NO HUBIERA APOSTADO NADA POR ELLO

NO HUBIERA APOSTADO NADA POR ELLO

Desentrañamos la moda de los millennials (y por qué les mola tanto los años 90)

En la foto aparecía una chica morena con el pelo a media melena, cortado recto, con la raya al lado y un tupé sin demasiados aspavientos. Lucía unas gafas de sol redondas y una camiseta blanca ancha, con el logo de una marca bien grande en el pecho. La llevaba por dentro del pantalón, un vaquero de estos de tiro alto que están tan de moda. De los que marcan poco la silueta, de los rectos y un poco amorfos.

Los Power Rangers de los 90
Los Power Rangers de los 90 | seestrena.com

MARTA CABALLERO | @martabcaballero | Sevilla | 14/08/2017

- ¿Qué ves? - Me preguntó la persona que me había enviado la fotografía por el chat de Facebook.

- Una millennial con filtro Lark de Instagram.

- ¿Seguro?

- ¿Qué es lo que tengo que ver?

- Es mi hermana mayor en 1994.

La conversación se produjo hace unos días. La hermana de la que hablamos, la joven de la foto, la de apariencia millennial, tiene hoy 45 años.

Lo vimos claro, cuando Niestzsche hablaba del eterno retorno debía referirse a estos años noventa redivivos que encontramos en los veinteañeros de hoy.

Ese mismo día, busqué un álbum de fotos de la adolescencia. Encontré una serie de una fiesta en el jardín de la casa de los padres de una amiga. Ahí estábamos: las faldas de botonadura por delante, el peto vaquero, los labios burdeos…

Y los jeans de corte alto, los de 'Sensación de Vivir', los que no marcaban mucho la forma del cuerpo. “Se llaman 'mom jeans' y se llevan a tope”, me corrige Ana González Rueda, periodista especializada en moda y colaboradora de revistas como Vogue.

Ahora lo tengo claro: unos 17 años atrás, yo era una moderna, una millennial. Jamás habría apostado por que volvieran ese tipo de prendas que desprecié hace eones. Lo único que le faltaba a mi pandilla para parecer actual era un buen selfie con el móvil y una red social para publicarlo.

Sergio Luque es doctor en Periodismo de Moda por la Universidad de Sevilla. Millennial de los míos, es decir, de los que entramos en esta generación de chiripa y que no nos sentimos demasiado identificados con ella. A su juicio, la conexión con los noventa es evidente entre los más jóvenes.

“Hay una mezcla del exceso de los ochenta, con la logomanía, el minimalismo posterior y la parte underground de los noventa, la de movimientos como el grunge. Hablamos de una contracultura con un claro reflejo en la moda, en un momento en el que empezamos a consumir y a producir música indie, cine indie, literatura indie…”.

Entre las prendas que regresan cita los 501 básicos, las camisas anudadas al ombligo, el vestido camisero, la ropa de colores estridentes, las botas Doctor Martens… “Ves a algunas chicas que parecen Gwen Stefani y Alicia Silverstone”. Total.

¿Y los chicos? Pues también. Pienso en Lucho Pavillard, probablemente el más elegantón y estiloso de mis amigos. Tiene un rollo muy personal y, a la vez, ciertos códigos de los que acabamos de enumerar: una barba un poco grunge, unas Adidas vintage, algún vaquero roto (“de manera natural, no me gusta pagar por ropa estropeada”), una chupa de cuero vieja que le costó 30 euros y un día a día en el que repite el combo camiseta blanca, vaqueros y zapatillas Vans. “Es verdad, no hay nada más noventero que eso”, me reconoce. Y confiesa: “Cada uno lo está interpretando a su manera pero es cierto que esa vuelta está ahí”.

Entre las señas de identidad recuperadas, Sergio Luque nombra otra clave: la decoloración del pelo que vivimos en los días postreros de los noventa y que se está reproduciendo ahora en miles de tonalidades. Natalia Gómez Hermosín, redactora jefe Web de Harpers Bazaar, añade otras.

“Complementos como la riñonera que ha recuperado Gucci y que ahora vemos por todas partes en versión low-cost, por ejemplo. El otro día publicamos un tema sobre la moda de los festivales y parecía un viaje al pasado: purpurina en la cara, trencitas de colores…”. “Y las bombers, y las coletas muy altas, con el pelo muy tirante”, suma González Rueda, que admite que el estilo es interesante y que no sólo está gustando a las que son veinteañeras sino también a gente más mayor.

De nuevo, Luque al habla: “Los años finales de aquellos días suponen una amalgama de códigos. Es la última gran década del proceso de consumo asociado a una identidad individual. Desde el 2000 hasta hoy, no hay una moda con la fuerza suficiente para asentarse a nivel social. Lo que se produce a partir de entonces es un crisol de distintas tendencias que van y vienen”.

Consumiendo sentimientos de antaño

En el caso de los millennials, prosigue Luque, encontramos un interés por revivir el espíritu alternativo y la vocación por salirse del sistema del universo noventero.

“Su ropa tiene un halo de nostalgia de un tiempo que no vivieron -estaban naciendo por aquel entonces- pero que reconocen como una época despreocupada y feliz, de bonanza económica. Hablamos de los años en los que España da el salto a Europa. Y, aunque hubo crisis, en general el recuerdo es de una época amable. Por tanto, el que se salía del sistema y lo expresaba a través de su indumentaria era un rebelde sin causa”.

Los millennials, en cambio, sí tienen una causa (“o muchas”, matiza) para esa rebeldía, señala Luque refiriéndose al canto el los dientes que nos hemos llevado los de esta generación, los mayores y los más jóvenes, esa mentira del estudia mucho y triunfarás. “Tienen -tenemos- un puntito underground y antisistema que las marcas de consumo masivo se han apresurado en copiar”.

“Sergio, hace poco vi un grupo de chicas universitarias entre el que identifiqué al menos tres camisetas con el logo de Fila. Hacía años que no me acordaba de esa marca tan deseada cuando yo era joven”, le comento a mi experto en moda, que asiente.

“Estamos viviendo también un nuevo auge de la logomanía en firmas que se han revalorizado. Llevar una sudadera de Kappa en los noventa era lo habitual. Hoy indica un plus de nostalgia y de valor, pues son mucho más caras que entonces. Ha sucedido lo mismo con marcas como Amarras, ¿te acuerdas?”.

Y tanto, esas sudaderas -qué palabra sudadera. ¿eh?- con el logo del nudo marinero. Maldita sea, ¿voy a tener que acceder al deseo de mi madre de ponerme una de ellas 20 años después?

Siguiendo con el logo, me alucina cómo de pronto la Expo 92 es un concepto que mola. Como una marca. Con asombro, asistí este año a una fiesta noventera con temática de la Expo. Curro, la mascota del evento, daba saltos entre el público. No entendí nada.

Rosa Ponce, periodista y redactora jefe de una web de moda y belleza, además de mi influencer y tuitera favorita, me aclara lo que nos ocurrió en aquel evento: “Estoy segura de que si la camiseta de la Expo no la hubiéramos llevado con siete años, hoy nos parecería lo más”.

Esta temporada, Ponce está usando un par de cosas que su madre se compró a principios de los noventa. Después de estar meses buscando una chaqueta de ese estilo en todas las tiendas de moda y de segunda mano, se dio cuenta de que la tenía en casa, en el fondo del armario de su madre.

“Usar mi propia ropa de esa época ya me parece demasiado. Para los que nacimos en los 80, vestirnos como cuando teníamos 12 años se nos hace raro todavía”.

Para Rosa, el ADN cíclico de la moda es la causa de que a los millenials les haya tocado exaltar el punto retro que ya tienen los noventa. “El revival era cuestión de tiempo. Pero lo han reinterpretado, de eso estoy segura, con mucho más glamour del que tenía entonces”.

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