Baby shower, evento que se celebra meses antes del nacimiento de un bebé

Baby shower, evento que se celebra meses antes del nacimiento de un bebé

Fui a mi primer baby shower (y esto es lo que me pasó)

Cupcakes (magdalenas de toda la vida) con adornos de cigüeñas, nada de bebidas alcohólicas, ríos de lágrimas y clínex por doquier, múltiples tocamientos de barriga a la futura madre y un juego cronometrado para cambiarle los pañales a un muñeco formaron parte de la ¿fiesta? más bizarra en la que he estado jamás.

Baby shower
Baby shower | Pexels

‘Baby shower’, dícese de un evento que se celebra algunos meses antes (dos o tres) del nacimiento de un bebé y al que asisten familiares y amigos de los futuros padres. Y no, no puedes declinar dicha invitación porque si dices que no vas, te tacharán de insensible. Creedme, lo intenté.

Dado que no tenía más opción, me preparé para lo peor. Y menos mal que lo hice. De piedra me quedé cuando otras amigas que ya habían estado en varios ‘baby shower’ me explicaron el protocolo a seguir. “Tienes que llevar un regalo para el bebé y otro para la madre. Además, hay gente que también tiene un detalle con el padre para que no se sienta desplazado”, señalaron.

¿Desplazado? Ay, madre (nunca mejor dicho). Mi hermana se casó y a mí nadie me regaló nada por seguir compuesta y sin novio. Como podréis deducir, mi presente (qué gran sinónimo de regalo) para con el padre de la criatura fue darle dos besos cuando llegué a la fiesta. Al final opté por comprar un chupete para el bebé y una camisa premamá de Zara para su madre, mi amiga. Sesenta euros, contantes y sonantes, que tiraron por tierra mi plan de ahorro de ese mes. ¡Todo sea por seguir las convenciones sociales!

A las cinco de la tarde de un viernes (a tomar viento fresco la siesta y los gin-tonics afterwork), los orgullosos futuros padres nos citaron en su casa. Un bonito chalet adosado con jardín que, arrancadme los ojos, decoraron con todo lo que encontraron en los chinos relacionado con la maternidad/paternidad. Globos rosas y azules (no querían saber el sexo del bebé hasta el momento del parto), unicornios (de todos es sabido que estos animales fantásticos están estrechamente relacionados con el hecho de tener un hijo), figuritas de bebés que parecían sacadas de los huevos Kinder…

Hasta la vajilla y cubertería eran desechables y en los platos se podía leer la frase ‘We’re having a baby’ (en inglés, ¡cómo no!). Por no hablar de que no había ningún tipo de embutido (maldita toxoplasmosis) ni cualquier tipo de comida no saludable. Vaya, que yo me había gastado 10.000 pesetas en regalos (que a mí pensar en pesetas como que todavía me duele más que en euros) y los anfitriones me lo pagaban así. Vale, me lo apunto.

Reconozco que al llegar me sentí desubicada por un simple motivo. No sabía qué narices tenía que hacer. En las bodas siempre felicito a los novios y me doy a la bebida, en los bautizos felicito a los padres y me doy a la bebida y en las comuniones felicito al niño/a y (a ver si lo adivináis) me doy a la bebida. ¿Pero esto? ¿Debía hablarle al bebé a través de la barriga de mi amiga y decirle que aquí estábamos todos esperando su llegada?

Me fijé en el resto de invitados. Por desgracia para mí, la mayoría eran parejas con hijos. Genial. Se habían dispuesto en grupos y mientras algunos no paraban de hablar de percentiles de crecimiento, otros estaban inmersos en un arduo debate sobre si debían matricular al niño en guardería pública o privada. ¡Drama!

“Esto lo soluciono yo ahora mismo”, pensé, creyéndome más lista de lo que realmente soy. Me acerqué a la mesa de la comida y la bebida y me dispuse a ponerme un copazo en un vaso pequeño de cartón con globos y nubes de colores. En fin. Un momento, ¿y el alcohol? Mi gozo en un pozo (de agua, claro).

“A ver nena, que esto es una fiesta que se da con motivo de un embarazo y la madre no puede beber”, me explicó mi amiga Marta, totalmente exasperada por mis ansias de pillar una chuza en un ‘baby shower’. Bueno, también se supone que la madre no puede coger aviones durante el tercer trimestre de gestación y no cancelo mis vacaciones a Punta Cana por ella, ¿o qué pasa?

Así pues, hice lo que cualquiera hubiese hecho: fingir que me lo estaba pasando bien. Aunque me costó lo mío. Tras asumir que permanecería sobria el resto de la velada, me dediqué a interpretar un papel. El de amiga sin hijos y soltera que está encantada de la vida de perder una tarde de viernes hablando de contracciones, clases de preparación al parto, hemorroides y diabetes gestacional. Nunca he tenido intención de ser madre, pero después de escuchar todas esas historias, lo descarté casi por completo.

Baby shower | Pexels

Fue curioso ver cómo mujeres y hombres nos mantuvimos separados gran parte de la velada. Ellos hablaban de fútbol, de política, de coches… Vaya, que lo del bebé como que no iba con ellos.

Ellas (yo me dediqué a observar) hablaban de cambiar pañales, de dar el pecho, de querer un parto sin epidural (yo hubiese matado para que me la hubiesen puesto en ese mismo momento y no sentir nada), de tener la canastilla ya preparada, de si el padre iba a entrar o no en el paritorio, de los posibles nombres del bebé… Vaya, que no nos dejamos ni un solo tema en lo referente a la maternidad. Y cuando creía que pasaba lo peor, llegó la pesadilla máxima. ¡Un juego!

“Que sea con chupitos por favor”, pensé yo. Pues no. A todas las allí presentes (incluida yo) se nos cronometró para ver cuánto tardábamos en cambiarle los pañales a un muñeco. Como ya os habréis imaginado, yo no gané.

Me maravillé al comprobar que todas reían a carcajadas y lloraban a partes iguales cada vez que miraban a la futura madre. A mí, por el contrario, si me hubiesen pinchado en ese momento, no hubiese sangrado. ¿Acaso es que no tengo instinto maternal? ¿Ellas tienen demasiado? ¿Por qué he de llorar por ver a una madre celebrar la futura llegada de su hijo?

Sinceramente, los ‘baby shower’ me parecen un absoluto sinsentido. “Es que el embarazo es muy duro y la madre tiene que sentirse arropada”, me decía Marta, nuevamente irritada por mi actitud. Sacarse unas oposiciones también y los opositores no celebran fiestas para contarnos lo cansados que están y recibir regalos por el simple hecho de estar estudiando.

Porque yo me pregunto, ¿no será un ‘baby shower’ un plan orquestado por los padres para sacarnos el dinero? ¡Ajá! ¿No cumplimos ya pagándonos el cubierto en su boda y ganando ellos parte para su viaje de luna de miel? Venga ya, por favor. Porque si de algo estoy segura es que con tanto regalo que acumularon mi amiga y su marido, tienen al chiquillo apañao’ durante un par de meses.

Así pues, queridos y queridas, dejad ya de inventarnos fiestas para recaudar dinero o ahorrároslo. Que todos seremos Hacienda, pero no todos somos tontos.

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 19/06/2018

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