Antes meto un triple en la NBA que ponerme de manera tradicional un sujetador

Antes meto un triple en la NBA que ponerme de manera tradicional un sujetador

Las mujeres nos dividimos en dos tipos: las que saben abrocharse el sujetador y las que no

Estoy convencida de que si los hombres llevasen sujetador, ese cierre venido de los infiernos habría desaparecido hace siglos de la faz de la Tierra. ¿Es que no había otro cierre más malévolo ni peor ubicado para que una gran mayoría de féminas nos veamos negras para ponernos y quitarnos el sujetador?

Sujetador
Sujetador | iStock

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 21/12/2018

Recuerdo como si fuese ayer ese momento en el que mi madre me llevó a comprar mi primer sujetador. Lo cierto es que algo que debería ser totalmente natural, me hizo sentir como si fuese un bicho raro.

Yo tenía trece años y las curvas ya se estaban apoderando de mi cuerpo. Así pues, mi progenitora decidió llevarme a unos conocidísimos grandes almacenes. Allí, y como si de un raro espécimen se tratase, dos dependientas me miraron fijamente el pecho intentando adivinar cuál sería mi talla. Cabe decir que mi incomodidad no pudo ser mayor.

¿Por qué? Varios fueron los motivos. El primero es que nunca nadie me había observado de esa manera. El segundo es que mi madre también participó de aquel aquelarre visual e incluso llegó a apretarme la camiseta por si a las dependientas les quedaban dudas del tamaño de mis senos. Y el tercero y último, y no por ello menos insignificante, es que no fui capaz de abrocharme el sujetador sin ayuda. ¿Una nimiedad? No lo creo.

He de decir que pasados los años he aprendido a que me dé igual no saber cerrar como Dios manda un sostén. Pero es que soy incapaz. En serio. A mis 34 años aún no he conseguido meter sus tiras por los brazos, coger con las manos la parte del cierre, ponerlas detrás de la espalda y conseguir que esos horribles corchetes se entrelacen entre sí. Antes meto un triple en la NBA que ponerme de manera tradicional un sujetador.

“Mamá, no puedo abrocharme el sujetador”, le dije con un hilo de voz a mi progenitora, quien esperaba fuera del probador para ver a su pequeña del alma querida convertida en mujer.

“Anda trae, es que es un poco complicado, pero luego le cogerás el truco”, me dijo mientras lo cerraba y tiraba de los ajustes para que se adaptase a mis pechos. En aquel momento me dije a mí misma que conseguiría ponérmelo y quitármelo en cuestión de semanas. Craso error.

Volví a casa con tres sujetadores sin aro en blanco, negro y color carne. Los metí en el cajón de la ropa interior y me di cuenta de que quizá aquel no era un gran paso para la humanidad, pero sí lo era para mí. Tras tantos años viendo anuncios de mujeres que se mordían los labios sobre una cama con sábanas de seda y que presumían de pecho firme con un sujetador de encaje, había llegado el momento de mi iniciación en este campo. Pensé que todo sería cuestión de práctica.

Así pues, empecé a hacer uso de dichos sujetadores. Todas las mañanas, antes de ir al colegio, terminaba pidiéndole ayuda a mi hermana o a mi madre para que me lo cerrasen. Era frustrante. En serio. Es como los niños que son incapaces de atarse los cordones. Igualito. O por lo menos yo lo vivía así.

En mi casa, mi progenitora y mi hermana (cuatro años mayor que yo) no tenían el menor problema en ponerse y quitarse el sostén. Las había visto hacerlo como si abriesen una lata de cualquier refresco. Su maña era admirable. Sin embargo, algo estaba haciendo mal si yo no era capaz de conseguirlo. O quizá no.

Fue una mañana de frío invierno en mi Albacete natal cuando decidí que estaba harta. Fue entonces cuando decidí darle la vuelta al sujetador, ubicar el cierre entre mis pechos, entrelazar los corchetes, girarlo y subir sus tiras por los brazos. ¡Tachán! Me miré en el espejo y vi que, por una vez, no había necesitado llamar al 112 para ponérmelo.

Fue en aquel momento en el que decidí dos cosas. La primera: nunca jamás volvería a intentar ponerme un sujetador de la manera tradicional. Y puedo decir orgullosa que lo he conseguido. Lo de no volver a intentarlo, digo. Y la segunda: estoy convencida de que si los hombres llevasen sujetador, ese cierre venido de los infiernos habría desaparecido hace siglos de la faz de la <tierra.

Sujetador | iStock

Aunque bien es cierto que he de decir que muchos de ellos se las ven y se las desean intentado quitarnos el sujetador en los momentos más álgidos de pasión. Y mira, por una vez debo decir que entiendo totalmente su frustración.

¿Quién me iba a decir a mí que esta prenda femenina iba a hacer que me compadeciese del género masculino? Sorpresas nos da la lencería, que no la vida, señores. De hecho, no son pocos los artículos que pululan en Internet sobre cómo desabrochar de forma eficiente y eficaz un sujetador y que están dirigidos a hombres. Ahí lo dejo.

Y sí, como bien digo en el título de este artículo, en la vida solo hay dos tipos de mujeres: las que saben abrocharse bien el sujetador y las que cogimos el atajo de la pillería para no sentirnos fuera de lugar.

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