Las enfermedades más absurdas diagnosticadas a las mujeres a lo largo de la historia

Las enfermedades más absurdas diagnosticadas a las mujeres a lo largo de la historia

Cuando a las mujeres se les recetaba masajes genitales para curar el útero errante

Hipócrates creía que el útero vagaba por el cuerpo de las mujeres como un animal independiente. Digamos que se revelaba contra la falta de sexo; buscaba albergar a una nueva criatura. En esa guerrilla interna, podía deambular y unirse a otros órganos, provocando dolores, indigestión u otros problemas.

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Masters of Sex​ | Agencias

GEMA VALENCIA | @gemabunda | Sevilla | Actualizado el 31/07/2018 a las 20:36 horas

A esta dolencia le seguían diferentes tratamientos dependiendo del lugar donde la matriz hubiese tenido a bien instalarse: fumigaciones vaginales para atraerlo con fragancias, o para hacer que se moviera por medio de malos olores que las pobres mujeres debían oler. También eran comunes los “masajes pélvicos” (en nuestros días lo llamaríamos simple y llanamente como masturbación), aunque no todos los médicos eran partidarios de ellos.

Las enfermas eran principalmente mujeres viudas o solteras, así que el mejor remedio que ‘recetaban’ los médicos de la época era, a la primera volver a quedarse embarazada, y a la segunda, contraer matrimonio. Así comenzó el control sobre el cuerpo de las mujeres.

La teoría del útero errante fue popularizada por Hipócrates antes de nuestra era, pero tiene su origen en la medicina egipcia donde ya aparecía el concepto en algunos papiros. Platón también la recogió en ‘Timeo’, en el que se incluyen pasajes como este: “los así llamados úteros y matrices en las mujeres —un animal deseoso de procreación en ellas, que se irrita y enfurece cuando no es fertilizado a tiempo durante un largo período y, errante por todo el cuerpo, obstruye los conductos de aire y deja sin respirar— les ocasiona, por la misma razón, las peores carencias y les provoca variadas enfermedades”.

El útero que se paseaba por el interior del cuerpo femenino, ese animal mitológico, se llegó a extender por la medicina moderna, desde los griegos y los romanos. Fueron los primeros los que le dieron el nombre de ‘apnoia hysterike’ a un síntoma conocido como ‘sofocación uterina’, según explica Mercedes López, profesora de la Universidad de Murcia. Y a partir de él, la histeria surgió como enfermedad exclusivamente femenina hasta bien entrada la Edad Moderna: la enfermedad del deseo.

Las mujeres que lo padecían sufrían un “estado general de abatimiento marcado por el silencio (mandíbulas encajadas), tez lívida, la respiración jadeante, un alelamiento con casi pérdida de conciencia”, explica López.

Así que, desde el siglo IV antes de Cristo, hasta que la American Psychiatric Association eliminó el término en 1952, la histeria fue una afección que, según Russell Thacher Trall y John Butler, y solo en Estados Unidos a finales del siglo XIX, afectaba a tres cuartas partes de la población femenina.

Máquina de electromasaje | La tecnología del orgasmo

En la tradición médica occidental, el tratamiento más común para la histeria era el masaje genital hasta el orgasmo. Se consideraba una dolencia crónica en las mujeres, por lo que era recurrente que estas acudieran a la consulta para ser ‘curadas’. Normalmente, los profesionales pedían a las matronas que llevasen a cabo el procedimiento.

Rachel P. Maines, en su libro ‘La tecnología del orgasmo: la histeria, los vibradores y la satisfacción sexual de las mujeres’, cuenta cómo la histeria, y toda la sintomatología que se le asociaba era “coherente con el funcionamiento normal de la sexualidad femenina, que encontraba alivio, cosa nada sorprendente, mediante el orgasmo”.

Así que, sobre una cuestión que forma parte de las mujeres de maneral natural, la medicina occidental se encargó de darle forma de patología sexual femenina. ¿Quién iba a pensar que las mujeres podían obtener placer? Bajo esa premisa, se convirtió la conducta sexual de la mitad de la población, algo que se salía de los cánones concebidos desde la heterosexualidad y desde el contexto patriarcal, en una enfermedad que debía recibir un tratamiento estandarizado.

“El modelo de heterosexualidad saludable, ‘normal’, históricamente androcéntrico, es la penetración de la vagina por el pene hasta el orgasmo masculino”, advierte Maines. Bajo esa lógica, los masajes genitales no eran entendidos como algo sexual por los propios médicos; se realizaban sobre la vulva o el clítoris, así que si no se introducía nada en la vagina, era algo meramente profesional y médico. De hecho, hubo más controversia cuando se incluyó el espéculo como instrumental que con el uso de vibradores en las pacientes.

Vibrador mecánico principios S.XX | La tecnología del orgasmo

El arquetipo hegemónico de sexualidad, basado en el coito, se erigía (y aún sigue muy presente en nuestros días) como necesario para la “institución del matrimonio, pro natalidad y patriarcal”, explica Maines. Pero ya desde los tiempos de Hipócrates, se percataron de que el matrimonio no era siempre un método 100% eficaz. “Así se convirtió la tarea de aliviar los síntomas de excitación femenina en una tarea médica”, afirma Maines, y continúa: “los doctores heredaron la tarea de producir orgasmos en las mujeres porque era un trabajo que no quería hacer nadie”.

Como eran ellos los únicos que llevaban a cabo esta labor, los médicos trataron de buscar la manera de usar lo menos posible los dedos y sustituirlos por otros recursos, que en ocasiones eran las manos de las matronas, en otros los maridos o incluso algún artilugio automatizado e incansable. Y fue así como nacieron los vibradores: de las consultas profesionales a nuestras casas.

En concreto, fue en la década de 1880 cuando aparecieron los primeros. Bajo la pátina de la impersonalidad médica se camuflaba el ‘problema’ latente que atraía a tantas mujeres a las clínicas. La insatisfacción sexual se trataba en una camilla donde aparentemente no se entraba en conflicto con los ideales femeninos de la época: la pureza y el deseo ardiente de “la maternidad, no del orgasmo”, afirma Maines.

Pero esta aparente inocencia se rompió en mil pedazos cuando los vibradores comenzaron a aparecer en las primeras películas eróticas en 1920. Eso sí: antes de que la ilusión desapareciese, comenzaron a anunciarse como electrodomésticos en revistas para que cualquier mujer lo adquiriese. Hasta 1960 no volvieron a emerger, pero ya dejaron su disfraz de instrumento médico: “el vibrador había sido democratizado hasta el punto de que [...] se anunciaba abiertamente como un auxiliar sexual”, escribe Rachel P. Maines en su libro.

Aunque ya no se recoja como trastorno, la herencia de la histeria convive con nosotros. Habitualmente se emplea para referirse a personas que están muy alteradas o llegan a ser irracionales. Y para qué engañarnos: suele usarse sobre todo de manera despectiva hacia las mujeres. Pero el legado de esta falsa patología también continúa haciendo estragos en la concepción de la sexualidad femenina y en la medicina relacionada con las mujeres.

El androcentrismo, o el hecho de que se tome lo masculino como norma desprestigiando todo lo que queda fuera, ha causado problemas a las mujeres (y no solo). Desde la patologización de su sexualidad hasta atribuirle cuestiones psicológicas a muchas de sus dolencias físicas en la actualidad. En muchos círculos aún se continúa privilegiando la reproducción frente a todo lo demás, algo que no hace más que perpetuar el control sobre el cuerpo de las mujeres.

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