CORTAN SU RELACIÓN CON SU FAMILIA

CORTAN SU RELACIÓN CON SU FAMILIA

Estas personas se divorciaron de sus padres

Mientras escribía este artículo, he imaginado cómo sería haberme enfadado terriblemente con mi familia y haber cortado toda relación con ellos. Lo cierto es que enloquecería. Es muy difícil vivir sin raíces. Cuando, en alguna ocasión, he conocido a gente que había roto completamente con sus padres, he intentado adivinar cómo han conseguido sobrevivir en una sociedad en la que todo parece encaminado a la familia, a una cena de Nochebuena multitudinaria en la que te encuentras con gente con la que no tienes nada en común, pero con la que compartes un estrecho vínculo.

¿Cómo es no haber hablado con tu familia en años?
¿Cómo es no haber hablado con tu familia en años? | Archivo, Getty Image

SABINA URRACA | @SabinaUrraca | Madrid | 19/04/2018

"Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera" ('Ana Karenina', de León Tolstói).

Ya casi vomito de tanto escuchar esta frase, o leerla, en cada prólogo/artículo/texto sobre sagas familiares atormentadas, sobre libros autobiográficos, sobre familias históricas mal avenidas. Pero es cierto que he pensado en ella casi cada vez que alguna persona, atosigada a mis preguntas, me ha relatado las desventuras de su familia. He atosigado a estas personas porque nunca hay nada que me haya interesado tanto, ni durante tanto tiempo, como las familias.

Me cuentan que cuando era pequeña y mis padres hablaban de alguien, siempre soltaba la misma tríada de preguntas inquietas, movida por una curiosidad muy primaria, muy de niña-señora, muy de jugar a las casitas: "¿Cómo es su casa? ¿Es guapa? ¿Tiene hijos?"

Más adelante sólo me interesaron las familias desestructuradas, los hombres que tenían una esposa en Canarias y otra en Venezuela, los dramas sucedidos a mis propios antepasados, lo oscuro oculto en cada persona del clan. Después, ya atravesada la adolescencia, empecé a conocer por primera vez, a personas que no habían aguantado la presión, el drama y los gritos, el rechazo, el constante atentado contra su persona que suponía seguir formando parte del clan, y habían decidido divorciarse de sus familias, seguir como individuos en una sociedad planeada para ir en monovolumen con dos niños y un perro.

"¿Pero no te da pena? Piensa en si se mueren y no vuelves a verlos nunca. Después te arrepentirías". Según Ana, eso es lo que le dice casi todo el mundo cuando empieza a conocerla y ella, en un momento dado, comenta que sabe dónde viven sus padres, que sabe dónde viven sus hermanos, pero que hace diez años que no los ve ni sabe nada de ellos. "Hay una concepción de que la familia siempre debe estar unida que, en algunos casos, puede ser muy maligna. Nadie te insistiría en que volvieses con un ex-marido maltratador, ¿no? Pues en este caso es muy parecido. Si lo piensas así, resulta absurdo", explica.

En el caso de la familia de Ana, los maltratos eran una constante, un modo de vida: tanto su padre como su madre, dos personas aparentemente normales sin demasiados problemas (trabajaban de guardianes de una finca, tenían un sueldo digno y una casa bastante grande en la que vivir, y tres hijos que no se portaban mal ni les daban disgustos) les pegaban sin ningún tipo de explicación, algunas veces por un comportamiento que ellos consideraban negativo, otras veces porque sí, inventándose una razón absurda para hacerlo.

"Cuando, hacia los diez años, empecé a percatarme de que en otras familias no era así, comencé a cuestionarme qué sucedía, por qué el castigo físico y la humillación eran algo tan frecuente en mi casa. A lo largo de los años, lo único que se me ocurrió es que mis padres, guardianes de una finca de personas mucho más ricas que ellos, tuviesen tal frustración y complejo de inferioridad que no podían evitar pagarla con nosotros", dice Ana. Cuando tenía veinte años, y aprovechando que se iba a estudiar fuera, fue perdiendo contacto de forma paulatina con sus padres.

"Con mis hermanos nunca había tenido demasiada relación, porque soy la pequeña y me llevo muchos años con ellos, y ellos, aunque no me pegaban, habían replicado el comportamiento violento, la tendencia a humillar y a hablar constantemente mal", recuerda con tristeza. Como estudiaba con una beca, y enseguida empezó a trabajar, la relación económica ya no existía.

Antes, en los pueblos, los hijos marchaban fuera e igual los padres no volvían a saber de ellos en veinte años. El perder el contacto con los progenitores una vez que uno estaba criado y crecido era algo más normal. Ahora es como si todos fuésemos hijos para siempre. Reconozco que esta concepción, esta mutua dependencia paternofilial, es algo que en alguna que otra ocasión he vivido como una jaula. En algún momento, incluso he visto a mis propios padres sentir esa opresión con respecto a los suyos. ¿Quién no se ha sentido alguna vez eternamente apresado bajo el dominio de sus creadores, un Frankenstein dependiente del científico loco que lo inventó?

En el caso de Ana, el cortar por lo sano, además, eliminó la posibilidad de que ese comportamiento que se repetía en sus hermanos lo hiciese también en ella. Actualmente, vive con su pareja y su hijo de cuatro años. "Lees cosas sobre el comportamiento mimético de personas que han sido maltratadas y se te ponen los pelos de punta. Durante un tiempo, estuve segura de que no quería tener hijos por el miedo a repetir las cosas sin poder controlarlo. Esto no ha sido así, pero me observo mucho, voy a terapia, estoy atenta", reconoce Ana.

Alfonso tiene 40 años y lleva 20 sin saber nada de su familia. "Imagínate: familia del Opus, todo hijas menos un hijo, el primogénito. de pronto, resulta que es maricón", resume con tono de humor. Alfonso fue destapado ante su entorno por un amigo-amante despechado, cuando ambos tenían 18 años. "Fue el horror: me mandaron a psiquiatras -psiquiatras del Opus, por supuesto- a todo tipo de terapias, y en casa casi ni me hablaban. Si lo hacían, era en tono de reproche, avergonzados de mí. Pasé muchos años de mi vida sintiéndome una mierda, intentando volverme hetero para ser aceptado", cuenta.

Hace 24 años, decidió simplemente desaparecer: Vació su cuenta de ahorros y se fue a Italia, donde tenía una amiga. "Sólo una vez, durante una vuelta a España por trabajo, me crucé con una de mis hermanas por la calle. Ni me miró. Mi madre me ha llamado dos veces, consiguiendo mi teléfono no sé cómo, y las dos veces la cantinela ha sido la misma: hijo, te vas a quemar en el infierno. Las dos veces he colgado", confiesa. Alfonso tiene claro que, si no hubiera roto lazos, habría enloquecido. "Habría acabado matándome, porque no había nada de mí que ellos no odiaran. Sólo me enseñaron a odiarme", dice con rotundidad.

Mientras escribía este artículo, he imaginado cómo sería haberme enfadado terriblemente con mi familia (todos nos hemos enfadado terriblemente con nuestras familias) y haber cortado toda relación con ellos (todo hemos fantaseado alguna vez con esta idea, porque, de alguna forma, esta es la única manera posible de ser otros distintos de los que somos, de empezar realmente otra vida con un corte letal a lo anterior). Lo cierto es que enloquecería.

Es muy difícil vivir sin raíces. Cuando, en alguna ocasión, he conocido a gente que había roto completamente con sus padres, con su pueblo, con su pasado, enseguida he intentado adivinar cómo han conseguido sobrevivir en una sociedad en la que todo parece encaminado a la familia, a una cena de Nochebuena multitudinaria en la que te encuentras con gente con la que no tienes nada en común, pero con la que compartes un estrecho vínculo.

Marian tuvo que alejarse de su familia por una cuestión psiquiátrica cuando tenía 17 años. Legalmente, ya no pertenece ni está unida por ningún hilo a esas personas (su padre, su madre y su hermana) que, hasta donde ella sabe, siguen viviendo en la casa familiar, en su antigua ciudad. A lo largo de toda su infancia, su madre alabó a su hermana mayor y la menospreció a ella con ningún reparo, todo ello dentro de un clima familiar de presión constante por ser las mejores.

"Mi hermana también sufrió: siempre tuvo trastornos de la alimentación, picos de estrés en los que un par de veces llegó a hacerse daño", recuerda con pesar. A los 17 años, poco antes de los exámenes de Selectividad, toda la presión de Marian explotó: se encerró en una habitación y no salió de ella en tres días. Cuando lo hizo, su madre comenzó a golpearla, fuera de sí, culpándola por haberse perdido los exámenes de acceso a la universidad. "Para ella, una maniática de la excelencia académica, aquello suponía el fin de todo", explica.

Marian fue ingresada en un centro psiquiátrico, diagnosticada de estrés postraumático, en una especie de estado de letargo. "No conseguía casi ni hablar, me pasaba el día tumbada. De vez en cuando, tenía ataques de pánico pensando en que le había fallado a mi madre. Cuando empecé a contar todo y se vio los niveles de estrés a los que había estado sometida, estudiando hasta las 3 de la mañana para un examen de matemáticas cuando tenía sólo 8 años, y cosas por el estilo, a mi familia se le prohibió verme", cuenta.

Marian no ha vuelto a ver a su familia desde entonces. Salió del centro siendo ya mayor de edad y, con la ayuda de una amiga y su madre, se reincorporó a una vida que en realidad no conocía. Apenas había salido con amigos; no conocía otra cosa que no fuese contentar a su madre en sus exigencias académicas, sobreponerse a la sensación continua de ser menos, de no ser lo suficiente.

Actualmente, Marian tiene 34 años y no se lleva demasiado bien con el concepto de familia. "Tengo amigos, pero siempre intento mantener mi independencia; me da terror que alguien espere algo de mí. Por supuesto, esto es un gran problema para las relaciones de pareja", explica. Cuando le pregunto cómo reacciona la gente cuando cuenta su historia me cuenta que, al no incluir abusos o malos tratos, muchos ven su relato como una especie de exageración. Marian pone cara de desesperación.

"Hay una actitud que me irrita muchísimo. Lo cuentas y te dicen: "Pero bueno, algún día les perdonarás". No entienden lo profundo del trauma. Es como si le dices a alguien que no puedes beber, y, antes de saber por qué no puedes, ya te dice: "Bueno, pero una copita no te va a hacer mal". Yo qué sé, igual tienes cirrosis o si bebes te estalla el hígado y te mueres, ¿no? ¿No se les ocurre eso antes de insistirte en que te bebas un copazo?", exclama.

En su opinión, la gente aguanta demasiado. Conoce a muchos que, por esa imposición social de que la familia siempre debe estar ahí, soportan todo tipo de comportamientos dañinos. Marian cree que los vínculos familiares y el calor del hogar paterno son algo sobredimensionado a través de la publicidad, el cine, la literatura. "Ya no estamos en la Prehistoria, no tenemos por qué mantenernos atados al clan a toda costa para sobrevivir. Ahora mucha gente habla de que se debe acabar con el amor romántico o con muchos comportamientos nocivos que conlleva. Yo trasladaría eso mismo al concepto de familia".

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