Síndrome de Adoración a los Famosos

Síndrome de Adoración a los Famosos

Mick Jagger no morirá jamás: así es la tanatofobia al ídolo musical

La fase más psicótica del Síndrome de Adoración a los Famosos incluye el pavor a su muerte y el cuestionable despliegue público del luto.

Mick Jagger
Mick Jagger | Antena 3
ELENA CABRERA
 Madrid | 11/04/2019

Tras la muerte de Rodolfo Valentino, una oleada de suicidios recorrió el mundo y alimentó los tabloides. Morían los fans, autoenvenenados, sujetando fotos del actor en su último gesto consciente. Así hizo Peggy Scott, quien tras alardear falsamente de haber intimado con el afamado galán, acabó sus días dejando una nota que decía: “perdí el coraje con la muerte de Valentino”.

Eso sucedía en 1926. Pero un siglo no nos ha cambiado tanto. Las depresiones por las recientes muertes de varios cantantes de k-pop -Kim Dong Yoon, Kim Jong-hyun o Seo Min-woo- hacen temer lo peor en Corea del Sur, el país miembro de la OCDE con la tasa mayor de suicidios. El propio Kim Jonghyun, líder de la banda SHINee, se suicidó en diciembre de 2017 debido a la infelicidad que le producía la fama.

Algunos fans se sienten tan conectados con ciertos artistas que los consideran familia, amantes, ídolos, hijos, amigos, dioses. Si ellos mueren, algo se apaga también en el fan. Michael Jackson, David Bowie, Prince o Lou Reed parecían inmortales; en cambio, murieron, y el planeta entero entró en duelo. Pero, como explica el periodista musical Rafa Cervera: “Las vidas de nuestros ídolos no nos pertenecen, y sus muertes tampoco”.

¿Qué pasará el día que muera Mick Jagger? Los Rolling Stones han tenido que suspender su gira por Estados Unidos y Canadá para que su cantante, de 75 años, se sometiera a una operación de corazón. Los fans le han visto las orejas al lobo.

“Es muy complicado pensar en la muerte de Morrissey”, dice uno de sus grandes fans en España, el músico Manuel Ríos, que durante años publicó el fanzine ‘Morrissey Drive Me Home’.

“Si hubo quien me dio el pésame cuando se murió Mari Trini, imagínate con él, que va más allá que ningún otro porque es más que mi cantante favorito. Será devastador. Hay muy pocos cantantes o grupos que hayan construido un mundo al que nos han llevado a vivir, Morrissey es uno de ellos y será tan difícil seguir viviendo en ese mundo sin él, por mucho que podamos seguir disfrutando de su legado… me imagino que la nostalgia invadirá automáticamente todas sus canciones y los recuerdos vividos con ellas. Y me sentiré más agradecido que nunca. Y no tardaré en visitar su tumba”.

“Los que venimos del siglo XX sufrimos con estas pérdidas. Son personajes que han marcado nuestra vida y sabemos que son irrepetibles. Por dos motivos: por nuestra edad, ya que ya no estamos para tener ídolos nuevos pero queremos seguir queriendo a los viejos, y porque el mundo ha cambiado y los paradigmas culturales con los que crecimos se van desvaneciendo", dice Rafa Cervera, autor de la novela con fondo musical ‘Lejos de todo’ y la biografía ‘Alaska y otras historias de la movida’, así como libros sobre Lou Reed, Nirvana y Sonic Youth.

"Se acaba la hegemonía anglosajona y llega lo latino como influencia global. Las películas se ven en televisión y tabletas. Las series son las nuevas novelas. Y los Stones, Dylan, Neil Young, McCartney o Patti Smith son los supervivientes de una época que se acabará con ellos. Esto me hace pensar que siempre hay una carga de sinceridad en ciertas manifestaciones de pena cuando muere un músico importante”, añade.

“Otra cosa es que te den mucha pena todas las muertes relacionadas con el pop”, explica, recalcando en especial la palabra “todas”.

Lo decía Sonic Youth en su disco ‘Kill yr Idols’ y también Axl Rose durante la gira Use Your Illusion de Guns N’ Roses cuando vestía una camiseta de Jesucristo con el lema, en inglés, “mata a tus ídolos”.

Dice Cervera: “La idolatría conlleva poner tu vida, es decir, tu ilusión y tus sueños, en manos de alguien al cual entre todos elevamos a una categoría divina. La gente necesita proyectarse en otros. En las redes podemos verlo. Lo más increíble es que ya ni siquiera ha de ser alguien famoso, basta que un usuario cualquiera haga un post sobre un problema en el trabajo para que le llueven docenas de comentarios y likes; o una foto de una paella con los amigos, y ocurre más de lo mismo".

"Es revelador lo mucho que necesitamos admirar o que se sepa que admiramos. Si encima se trata de alguien que está sobre un escenario y tiene acceso a millones de personas que quizá admiren solamente por lo que cuenta en Instagram, el efecto se amplifica y a la vez, se banaliza. Con Lady Gaga sucedía, con Michael Jackson, con Morrissey. El fan vive para ese ídolo y no se atiene a otra razón que esa. Es algo casi religioso, buscar un dios al que adorar”, dice.

La psicología lleva años estudiando este fenómeno bajo el nombre de CWS (Celebrity Worship Syndrome) o Síndrome de Adoración a los Famosos, con especial preocupación en los efectos a la salud mental.

Según el estudio que hizo John Maltby en 2003, para la Universidad de Leicester, analizando el comportamiento de 607 personas de entre 16 y 60 años, al 36 por ciento de esta muestra se le podría diagnosticar este síndrome de culto al famoso, en mayor o menor medida. Maltby creó tres categorías: una para el CAS dentro de los los límites del ocio social, otro para una relación intensa-personal y una última horquilla para los casos patológicos.

Un 27% de la muestra puntuaba alto en las dos categorías más peligrosas. El estudio concluía prediciendo que el déficit significativo de “límite del ego” —la capacidad de discernir dónde acaba el yo y empieza el otro— opera ya en esta etapa de adoración de celebridades, “firmemente arraigada en la patología y, por lo tanto, puede convertirse en un problema clínico grave”.

En la tanatofobia al ídolo, este terror amordazado con el que vive el fan que teme la muerte de su artista amado, se desata en un luto público cuando efectivamente se produce esa muerte. En el escaparate abierto que suponen las redes publicitarias como Twitter, Facebook e Instagram, el fan —desde el presidente del Club hasta uno que pasaba por allí— expresa su pena de manera muy honda, como si compitiera por el primer puesto en el palmarés del dolor. Tanta adoración y tanto sufrimiento exigen un consuelo público.

“No dudo de la sinceridad de algunas de esas muestras, pero creo que hay mucho de exhibicionismo y también de catarsis colectiva”, opina Cervera.

“Las redes sociales nos han enseñado que podemos tener una vida virtual, dejar de ser anónimos, hacernos creer que somos lúcidos o creativos u ocurrentes o todo a la vez. Creo que la idealización del artista, ahora mismo, viene de la frivolidad que conllevan esas redes. Por ejemplo: mueren músicos como Mark Hollis y Scott Walker y las redes sociales se llenan de comentarios, como cuando muere Aretha o quien sea. Lo gracioso es que ni Hollis ni Walker hacían música para las multitudes, algo que las multitudes prefieren obviar porque al final, lo que importa es exhibir el luto, no que sea un luto real”.

Acaban de cumplirse 25 años de la muerte del líder de Nirvana. Kurt Cobain se suicidó, deprimido y adicto, a los 27 años, dejando, como diría el tópico tan apropiado para el tema que nos ocupa, huérfana a toda una generación.

“Mantengo que la muerte de Cobain marcó un antes y un después —dice Rafa Cervera— porque nos demostró, a mí el primero, que los ídolos, los héroes del pop, son seres como cualquier otro, que el público eleva a un nivel que va más allá del individuo idealizado en cuestión. Los creadores no son osos de peluche, son seres vivos, que colaboran para crear arte y fantasías que nos hagan más llevadera la vida, pero eso no significa que la suya sea fácil y menos aún que nos pertenezcan. El ejemplo máximo de todo esto lo tenemos en Bowie. Es casi como Jesucristo, da igual que seas creyente o no, quien más y quien menos tiene un crucifijo a mano”.

Dave Gahan tiene 56 años, 14 discos con Depeche Mode y dos en solitario. Madonna tiene 60 años y trece discos. Keith Richards tiene 75 años, cinco discos en solitario y 25 discos con The Rolling Stones. Paul McCartney tiene 76 años, 13 discos con The Beatles y 25 discos sin ellos. Algún día se morirán y estos números dejarán de avanzar. Es un trago muy duro, salvo para los que piensan que “es mejor que se mueran a que sigan haciendo discos malos”, como opina la periodista musical Patricia Godes.

“Me socialicé, en el extrarradio de Madrid, como niño marica fuera del armario a la fuerza: era muy afeminado y desde pequeño tuve una inclinación imposible de ocultar por toda manifestación artística”, nos cuenta, abriendo su corazón, el músico Fran Loud.

“Madonna, de la que soy fan desde 1984, cuando tenía doce años, significó para mí la ejemplificación de que el mundo, mi mundo, no se acabaría allí, y que existía la posibilidad de crearse galaxias paralelas siendo radicalmente diferente y manifestándolo de forma abierta. Su ejemplo me sirvió durante décadas para sobrevivir en un entorno brutalmente hostil, y justo después de su primer concierto en España, que coincidió con mi 18 cumpleaños, salí del armario con familia y amigos".

"Era 1990. Hace años que no puedo considerarme fan, si bien determinadas canciones de esa época siempre traen a mi presente la misma sensación de ser invencible y de saber que saldría adelante. Estoy seguro de que el día que muera la pureza de ese sentimiento, como tantos otros, me será arrebatada. Más allá de otras pérdidas inevitables que tendrán que suceder, sé que ese día, justo ese día, empezaré a envejecer”.

“A mí me entristece mucho la muerte de Prince, Lou Reed o Bowie”, concluye Rafa Cervera, “pero aparte de la compasión que merece cualquier muerte, no siento nada si se muere un miembro de Eagles o de Queen o incluso de los Kinks. No forman parte de mi intimidad. Me daría pena que se muriera Tom Waits, pero a mí quien me ha hecho llorar de emoción y sentirme mejor o peor ha sido Scott Walker, con sus primeros discos y con algunos de los últimos".

"Creo que habría que pararse a pensar un poco a la hora hacer ese tipo de manifestaciones, ya no por el ridículo que pueden suponer, sino porque estamos hablando de personas que han muerto. Más allá de lo que vemos o queremos ver, hay individuos, gente que sufre, familiares afligidos”, finaliza.

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