BAÑISTAS MALEDUCADOS, NIÑOS IMPRUDENTES, ...

BAÑISTAS MALEDUCADOS, NIÑOS IMPRUDENTES, ...

Ni Mitch Buchannon ni Pamela Anderson: Así es de verdad el día a día de los socorristas

Cada verano están ahí. Sentados y sentadas en su silla y bajo su sombrilla. Cientos de horas al día. Todos se divierten excepto ellos. La soledad y el aburrimiento son dos de los peligros a los que se enfrentan a diario. Fuckers estivales y superhéroes de niños. Nadie habla sobre ellos y ya es hora de hacer justicia.

Socorrista
Socorrista | Agencias

PEDRO MATEO | @pedromateo2011 | Madrid | Actualizado el 31/07/2018 a las 20:30 horas

Recuerdo que el año pasado, como cada verano, mi novia y yo fuimos a la urbanización de su hermana. Se trata de la clásica urbanización con piscina y familias jóvenes con niños. Niños corriendo, gritando y saltando. Niños lanzándose globos de agua y lanzándose a la piscina de todas las maneras imaginables.

Yo siempre he tenido muy buen feeling con los niños. Esto quiere decir que desde el momento en el que me ven entrar en la urbanización, los sobrinos de mi novia, a punta de pistola de agua me obligan a acompañarles hasta la piscina como si fuera un rehén.

Horas después, cuando ya se han apoderado de toda mi energía, no me queda otra opción que intentar recobrar la respiración tras el palizón infantil. Es cuando esos pequeños vampiros acuáticos me abandonan cual flotador desinflado en busca de nuevas víctimas a las que succionar.

Justo en ese instante soy consciente de uno de los momentos más crueles de todo el verano. Entre medias de saltos, risas y chapuzones, al fondo, sentado en una silla de plástico y bajo la sombra de una sombrilla, hay un chico.

Viste con chanclas, bañador, camiseta, gorra y gafas de sol. Está solo, serio, inmóvil. Parece la figura de un museo de cera. No puede leer y apenas puede mirar el móvil. Simplemente está ahí, bebiendo agua, secándose el sudor y observándonos como un voyeur.

Nunca o casi nunca pensamos en las vidas de esos chicos y chicas que cada verano son contratados por los encargados de las piscinas públicas y privadas de nuestra geografía con la ardua y compleja misión de permanecer estoicos ante ese bucle de juerga acuática que día a día se repite ante sus aburridos y hastiados ojos. Ahora entiendo que siempre vayan con gafas de sol. No debe ser nada fácil reprimir ese popurrí de sentimientos.

Hay excepciones, claro. No es lo mismo ser socorrista en una urbanización en cuya piscina apenas hay 15 personas, que intentar controlar un caos de cientos de padres e hijos devorados por la velocidad, el estrés y los toboganes de Aqualandia, Aquopolis o similares. Aquí siempre hay una oportunidad, por muy pequeña que sea, de sacarle partido a tu título de socorrista y a tu forma física.

No digamos ya si se trata de una jornada dominical en pleno 'Agosto benidormense'. Pero hoy la cosa no va de playas. Sin embargo, en esa urbanización en cuya piscina apenas hay 15 personas, es algo más complicado comportarse como el Mitch Buchannon de turno.

 

Un amigo mío socorrista me ha dicho que en demasiadas ocasiones, justo cuando anuncian el cierre de la piscina por megafonía, unos bañistas deciden entonces meterse al agua y a él no le queda otra que ir a echarlos, a veces, de malas maneras. Dice que es una de las cosas que más odia de ser socorrista.

La falta de educación y ese tipo de cosas. También me cuenta que siempre hay niños corriendo alrededor de la piscina y al borde de la muerte. Y los motivos de por qué él no tiene que hacerse responsable: “no soy la niñera o el canguro de nadie”. También es cierto que todos estos males disminuyen en las, entre comillas, pequeñas, civilizadas y controladas piscinas privadas.

Pero no todo es malo. No todo es aburrimiento, soledad, bostezos y sueldos mejorables. También hay cosas buenas, me confiesa. “No todos esos niños son Satán”. Se le reblandece el corazón cuando me habla de algunos niños que lo tratan como si fuera un súperheroe.

“Deben verme como ese tipo grande, musculoso y dispuesto salvarles la vida que ellos quisieran ser”. También me confiesa que “su piscina es su Tinder privado”, sobre todo en las urbanizaciones. “Hay muchas vecinas y el verano es muy largo”. Creo que, como en cualquier trabajo, siempre hay motivos de queja. Pero creo que nada es comparable al hecho de ser socorrista en la piscina olímpica de los Juegos Olímpicos. Sobran las palabras.

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