Claro que sí, guapi

Claro que sí, guapi

"No me divorciaré nunca porque juré ante Dios que estaría toda la vida con él y eso haré"

Esta frase salió de la boca de una chica de 34 años que lleva casada cinco con su marido. ¿De verdad la religión te hace llegar a tal extremo respecto al amor?

Boda
Boda | Pexels

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 03/12/2018

Fui criada en una casa donde la religión jugaba un papel medianamente importante. Y cuando digo medianamente me refiero a que íbamos a misa los domingos y a que me eduqué en un colegio religioso.

Debido a este panorama, crecí llevando una medalla de la Virgen Milagrosa en el cuello y creyendo que ardería en las llamas del infierno si me acostaba con un hombre antes de pasar por el altar con él.

Sin embargo, durante mi adolescencia aprendí a quedarme solo con la parte buena de la religión (el no matarás y todo eso) y desechar las partes que considero que solo llevan a intentar dominarnos y oprimirnos.

Creo en Dios, más que nada porque lo que mamas de pequeña es difícil de soltar completamente después, pero hay ciertas cosas con las que ya no comulgo (nunca mejor dicho). De ahí que creyera que situaciones como la que me dispongo a relatar ya no sucedían.

Ocurrió hace un par de semanas. Estaba tomando un café con varias amigas del colegio mayor femenino al que acudí cuando estaba estudiando en Madrid. Religioso, cómo no. Sin embargo, la mayoría de sus inquilinas fuimos allí por expreso deseo de nuestros padres (si ellos ponen la pasta es difícil decirles que quieres ir a una residencia pública mixta) y lo de ir a misa y rezar el rosario ya no iba mucho con nosotras.

De las cinco chicas que acudimos a esta nostálgica quedada, todas estaban casadas, menos yo. Felices en sus papeles de esposas (o eso dicen ellas), todas contrajeron matrimonio por la Iglesia, vestidas de blanco (pero no virginales) y juraron amor y fidelidad hasta que la muerte las separase de sus maridos.

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Algo que no le ocurrió a Blanca, amiga nuestra que no pudo sumarse a este encuentro. Su esposo tuvo problemillas con lo de jurarle fidelidad y ahora su amor se ha convertido en rencor y papeleos varios para finalizar un divorcio agridulce.

Y ahí que saqué el tema de cómo Blanca se iba a convertir en la primera divorciada del grupo. Todas las allí presentes admitieron que ellas también se divorciarían de sus maridos si descubriesen que les habían sido infieles. Todas menos una.

Carlota estaba callada con cara de no creer lo que estaban escuchando sus oídos. Su postura corporal cambió y me di cuenta de que no le estaba haciendo ni pizca de gracia lo que allí se estaba hablando. Por un momento pensé que iba a reventar y decir que a ella también le estaba poniendo los cuernos su marido.

Desgraciadamente, cuando decidió hablar, lo que dijo me entristeció muchísimo más: “Pues yo nunca me divorciaría por muy grave que fuese lo que me hiciese mi marido”. Se hizo el silencio en la mesa. Son de esas aseveraciones que dejan helado hasta al más pintado.

Mientras que mis amigas se quedaron calladas, yo, totalmente indignada, quise saber qué poderosa razón podría hacer que una chica asegurase que jamás se separaría de su esposo. “¿Y eso por qué?”, le dije visiblemente irritada por su comentario.

Me miró como si le hubiese hecho una pregunta prohibida. En aquel momento pensé que se levantaría y se iría. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando sus labios se movieron para decir “no me divorciaré nunca porque juré ante Dios que estaría toda la vida con él y eso haré”.

¡Boom! Carlota, 34 años, con formación universitaria, pedagoga en un colegio público e independiente económicamente acababa de decir una frase que parecía sacada de ‘El secreto de Puente Viejo’. Me quedé callada porque me di cuenta de que no había respuesta posible ante una aseveración así.

Terminado el encuentro, volví a casa caminando y pasé por la puerta de varias iglesias. No podía dejar de pensar en que una promesa ante Dios era el motivo por el que Carlota estaba dispuesta a aguantar carros y carretas por su esposo (y espero que al revés también).

Carlota no llegó virgen al matrimonio y fue la primera que fue saltando de cama en cama durante la etapa universitaria. Supongo que Dios en aquel momento no le importaba tanto.

¿Tan hondo habían calado en ella los salmos y responsos religiosos que había escuchado de pequeña? ¿Es Dios razón suficiente para ser infeliz en un matrimonio o infeliz simplemente? Al llegar a casa llamé a mi madre y no pude más que comentarle la jugada.

“Yo también juré ante Dios querer a tu padre hasta el final de nuestros días y eso haré”, me dijo, pero apostilló “por eso es mejor que tú te cases por lo civil y te dejes de juramentos”. Menos mal que hasta mi madre le puso un poco de cordura al asunto.

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