Entrar a una ferretería (o a una frutería, o a un mercado) transmite una sensación de vida de barrio que, en determinadas zonas, parece estar en peligro de extinción.

Mi barrio, Moratalaz (Madrid) está repleto de ferreterías. Y no sé si es el mejor indicador para extraer conclusiones sobre cómo se vive en él, pero es síntoma evidente de que, por el momento, la llamada gentrificación está muy lejos de asomarse a este distrito: aquí, un negocio de cupkakes o una tienda de ropa moderna de segunda mano duraría menos que un caramelo a la puerta de un colegio. De estos, por cierto, también hay uno en cada esquina.

Con el tiempo, y sumado al hecho de que vivo y trabajo en mi barrio, cada vez que tengo que ir al centro la pereza se adueña de mí.

Cada vez encuentro en él más postureo, más turistas y más aglomeraciones. Cada vez me resulta más caro e insoportable. Y cada vez paso más tiempo sin recorrer sus calles, algo que en otro tiempo era un peregrinaje semanal.

He llegado a pensar que, más allá de la insuperable oferta cultural que ofrece, el centro está sobrevalorado. Y no me refiero sólo al precio de la vivienda.

Como estoy convencido de que no soy el único que lo piensa, he hecho un sondeo entre amigos que viven en las periferias de Madrid y Barcelona, extrapolable a cualquier otra urbe del mundo, para que me cuenten sus razones por las que no cambiarían sus barrios por nada del mundo.

Las cañas (y sus precios)

“Aquí hay tanta vidilla nocturna que no se echa nunca de menos el centro, y los precios se ajustan a presupuestos currantes”, me cuenta Guille, que vive en el popular barrio madrileño de Vallecas y al que, como a tantos y tantos españoles, le gusta salir por la noche.

De sus palabras se extrae una conclusión clara: no hay nada que tenga la noche de Malasaña que no tenga la vallecana. “Tenemos una fábrica de cerveza (Valle del Kahs), las mejores terrazas (las del puente, especialmente el Vientos y el Coto) y mi opción predilecta: los bares de rock. Aunque hemos perdido baluartes históricos como el Hebe o el Jimmy Jazz, aguantan con pie firme el VKaos o el Cathouse, negocios operados por gente afable y cercana que no quieren parecer de Brooklyn”, ironiza.

Y a la hora de pagar, se nota.

“Lo general es que el tercio no pase de tres euros, y la copa de 6. En Vallecas, las tabernas siguen siendo accesibles, con un ambiente animado y local en el que es fácil hacer amigos y que por ahora se salvan de la turistificación”.

El silencio

Si los barrios y localidades periféricas de las grandes urbes se llaman “ciudades dormitorio” es, entre otras cosas, porque conciliar el sueño en ellas es infinitamente más sencillo que en el centro.

“Viví hasta los 30 años en la Gran Vía de Barcelona”, me cuenta Puri. “Allí siguen residiendo mis padres, frente a una autopista, la C-31, con seis carriles en total de entrada y salida a la ciudad. Dormir en verano, con la ventana abierta, es misión imposible. Y a pesar del doble vidrio, también en invierno. En 2008 me trasladé a Mataró, a 29 kilómetros de Barcelona, a una calle peatonal y estrecha en la que apenas cabe un coche y donde no hay ruidos ni de autopistas ni de sirenas. Y donde la ropa tendida no queda tiznada por la polución”.

No hay color.

El tejido social

“En Hortaleza hay mucho tejido asociativo”, apunta David, que vive en este conocido barrio obrero madrileño desde hace más de 10 años, y donde ha encontrado infinidad de personas con las que poner en marcha iniciativas de todo tipo. “Hay mil colectivos donde puedes participar y hacer cosas. Es un barrio que se mueve, y todo el mundo se apoya”, cuenta con orgullo.

“Como hay tantos colectivos haciendo cosas, en verano todos organizan sus fiestas los fines de semana. Tenemos el día del Árbol, las fiestas de Juan y Juana, el Luis Aragofest, las Noches del Huerto, HTZ en Vivo, Manotas Dub... ¡no hace falta ir al centro!”.

Sin turistas

Elías vive en Badalona, pero todos los días coge la moto para ir a trabajar al centro de la capital catalana. A pesar de la cercanía el cambio es radical, especialmente en una ciudad tan atestada de turistas como Barcelona.

“El tipo de gente con la que te cruzas en Badalona es clase trabajadora, niños y gente mayor. Apenas hay turistas, ya que no dispone de una gran infraestructura de hoteles o alojamientos para ellos”, explica.

Una vida tranquila y rodeada de gente sencilla que, en una ciudad que sufre graves problemas relacionados con el exceso de turismo y en la que no cruzarte con ‘guiris’ es tarea imposible, se agradece. “Es un alivio y una tranquilidad que es imposible encontrar en el centro”, apunta Elías.

Ausencia de aglomeraciones

“Puede que algún día cambie, pero hoy por hoy el centro de Madrid es un lugar hostil para pasear”, asegura María, que vive en el madrileño barrio de Moratalaz.

“Calles pequeñas, tráfico, ruido, aglomeraciones… Es verdad que en el centro hay menos tráfico desde que entró en vigor Madrid Central, pero sigue habiendo demasiada gente. Por no hablar de momentos en los que el consumismo se vuelve voraz, como las Navidades o las rebajas: cada vez más, el centro parece un lugar destinado al consumo y no a que la gente viva”. Por eso, lo tiene claro donde esté Moratalaz, que se quite el centro.

El pequeño comercio

“Siempre he sido de periferias: soy de Santa Coloma y desde hace ocho años vivo en en el barrio de la Maurina, en Terrassa”, cuenta Pitino. “O sea: nada de centro. Y un barrio donde no mucha gente quiere vivir”.

Lugares donde no hay ni rastro de los H&M, Starbucks, Zara o Primark que ocupan las principales calles del centro, y sí otros muchos comercios pequeños que sobreviven a base de cercanía. “Al final, y debido a la globalización, el centro de todas las grandes urbes es igual en todas partes”, reflexiona Pitino.

“Y es horrible: en todas ellas están las mismas grandes marcas, ya sean de fast food, cafeterias o tiendas de ropa. Las identidades de las ciudades se están evaporando”, apunta. En los barrios, eso sencillamente no sucede, al menos por el momento.