LOS JÓVENES SE INICIAN A LOS 15 AÑOS SEGÚN LA FAD

LOS JÓVENES SE INICIAN A LOS 15 AÑOS SEGÚN LA FAD

Cuando pruebas la coca en la treintena y es una mierda

Era casi virgen en esto de las drogas duras, cuando una borrachera que se me fue de las manos me sirvió de excusa para tener mi primera experiencia con la cocaína y bueno, decepción total. NO LO RECOMIENDO.

Imagen de archivo de una discoteca
Imagen de archivo de una discoteca | Pixabay

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 28/02/2019

Dicen que las primeras veces son siempre las peores. Quizá por eso no disfruté ni lo más mínimo de mi primera raya de cocaína (y ya os digo que la última). Cierto es que he esperado hasta los 34 años para ello y quizá mis expectativas estaban por encima de la media. No hay más que recurrir a los datos de la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) para darse cuenta de que soy una abuela en esto de esnifar por primera vez.

Según sus datos, es a partir de los 15 años (les doblo la edad) cuando los jóvenes se inician en los consumos de estimulantes como la cocaína o anfetaminas, alucinógenos como el LSD, drogas de síntesis como el éxtasis y opiáceos como la heroína.

Sin embargo, las películas, los libros, los documentales, los amigos que me rodean que se meten rayas de manera ocasional los fines de semana…. Todo eso ha hecho que durante años me picase el gusanillo del “¿qué se sentirá?”. Además, más de una vez, mis colegas me habían dicho eso de “pruébalo y al menos así podrás opinar”. Cierto.

Siempre he criticado a mis amigos por meterse cocaína. Es decir, ninguno de ellos es adicto (o eso creo), ni tienen problemas por los que hayan decidido recurrir a un vicio que todos sabemos las nefastas consecuencias que trae consigo.

Todos tienen sus trabajos (aburridos, pero les dan de comer), una casa en la que vivir (aunque van justos para pagar las hipotecas), están enamorados (o lo fingen muy bien) y algunos incluso se han lanzado a la nada fácil tarea de la perpetuación de la especie humana a través de la reproducción.

Vaya, que son padres. Aunque lo cierto es que la evolución de los patrones de consumo en los últimos años ha cambiado mucho y, como bien apunta la FAD “ya no se asocia la drogodependencia de forma generalizada a individuos marginados, sino a aquellos socialmente integrados”. Voilà.

Así pues, a menudo los veo metiéndose en los baños de las discotecas a las 3 de la mañana para meterse un par de rayas sin ni siquiera necesitarlo. Ni van tan borrachos, ni piensan ir después a una ‘rave’, ni nada de nada. Es decir, ¿por qué se drogan? Porque quieren.

Eso lo entiendo, pero siempre pensé que cuando uno se droga es porque siente una especie de subidón, de bienestar, de felicidad transitoria o de todo esto a la vez por el que merece la pena pagar el peaje de sus efectos. Y que quede muy claro con esto que no estoy haciendo ningún tipo de apología de la drogadicción. Que os veo venir a muchos de vosotros.

El destino quiso que una noche me pasase con las copas y mis amigos decidiesen que lo mejor que podían hacer por mí era darme un poco de cocaína. No les echaré la culpa. Aunque más pedo que Alfredo, aún estaba en mis cabales y decidí que no estaría mal aprovechar la coyuntura de la borrachera para probar aquello que detestaba. Bien por mí.

Así pues, y escoltada por tres de mis amigos, nos metimos en el baño. Ellos organizaron todo y uno de ellos me dio un billete enrollado. “Esnifa y ya está”, me dijo. Lo hice. Una raya y listo.

Salí del baño con cara de culpabilidad. Lo noté. Además, era obvio lo que acabábamos de hacer. Era eso o una orgía y, sinceramente, en aquel instante preferí que la gente pensase lo segundo. Me preparé para lo que me esperaba o para lo que yo creía que me iba a esperar.

Quizá es porque iba pedo. Puede. Pero lo único que notaba era que mi nariz me picaba y que se me había quedado como un poco insensibilizada. Me di cuenta de que cada diez minutos o así me la rascaba. Genial (léase de modo irónico).

Cierto es que mi borrachera disminuyó, pero tenía la garganta seca, mi mandíbula comenzó a apretarse una y otra vez sin atender a razones y no notaba absolutamente nada de felicidad, ni de subidón ni de experiencia extrasensorial. Vaya timo.

¿Dónde estaba mi minuto de ‘soy el rey del mundo’? Seguí así varias horas más y lo único que sentía es que podría seguir despierta más horas de las que debería. Ideal si tuviese que ir a trabajar, pero no un domingo a las 8 de la mañana en una ciudad en la que solo te queda ir a por churros y dormir la mona en casa.

Al siguiente fin de semana le pregunté a mi amigo José Ramón por qué se drogaba. “Chica, tienes unas preguntitas”, me dijo mirándome como si le preguntase el fin último de la existencia humana. “Pues yo que sé, porque sí”, me replicó un poco enfadado. Y dio en el clavo.

Las personas, al principio, se drogan porque quieren o porque no pueden o quieren no hacerlo. ¿Enrevesado? Puede, pero todo lo que tiene que ver con las drogas lo es, así que mi consejo, para quien lo quiera, es que si no te has drogado en tu vida, sigue sin hacerlo. Aunque claro, yo fumo y tampoco sabría decir por qué. En fin… ¿Moraleja?

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