VIVENCIAS MÍSTICAS, TRAPICHEO Y CARAMELOS

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Nazarenas de la Semana Santa sevillana nos cuentan sus experiencias desde dentro

La tradición cofrade en Sevilla es larga y profunda y hay montones de motivos por los que a la gente le interesa participar. Motivos de corte religiosa, antropológica, ancestral, estética. A las nazarenas, de hecho, sólo se les prohibió participar al terminar la Guerra Civil, en un proceso que no empezó a revertirse hasta mediados de los años ochenta. Las mujeres y niñas que vivieron bajo la Dictadura y la Transición se vieron marginadas al papel de acompañantes, circunstancia que dio lugar a un gran descontento femenino y a multitud de trapicheos. Sus protagonistas nos lo cuentan en primera persona.

Los penitentes de una hermandad femenina, durante una procesión de Semana Santa
Los penitentes de una hermandad femenina, durante una procesión de Semana Santa | Archivo Getty Images Samuel Aranda

ELISA VICTORIA | Madrid | Actualizado el 31/07/2018 a las 20:12 horas

El caso de Carmen, que tiene hoy cuarenta y cinco años, incluye todos los ingredientes: sensaciones de injusticia, frustración y un momento épico de inmersión en lo prohibido. Desde pequeña le habían inculcado la imposibilidad de participar como nazarena y, ante su leve disconformidad infantil, desde la familia trataban de agasajarla con el argumento de que los hombres contaban con aquella ventaja mientras que las mujeres podían vestirse de flamencas. El acuerdo nunca llegó a convencerla y a medida que iba creciendo su indignación aumentaba.

Había visto a su abuelo y a su padre vestirse en un ritual que admiraba y del que estaba excluida por sistema. Como tantas otras, quería conocer la experiencia desde dentro: “Me daba rabia, lo tenía asumido porque las cosas eran así pero me parecía injusto, yo también quería saber lo que se sentía. Mi ilusión siempre fue salir de Verónica porque como mujer era lo único a lo que podías aspirar, pero claro, era dificilísimo”.

La oportunidad de oro llegó durante la adolescencia. Asistía como espectadora con una amiga cuando su padre, que participaba como nazareno, sufrió un tirón en la espalda a la salida de la Catedral de Sevilla que le impidió continuar con el recorrido.

En aquel momento lo tuvo claro: “Le pregunté si no iba a volver. Como me contestó que no, le dije que me ponía yo su ropa y él estuvo de acuerdo. Para disimular me puse sus zapatos con dos pares de calcetines y hasta sus gafas. Fue muy emocionante porque por fin estaba viviendo una cosa que había deseado mucho tiempo, pero también por la emoción de hacer algo prohibido desde el anonimato”.

Su amiga fue a su lado durante las dos horas de recorrido que quedaban en el papel femenino por excelencia, el de acompañante, como si fuera su novia, y ambas estaban muy nerviosas porque aquel mismo día, un rato antes, habían descubierto a una mujer infiltrada que había sufrido una reprimenda terrible.

“La habían pillado en un callejón con el techo muy bajo en el que los nazarenos estaban formando sin capirote. Había uno que no se lo quitaba y, al chocar contra el techo, el que iba detrás fue a ayudar, el de delante también, al final se le cayó y cuando se vio que era una mujer se lió”.

En años posteriores las hermandades se fueron abriendo a la participación femenina y Carmen se apuntó a una de las que la permitían, disfrutando de la experiencia de intensa reflexión que supone, pero seguía resultando frustrante de algún modo.

“A mí me apetecía más seguir con la tradición familiar y formar parte de lo mismo que mi padre y mi abuelo, porque además la estética de cada nazareno es importante”, pero la hermandad en cuestión tardó aún casi dos décadas en permitir la presencia de nazarenas. Lo cierto es que el momento de sustituir a su padre desde lo prohibido fue la experiencia más rica y memorable que le ha brindado la Semana Santa sevillana.

Mónica tiene hoy cuarenta y un años, se apuntó con su hermana y sus primas a una de las primeras hermandades que aceptaron mujeres en sus filas de capirotes y su primera experiencia contiene una anécdota de corte escatológico.

“Era la primera vez y teníamos mucha ilusión, nos pasamos horas liando picos y regañá en papel celofán de colores, costumbre que se hizo muy popular a partir de entonces entre el resto de nazarenos. Yo entonces no lo sabía pero padecía de la vesícula, a veces me daban cólicos y el estrés afecta mucho”.

“Cuando entramos en la carrera oficial me empezó a doler un montón la barriga y se lo dije a mi prima, que era muy modosita. Me pedía todo el tiempo incómoda que aguantara hasta la catedral, el lavabo oficial de la carrera, pero cuando íbamos por la fachada no pude más y me cagué encima".

"Al entrar ocupé yo sola uno de los dos únicos váteres que había para todas y me limpié como pude. Me quité un bikini que llevaba, que no sé por qué me había puesto un bikini, lo tiré envuelto en papel a la basura y acabé el recorrido sólo con unas mallas de lycra debajo. Pues hasta ligué, que el diputado de tramo me dijo que quería verme la cara y quedamos para otro día pero yo no fui”.

Todas las entrevistadas reseñan la circunstancia tan especial que otorga el anonimato, que permite emociones profundas de observación, concentración y distanciamiento pero también cierta diversión. Mónica lo explica así.

“Cuando ves a alguien que conoces tienes la oportunidad de jugar un poco. Una vez vi a un amigo de mi pandilla varias veces en el mismo día y como le hice algún gesto le picó la curiosidad y quería saber quién era yo, pero cuando me reconoció se sorprendió mucho porque claro, entonces no solían salir mujeres y le chocó”.

Al año siguiente salieron de penitentes, con cruz: “No fue nada negativo, de hecho íbamos más tranquilas y más cómodas porque no te molesta el capirote y aunque no lo parezca en calcetines se va mejor. Me gustó más ir de penitente que de nazarena, pero bueno, ya había vivido las dos experiencias, no me impactaron mucho y no lo volví a hacer”.

María, sin embargo, relata su experiencia como nazarena y más tarde como penitente como algo místico, muy valioso: “Estaba deseando que las hermandades se abrieran a las mujeres para poder vivirlo. Hay gente que se lo toma muy a cachondeo, que va charlando con los de alrededor, de risa, o escuchando el fútbol con auriculares".

"Para mí fue siempre muy importante y no tenía que ver con la religión, ha sido más bien una especie de terapia al verme aislada y tomármelo en serio. Me siento una espectadora anónima del mundo a la que nadie puede ver. Te alejas de la rutina diaria que no te deja parar y tienes horas para mirar, pensar, meditar. Como penitente fui descalza y cuando ya tenía los pies ardiendo el suelo frío me aliviaba”.

También cuenta María que las hermandades de silencio, donde se oculta el rostro todo el tiempo, desde que se sale de casa hasta que se vuelve, han supuesto el refugio de las mujeres durante todas las décadas de marginación que han sufrido.

“De toda la vida podías fijarte y reconocer un montón de cuerpos de mujer por el tamaño y la constitución, por las manos o el tamaño de los zapatos. Se notaba, sobre todo en señoras mayores, y mucha gente lo sabía pero no se decía nada. Para qué”.

Sofía, de treinta y cuatro años, fue nazarena entre los siete y los catorce, y solía elegir las cofradías por conveniencia de agenda y por sus colores favoritos, pero luego, cuando estaba dentro, tenía lugar una suerte de magia.

“No sé cómo explicarlo pero era una ilusión maravillosa. Cuando me empezaba a poner la túnica en mi casa, cuando salíamos ya en fila de la iglesia con la música a tope y toda la gente flipando… Era bastante alegre, no había drama. Oías a la gente sin que te vieran, eran doce horas y se me hacía corto de lo bien que me lo pasaba. En la segunda hermandad entré el mismo año en que dejaban salir mujeres, que no hace tanto tiempo.” Estamos hablando de 1997. Algunas hermandades no admitieron la participación de nazarenas hasta el tremendamente reciente 2011.

Lucía tiene hoy doce años, lleva saliendo desde los ocho, insiste en que lo que más le gusta es repartir caramelos y no tenía ni idea de que a las mujeres se les hubiera prohibido participar durante décadas. Cuando se lo cuento y le pregunto qué piensa sobre esto, no da crédito y se muestra indignada. “¡Qué injusticia!”, exclama.

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