Fue en enero de 2018 cuando la venta y el consumo recreativo de marihuana en el estado de California fueron legalizados por el gobierno de los Estados Unidos. Una medida con la que se convirtió una actividad ilegal en una industria regulada que, dólar arriba, dólar abajo, genera al año unos 7.000 dólares. Hasta ahí todo correcto. Sin embargo, esto no quiere decir que antes de producirse este cambio histórico la gente no estuviese todo el día ‘fumada’.

Como persona que ha vivido en Los Ángeles, antes y después de su legalización, puedo prometer y prometo que todo hijo de vecino consume marihuana. Real como la vida misma. Mientras que en España nadie se atrevería a fumarse un porro delante de alguien a quien acaba de conocer, aquí es lo más normal del mundo. ¿El motivo?

La ‘María’ no se concibe como una droga como pudiese ser la cocaína, aquí es similar a fumarse un cigarro o beberse un gin tonic. Tal cual. Nadie se lleva las manos a la cabeza y de hecho piensan que eres un bicho raro si no te fumas un ‘joint’ (porro en inglés, que nunca viene mal culturizarse un poco) de vez en cuando. ¿Cuál es el problema entonces? Que desde su legalización muchas empresas quieren saber si, como ellos ya se olían, sus trabajadores son unos ‘fumetas’.

“Es que no entiendo por qué se ponen ahora a hacer análisis de orina cuando todo el mundo sabe que en esta ciudad la gente se droga, y no solo con marihuana. En ocho años que llevo trabajando en este colegio jamás se le ha pedido a nadie algo parecido y ahora, de repente, ¡test de drogas para todos!”, contaba Bridget indignadísima. Amiga de un amigo español, no tuvo ningún problema en compartir con todos los que nos encontrábamos disfrutando de un agradable fin de semana en Palm Springs lo que para ella era una violación de su intimidad en toda regla.

Estaba cabreada. Muchísimo. Consumidora habitual de cannabis, mientras todos los allí presentes estaban ‘fumados’ (menos yo, qué le vamos a hacer), Bridget se cruzaba de brazos como quien está a dieta y acude a una barbacoa. “Porque claro, yo me fumo todos los días un porro antes de irme a dormir. ¿Le hago daño a alguien con eso? No. ¿He aparecido ‘fumada’ alguna vez en mi puesto de trabajo? No. ¿Se han quejado los padres de mis alumnos de mi comportamiento o de mi método? No. ¿Entonces?”, nos preguntaba como queriendo que le diésemos nosotros la respuesta.

Sin darnos tiempo a que ninguno elaboráramos una contestación plausible, Bridget continuó: “Además, ahora tengo que dejar de fumar sí o sí porque ya nos han dicho que este no será el último test de drogas sorpresa que nos hagan. Y yo no puedo pagar 300 dólares por un bote de orina ‘limpia’ cada vez que a ellos les dé por ahí controlarnos”.

Intenté que mi cara no reflejase la sorpresa que me acababa de llevar. ¿Había escuchado bien? Sin embargo, mi vena de periodista hizo su entrada en acción y decidí que era momento de poner las cartas sobre la mesa: “A ver, Bridget. Si no he entendido mal, ¿le has pagado a alguien que no se droga para que te facilite su orina?”.

“No. Le he pagado a alguien que me consigue la orina ‘limpia’. Yo no conozco al donante, como si dijésemos. Pero te hubiese pagado a ti, si te hubiese conocido antes, porque seguro que tú me harías precio”, dijo de manera divertida haciendo que todos los allí presentes se rieran abiertamente por mi negativa a colocarme.

“Ahora en serio. A mí me ha salido barato porque me pasó el contacto un amigo, pero puedes llegar a pagar hasta 600 dólares. Y eso, cómo podrás comprender, es un lujo que solo algunos pueden permitirse si quieren seguir drogándose a diario y mantener su puesto de trabajo al mismo tiempo”, me explicó de manera que parecía disculparse por haber hecho una broma a mi costa.

“Lo que no entiendo es que os den un margen de tiempo para llevar la orina al trabajo. Es obvio que si te drogas vas a llevar la de quien sea. Y a lo mejor es la de tu hermano, ¿no? Es gratis y está ‘limpia’”, dije como queriendo insinuar que lo mismo no hacía falta gastarse un dineral en cubrir tu adicción/vicio. Risas. Risas y más risas. “Querida, es más probable que te cruces a Brad Pitt por la calle en esta ciudad que encontrar a alguien que lleve meses, semanas o incluso días sin haberse drogado”, sentenció.

Llevaba toda la razón del mundo, pero seguía sin entender por qué las empresas, en este caso un colegio, les ofrecían la oportunidad a sus trabajadores de salirse con la suya. Me recordó a cuando los profesores te decían en el instituto: “Yo de vosotros me repasaría muy bien el tema 5”. A no ser que estuvieses fumado (que había quien lo estaba), sabías que el examen giraría en torno a esa unidad.

Melissa, quien estaba a mi lado, pareció leerme la mente: “Yo soy enfermera y en mi hospital se rumorea que van a empezar a hacer lo mismo. Básicamente es una medida preventiva que están tomando algunos trabajos de cara al público para cubrir sus espaldas. Recuerda que en Estados Unidos la gente se vuelve paranoica sin motivo.

Ahora que es legal consumir marihuana de manera recreativa, mucha gente piensa que su médico, el profesor de sus hijos, su fontanero, su niñera…etc., que todos son unos drogadictos. Y en el fondo todos sabemos que eso ya pasaba incluso antes de su legalización, pero parecía no importarle a nadie. Es hacerse una ley y la gente parece fibrilar.

Si tienes un test de drogas que diga que tu trabajador está limpio, la gente se quedará más tranquila, aun sabiendo que seguramente son falsos. Además, piensa que si pasase algo, el verdadero problema lo tendría el empleado por mentir. Es una jugada perfecta para la empresa”.

‘Touché’. No hay más preguntas, señoría.