GMC del 99 aparcada en el patio trasero mi casa. Llevo unas semanas recogiendo el jardín y tirando toda la basura que se ha ido acumulando durante años: un sillón de terciopelo destruido por la lluvia, dos microondas olvidados, una silla de ruedas y mil retazos de basura sin nombre. Ahora que estoy viviendo aquí fuera, quiero hacer del patio un lugar habitable.

Empecemos por el principio: Llegué a Los Ángeles hace un año con una maleta llena de ideas y muchas ganas de abrirme camino al otro lado del mundo. Los primeros meses fueron duros, llenos de dudas, miedo e incertidumbre. No sabía dónde estaba mi lugar ni si quería volverme a mi país o mudarme a los Estados Unidos.

Finalmente, decidí quedarme en América y desde entonces he estado luchando por crear aquí lo que ya tengo en España: una imagen de marca que me permita vivir bajo mis propias reglas.

Tengo un tipo de personalidad un poco peligrosa que hace que me canse rápidamente de las cosas. Necesito nuevos retos, nuevas metas para seguir creciendo. En el momento en que me noto estancada, me pongo tan mustia y grisácea como una flor olvidada en el florero.

Una vez me definieron muy acertadamente como "la mujer cometa". Paso brillando rodeada de fuegos artificiales durante la milésima de segundo que dura mi presencia y después desaparezco hasta dentro de unos años, si es que nuestras órbitas vuelven a coincidir. No sé parar; adicta a la adrenalina y obsesionada con salir fuera de mi zona de confort. Por eso me mudé a EEUU y por eso estoy ahora reorganizando mi vida dentro de una furgoneta.

Mi casa es una de esas joyas escondidas que todavía quedan en Los Ángeles.

La estructura de madera es de principios del siglo pasado, construida en madera pintada de verde oscuro, con tres plantas llenas de habitaciones laberínticas y recovecos ocultos, un porche delantero y un patio trasero gigantesco.

Tiene ese tipo de encanto perdido que poseen las cosas viejas, admiradas y deseadas hace mucho tiempo. Casi puedo imaginarme a una familia recién llegada a la tierra prometida abriendo la puerta, ahora oxidada, por primera vez. Sus caras empolvadas admirando la madera, entonces suave y pulida. Me gusta esta casa porque tiene vida, una historia escondida que nunca descifraré.

Ahora lo único que queda es un retazo de ese brillo perdido, con las termitas que se están comiendo el porche y las tuberías antiguas que nos fuerzan a filtrar el agua del grifo.

La comparto con cinco compañeros de piso, dos ratas, un perro y un gato. Normalmente, tenemos algún que otro visitante, amigos que están de paso durmiendo en los sofás del salón o colegas que se han quedado fritos después de alguna fiesta.

Alquilé mi cuarto hace un par de meses con la idea de no perder dinero mientras viajaba por España, pero sin quererlo otra idea fue echando raíces en mi cabeza ¿Y si lo alquilo durante más tiempo? ¿Y si doy un cambio a cómo me estoy planteando mi vida aquí? El alquiler es caro, y yo estoy harta de estar en el mismo sitio.

Después de casi cuatro años viviendo por todo el mundo con una maleta debajo del brazo el permanecer estática en un mismo lugar durante tanto tiempo se me hace extraño. Este sentimiento de quietud hace que quiera revolverme dentro de la piel en busca de nuevos desafíos. Revolucionar un poco mi vida.

Por otra parte mi yo más realista, esa que me hace poner de vez en cuando los pies en la tierra, me dice que no es momento de mudarme fuera de Los Ángeles y que olvidarme de esta casa que tanto me gusta sería un error. Y fue siguiendo este hilo de ideas cuando una bombillita con forma de coche se encendió en mi cabeza.

En cuanto volví de España metí la furgoneta en el patio trasero y me dispuse a vaciar mi cuarto, tirar lo innecesario y organizar el resto de bártulos dentro de mi nueva casa. Casi sin darme cuenta descubrí la cantidad de absurdeces que había ido guardando a lo largo del año. Ropa que no me acordaba de haber comprado, cacharritos inútiles y piezas de decoración que ni siquiera me gustaban. Y es que cuanto más grande es el espacio en el que vives, más tiendes a acumular cosas inservibles.

"Lo que posees te acabará poseyendo" me repetí mientras vaciaba el armario. Casi como un mantra, recordando las sabias palabras de El Club de la Lucha. Las posesiones materiales nos acaban atando a lugares a los que ya no pertenecemos, nos impiden pasar página, nos hacen echar raíces innecesarias.

Y, por ende, cuando menos poseas, más libre serás. He aquí la segunda razón de peso por la que vivir en una furgoneta me parece fascinante: con un espacio tan limitado, no solo no te puedes permitir tener nada que no necesites, sino que has de aprender a llevar una buena organización del espacio o acabaras ahogado en tu propia basura.

Los dos asientos delanteros tienen mi ropa separada en cajas y hacen de armario improvisado. La parte trasera está dedicada al trabajo y allí guardo mi ordenador, las cámaras de fotos, libros, material de pintura y de escritorio.

En el maletero he hecho una cocina maravillosa, con frigorífico, pila para el agua, estanterías donde almacenar comida y hasta un hornillo de gas. Colocada en el jardín tengo una mesa que hace las veces de escritorio mientras trabajo o encimera mientras cocino.

Y, por último, la cama, una tienda de campaña adaptada para ajustarse encima del techo del coche, con una escalera de acceso que baja por uno de sus laterales. Es grande, tiene un colchón bien cómodo y hasta le he instalado una lucecita en el techo para poder leer por las noches.

He llegado a un acuerdo con mis compañeros para poder seguir utilizando la conexión a internet (¡necesaria para trabajar!), el agua y los baños de la casa principal. También cargo algunos aparatos usando los espacios comunes, especialmente una batería secundaria que uso dentro del coche para mantener el ordenador cargado y el frigorífico funcionando.

La batería del móvil y demás objetos pequeños los cargo con una placa solar, y si todo va bien y consigo ahorrar lo suficiente, me gustaría poder acoplar más placas e ir adaptando mi vida en la furgoneta para ser auto sostenible.

Mientras tanto, me dedico a cuidar del jardín, limpiarlo de toda la basura acumulada durante años y podar los árboles que se están comiendo las vallas laterales. En cuanto la última helada pase, empezaré a cultivar plantas comestibles y poco a poco seguiré haciendo el loco.

Hasta que me canse.

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